sábado, 26 de mayo de 2018

Notas sobre el legado de _La Conquista del Pan_ de Kropotkin


José Luis Oyón

* Se reproducen aquí el Abstract y el Epílogo de un extenso artículo titulado  “La ciudad desde el consumo: Kropotkin y la Comuna anarquista de La Conquista del Pan”, que en versión completa está en http://polired.upm.es/index.php/urban/article/view/3084/3152.

La conquista del pan de Piotr Kropokin fue como se sabe el libro de cabecera, el libro de las « ideas » del movimiento obrero anarquista en la España del siglo pasado. De manera explícita, la ciudad, la comuna insurrecta, se ofrece en el texto del revolucionario ruso como utopía donde imaginar los trazos esenciales de la futura sociedad emancipada. El libro construye un proyecto territorial en coherencia con otros artículos y textos del autor, algunos de ellos, como Campos, fábricas y talleres, bien conocidos en el mundo de la geografía radical y los estudios urbanos críticos. Este artículo disecciona La conquista del pan como texto que expone las líneas esenciales de una sociedad anarquista inspirada en una visión de la ciudad desde el consumo socializado. La nueva sociedad emancipada que se propugna en el libro se asienta en un nuevo espacio que revoluciona la concepción capitalista del abastecimiento, la vivienda y los servicios públicos urbanos. A modo de sugerencia para futuras investigaciones, el artículo se pregunta finalmente sobre la posible filiación de La conquista del pan con el rico imaginario de proyectos de ordenación territorial y luchas sobre el consumo urbano generados en el anarconsindicalismo de los años treinta y sobre la posible relectura de libro a la luz de la cuestión urbana hoy en día.

No es objeto de este texto reconstruir el multiforme camino por el que los lectores anarquistas adaptaron las enseñanzas de La conquista del pan a sus reivindicaciones en la acción política y sindical o a sus sueños de una sociedad definitivamente liberada. Más allá de su indudable relación con una larga tradición insurreccional de carácter local y federal –expresada con mucha claridad en el Sexenio-, sería interesante investigar hasta qué punto en los años republicanos la fuerza de la idea de una revolución que se declara de entrada local, de una comuna revolucionaria insurrecta que aspira luego a la federación posterior solidaria con otras comunas, es heredera de la visión del proceso revolucionario defendida por Kropotkin y las tesis anarco-comunistas. Los diversos estallidos revolucionarios locales de la Segunda República que declararon el comunismo libertario en el marco del municipio libre son descendientes directos, no ciertamente de la La conquista del pan pero sí de una manera de ver el proceso revolucionario que el texto de Kropotkin ayudó en buena medida a consolidar al convertirla en canónica. Como pensaba el revolucionario ruso, España era por su diversidad local y regional un país especialmente apto para extender la nueva Comuna anarquista parisina a otros territorios hermanos.

Más cercano al propósito de estas páginas es sugerir la posible influencia de un libro tan leído en las numerosas luchas sobre el consumo urbano que marcan los años de entreguerras. La búsqueda de conexiones del libro Kropotkin con las huelgas de alquileres de los años treinta, un campo donde se han estudiado más las acciones y sus consecuencias que no sus orígenes ideológicos podría ser un primer campo de análisis obvio (Rider, 1989; Oyón, 2007; CNT, sf). Otro campo de investigación lo constituye el rico imaginario de proyectos de ordenación territorial que brotaron del mundo libertario durante la Segunda República y su más o menos directa filiación con la reflexión territorial del anarco-comunista ruso. Del comunalismo autosuficiente de Urales a las tesis anarcosindicalistas de Besnard o los modelos mixtos -y diversos entre sí- de Isaac Puente, Gastón Leval, Abad de Santillán o Higinio Noja, Xavier Paniagua ha recorrido ese rico mundo de ideas de imaginación espacial del comunismo libertario pensadas para desplegarse con la revolución (Paniagua, 1982). Eduard Masjuan, que reduce las propuestas a una vía anarco-comunalista y una anarco-sindicalista con preeminencia del plan, insiste en coincidencias esenciales en ambas, como la organización de abajo arriba de los municipios en federaciones y, en especial, la insistencia en una descentralización de las grandes ciudades paralela a la búsqueda de una “síntesis estable entre el campo y la ciudad” que se confirmará en la ponencia sobre el Comunismo libertario aprobada en el Congreso de la CNT de Zaragoza de mayo del 36 (Masjuan, 2000:161-202).

Nada más próximo a la esencia del mensaje territorial de Kropotkin que esa “simbiosis agro-industrial”, algo por otra parte presente también en el urbanismo descentralizador inspirado en la ciudad-jardín de La urbanística del porvenir de Martínez Rizo o incluso en Aláiz (Martínez Rizo, 1932; 1935; Alaiz, 1945-1947, 1971; Bonet Correa, 2011).

