viernes, 31 de enero de 2020

¿Qué ha pasado con la Fe en la Revolución?



Octavio Alberola

La Fe en la Revolución ha reculado enormemente en el mundo. Inclusive entre los que siguen proclamándose revolucionarios, que lo hacen con un tal convencimiento que es difícil saber si lo hacen por fidelidad a un pasado nostálgico y aparentar algo de radicalidad o simplemente para dejar constancia de no haber renunciado al ideal manumisor y sucumbido al encantamiento reformista.

Más que provenir del espejismo del bienestar material alcanzado a través de las luchas reformistas o de la integración del proletariado a la ideología del consumismo capitalista, esta desafección proviene más bien del desencuentro de la Fe con la Revolución, cuando ésta se vuelve realidad.
 
Una realidad tan diferente de la que los marxistas y los anarquistas habíamos pensado y querido alcanzar con la victoria del Proletariado sobre el Capitalismo. Y ello por contradecirse en sus praxis al denunciar el reformismo: los marxistas al participar en el parlamentarismo y los anarquis-tas en el sindicalismo. Una contradicción que creían resolver con hechos insurreccionales, y, cuando les eran favorables, proclamando la Revolución: en Rusia en 1917 y en España en 1936. Pero hoy sabemos cómo acabaron esas revoluciones y por qué las triunfantes, al no poner fin a las relaciones de sumisión y de explotación, acabaron restaurando el capitalismo en beneficio de la burocracia transformada en nueva oligarquía.

¿Cómo negar que el ideal revolucionario, confrontado a su praxis histórica autoritaria, ha terminado siempre en fracaso y que es esta orientación la que ha impedido pasar del socialismo real (capitalismo de Estado) al verdadero socialismo, al comunismo con libertad? ¡Lo sorprendente es haber creído en la progresiva desaparición del Estado, en el suicidio de la nueva clase que se instala en el poder tras el triunfo de las revoluciones autoritarias! ¿Cómo dudar pues de la responsabilidad de esa ingenua y sorprendente creencia en el fracaso de la profecía marxista y en la pérdida de la fe de las masas en la Revolución?.

Aunque nada asegura que el resultado habría sido fundamentalmente diferente si hubiese sido el “modelo” anarquista el que hubiese triunfado. Pues es obvio que la revolución anarquista, impuesta por la fuerza, se habría convertido en Revolución institucionalizada y habría creado inevitablemente condiciones similares de jerarquización de la lucha y de la gestión del triunfo revolucionario, como ya comenzó a verse en la incipiente y malograda Revolución Española.

El problema es concebir la Revolución con mayúscula, como un parto con fórceps, como el resultado de una lucha armada y un triunfo militar, como el asalto de los palacios de invierno o la derrota del capitalismo por una huelga general revolucionaria. El problema es haber creído en proyectos elaborados por teóricos que se consideraban capaces de inventar y construir el devenir de la historia. Por ello, cuando el capitalismo muestra cada vez más cínicamente su fuerza y ser un sistema de explotación y dominación irracional, brutalmente injusto, absurdo y devastador del planeta, ¿cómo seguir creyendo en proyectos que no han podido impedir que la historia siga siendo la que es?

Ante los fracasos del mesianismo “productivista/consumista”, ¿cómo perseverar en él y no reconsiderar la idea misma de Revolución? No sólo para evitar nuevos fracasos sino también para hacer posible la multiplicidad de las resistencias y la creación de espacios comunes de libertad y creatividad.

Lo nuevo hoy son los marxistas que hacen este balance y comienzan a cuestionar la idea de la excepcionalidad del Estado, como trascendencia de la sociedad, tanto en la base del poder actual del Capital como en la del futuro poder revolucionario. El Estado y lo público son formas de expropiación de la libertad y lo común. Privada o pública, la propiedad es y será enemiga de la libertad y de lo común. Debemos pues tener en cuenta esto y no olvidar que la revolución no debe ser un acto de Fe, aunque sea para edificar un paraíso sobre la Tierra. Y aún menos si éste debe surgir de un cataclismo.

El cambio revolucionario, la revolución debe comenzar desde ahora mismo: comenzando por deshacernos de las relaciones autoritarias en cada instante y lugar de la vida cotidiana, rompiendo la lógica de la obediencia que el poder, toda forma de poder, trata y tratará de imponernos. Resistiéndole, practicando la desobediencia y dando el ejemplo de cómo deseamos vivir; pues son y serán estas acciones, inclusive “las más pequeñas acciones de protesta en que participemos”, las que se convertirán “en las raíces del cambio social”. Un cambio que no se anuncia con fanfarrias ni proclamas, y mucho menos con movilizaciones encuadradas por líderes y lemas. Un proceso que no es una creación ex nihilo sino de metamorfosis de la sociedad, que se hace presente en todas partes y en ninguna, impulsado por gentes con dignidad y coraje que defienden conscientemente sus formas propias de vida.

Por ello, más que una promesa de un mañana esplendoroso, es un compromiso consciente y consecuente sin el cual la revolución no sería más que una utopía mesiánica y el revolucionario un acólito rezando incansablemente en las brumas teológicas de la Fe en la magia decisoria del Poder.

[Publicado originalmente en el periódico El Libertario # 59, Caracas, junio-julio 2010. Número completo accesible en https://www.nodo50.org/ellibertario/archivoliber.html.]


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