jueves, 30 de enero de 2020

Frente al colapso ecológico y civilizatorio, ¿sirven los modelos autoritarios?



Carlos Taibo



Estoy obligado a encarar, siquiera sea someramente, una pregunta delicada: a la hora de hacer frente al riesgo del colap­so, o al colapso mismo, ¿no están las sociedades autoritarias y jerarquizadas en mejor posición que las que no exhiben esos dos rasgos? ¿No es más fácil que sea la China de estas horas, y no las democracias liberales –supongamos que no son auto­ritarias y no están jerarquizadas–, la que haga frente de ma­nera convincente al cambio climático?



Hay estudiosos que, cargados de razón, entienden que en el mundo occidental uno de los problemas principales al respecto es el hecho de que las grandes empresas traban cualquier aproximación seria a los ele­mentos causantes del colapso. Cabe preguntarse, sin embargo, si en un escenario como el chino no están emergiendo intereses y estructuras de la misma naturaleza o, en su defecto, si la com­petición internacional en la que China está inmersa no conduce, de nuevo, a arrinconar la lucha contra el cambio climático o el despliegue de medidas que permitan encarar el agotamiento de las materias primas energéticas. Es verdad que China, por no salir de este ejemplo, declaró en su momento que entre 2011 y 2015, y al menos sobre el papel, la mayor preocupación de las instituciones no sería el crecimiento de la economía, sino la calidad del desarrollo, y que en consecuencia procuraría fór­mulas que garantizasen un menor uso del carbón y una mayor eficiencia energética. Los esfuerzos de las autoridades para reducir emisiones se han visto contrarrestados, sin embargo, por el rápido, y a menudo irracional, crecimiento de la economía. No conviene olvidar, eso sí, que buena parte de las emisiones chinas de CO2 corresponde a productos importados por los paí­ses occidentales.



Rudolf Bahro, otrora representante de un singular y hete­rodoxo marxismo en la República Democrática Alemana, re­convertido en teorizador principal de una suerte de ecofascismo suave –permítaseme el oxímoron– en la Alemania de estos días, estima que la crisis ecológica debe ser resuelta en virtud de me­canismos autoritarios desplegados por un gobierno de salvación o por un “Estado-dios”. Murray Bookchin, quien debatió en su momento con Bahro, señaló al respecto, y yo me adhiero a su argumento, que una dictadura ecológica –¿en virtud de qué extraño proceso vería la luz, por cierto?– sería cualquier cosa menos eso, ecológica, y acabaría, antes bien, con el planeta, a más de operar en provecho de unos pocos. Acarrearía la glorifi­cación del control social, de la manipulación, de la cosificación de los seres humanos y de la negación de la libertad, todo ello en nombre de la resolución de los problemas medioambientales. Ante la réplica de Bahro en el sentido de que semejante aserción no parecía prestar atención al lado negativo, el del egoísmo y la competición, de la naturaleza humana, Bookchin se preguntó por qué habría que canalizar ese lado negativo a través de su institucionalización por la vía de la fuerza, la superstición, el miedo y la amenaza, y por la vía, en paralelo, de ideologías bárbaras. Las instituciones resultantes –agrego yo–, ¿no es ra­zonable concluir que lo que harían, lejos de abrazar cualquier procedimiento encaminado a afrontar la crisis ecológica, sería dar rienda suelta –ahí está la Alemania hitleriana para ilustrar­lo– al lado negativo de la naturaleza humana? ¿No se convierte la fórmula de Bahro en una soterrada justificación de la domi­nación, de la explotación y de la jerarquía que están, paradóji­camente, en el origen de la crisis ecológica? ¿No estaremos ante un trasunto de una idea muy extendida, de raíz hobbesiana, que sobreentiende que sólo un gobierno que haga uso de mecanis­mos coactivos puede permitir que se afronten los problemas que están en el origen del riesgo de colapso y, más allá de ellos, los que se hagan valer una vez verificado éste?



Mi franco rechazo de las vías jerárquicas y autoritarias se revela en todos los ámbitos imaginables. No puede parecerme sino una superstición, por ejemplo, la sugerencia de que los mi­litares, por organización y por disciplina, serán una ayuda vital para hacer frente al colapso. Más fácil resulta imaginar que se vuelquen al servicio de los proyectos ideados por las clases di­rigentes tradicionales. Tampoco aprecio que se resuelva ningún problema relevante de la mano de la defensa de la necesidad de abandonar una economía de mercado en provecho de otra diri­gida –habría que ponerse de acuerdo, claro, sobre lo que este adjetivo significa–, toda vez que las economías dirigidas bien pueden estar al servicio, también, de un proyecto ecofascista. En sentido diferente, ¿tiene algún sentido imaginar que la democra­cia liberal, claramente supeditada a los intereses de las grandes corporaciones, se convierte en un mecanismo de salvación, in extremis, y por la vía de urgencias insoslayables, de la humani­dad? Más allá de como sean las cosas, dejo al lector en manos de una pregunta provocadora: ¿habrá un ecofascismo occidental y otro chino?



[Texto extraído del libro Colapso: Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofacismo. Anarres, Buenos Aires, 2017. Obra original completa accesible en http://www.fondation-besnard.org/IMG/pdf/taibo_-_colapso_final-1.pdf.]




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