De la misma forma que en los años treinta el mensaje de La conquista del pan había calado hondo en los que deseaban organizar el territorio del comunismo libertario sobre nuevas bases, el libro de Kropotkin merece igualmente una relectura desde nuestras preocupaciones ecológicas hoy en día8. No por casualidad, la ciudad-jardín de Howard que inspiraba a Martínez Rizo había sido durante el primer tercio del siglo XX el importante nexo de unión entre la propuesta territorial de integración campo-ciudad de Kropotkin y el naciente regionalismo proto-ecológico de Geddes y Mumford. Culminación de La conquista del pan como sabemos, Campos, fábricas y talleres aparecerá citado en la edición de 1902 de Garden Cities of tomorrow como demostración de las enormes posibilidades de autoabastecimiento de alimentos próximos para la nueva ciudad-jardín. Los granjeros de la corona agrícola de la ciudad-jardín dispondrían, decía Howard, de una urbe de 30.000 habitantes “a sus puertas” (Howard, 1972:144, 210). La influencia de Kropotkin es evidente en el más directo colaborador de Howard, Thomas Adams, Secretario de la Garden City Association desde 1901. Con la influencia de Kropotkin (y Reclus) sobre Howard y los regionalistas, una línea radicalmente opuesta al urbanismo de la centralizada ciudad funcional del Movimiento Moderno, se abrirá según Peter Hall toda una línea regionalista del urbanismo que, como el urbanismo de Kropotkin o Reclus, yo pienso puede llamarse con propiedad protoecológica (Hall, 1996; Hall & Ward, 1998; Oyón, 2011). Ahí reside en mi opinión lo más trascedente de La Conquista del pan. Lo importante en Kropotkin desde el punto de vista de un urbanismo ecológico no es en sí la noción de autosuficiencia alimentaria sino la misma idea de proximidad geográfica de producción y consumo que el pensamiento ecológico ve hoy como absolutamente esencial para el ahorro energético y la drástica disminución de los gases de efecto invernadero. Esa deseada proximidad entre producción y consumo, agricultura e industria, campo y ciudad en definitiva, constituye la esencia del mensaje de reordernación económico-territorial del anarquista ruso que hoy debiéramos rescatar. Comenzar a entender el metabolismo de la ciudad, cómo consume sus alimentos o puede reciclar sus desechos orgánicos, como se hace en La conquista, puede ser un excelente punto de partida.

Equipados con esa esencial visión de la ciudad desde el consumo, a los anarco-ecologistas que hoy en día relean La conquista del pan les confortará finalmente comprobar que no están solos en ese camino. Que su visión de la ciudad desde el consumo es ahora compartida desde otras posiciones socialistas tradicionalmente alejadas; que la idea kropotkiniana de apropiación de toda la ciudad como trabajo acumulado, de sus viviendas y sus servicios, de su infraestructuras y de su entero patrimonio cultural que reclaman como “derecho a la ciudad”, es algo que, reactualizando una lectura que Lefebvre hizo hace tiempo, marxistas como Harvey ven hoy como futuro inexcusable de las luchas urbanas contra el capitalismo.

En la Comuna de París, recuerda Harvey, se suprimieron los alquileres y el pueblo reclamó su derecho incontestable a la ciudad que él mismo había edificado. Es lo mismo que tantos anarquistas españoles sabían y habían leído en La Conquista del pan de Kropotkin. La dinámica de la explotación de clase no se limita al lugar de trabajo. La ciudad desde el consumo, desde la reproducción, como lugar de lucha y aglutinación de un nuevo sujeto revolucionario hasta no hace mucho dejado de lado, es igualmente importante como estrategia para enfrentarse al capital: “todos aquéllos cuyo trabajo está dedicado a producir y reproducir la ciudad tienen el derecho colectivo, no solo a disponer de lo que producen, sino también a decidir qué tipo de urbanismo se debe producir, dónde y cómo” (Harvey, 2013:201; Castells, 1986). Los que alimentan la ciudad, la producen y la cuidan, los que contribuyen a que funcione correctamente cada día los primeros. Toda esa ingente cantidad de gente obrera que ya no es el proletariado industrial clásico pero que compone cada vez más la masa de los y las de abajo en las ciudades del capitalismo desarrollado. La ciudad desde el consumo, el auténtico filón del urbanismo utópico anarquista y del regionalismo proto-ecológico que luego inspiró, puede trabajar codo con codo con esa renovada visión de la ciudad de los marxianos que amplia su tradicional visión desde la producción.


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