sábado, 26 de mayo de 2018

Algunas propuestas de orientación para el anarquismo del siglo XXI


Alfredo Errandonea (1912-1995)

* Sección final de un texto más extenso titulado “Anarquismo para el Siglo XXI”, que en versión completa es accesible en http://cienciassociales.edu.uy/wp-content/uploads/sites/3/2013/archivos/Anarquismo%20para%20el%20Siglo%20XXI.pdf.

Dentro de un panorama general de disminución de la participación social y política que afecta hoy a toda la vida social contemporánea, y el cual involucra por igual a todas las tendencias y organizaciones que actúan en el campo de la izquierda; existe además una pérdida de centralidad en el conflicto social global de las organizaciones y movimientos sociales que constituyen escenarios de participación, tanto de los tradicionales como de los nuevos, incluido por supuesto el clásico movimiento sindical que llegó a ser el campo más propicio de la actuación anarquista en otra época. Contra esta tendencia hay que luchar decididamente; como si volviéramos a estar en los tiempos de su primera construcción. Lucha que debe volver a incluir su elaboración y organización o reorganización; así como su involucramiento en la vida social y política de la sociedad, en la gestión de las actividades, decisión es e intereses sociales y públicos; ya sea en el sector público como en el social no público. Incluso ganar espacios para tales movimientos y protagonismos arrancados al sector privado, allí donde sea posible la confluencia de actividad colectiva popular, en cualquier segmento de la vida social. En realidad, no hay alternativa para cualquier forma de acción militante.
 
En esa presencia, lucha y participación, no vamos a estar solos. Ni es bueno que lo estemos. Dada nuestra magnitud actual, nuestra presencia solitaria sería indicador de casi seguro marginamiento; que acentuaría negativamente nuestro aislamiento, salvo probables excepcionales y muy breves situaciones, en que pudiéramos jugar un papel de iniciativa. En todo caso nuestra actitud y orientación debe ser la de la mayor apertura posible, sin discriminación alguna y en función integrativa; y su reivindicación radical cuando otros la nieguen. Es decir que nuestra actuación en la organización popular, en primer lugar, debe propugnar su naturaleza pluralista.

Nuestra presencia y acción debe estar orientada a la asunción colectiva constructiva de responsabilidades y capacidades de decisión, a la incidencia de tales organizaciones en la vida social y solidaria. Y la concepción de esa participación tiene que estar dirigida hacia una inteligente combinación de descentralización y participación, que erradique las “delegaciones de competencias”, las pérdidas de protagonismos de la generalidad, la conformación de elites o capas dirigentes. El logro de la participación y el compromiso de los más, de la generalidad, es una meta esencial y totalmente prioritaria para un tipo de ámbitos que se pretenden como unidades de la organización social futura. Y, por supuesto, la reivindicación de esas formas de democracia directa para la organización de la vida social en general. Este tipo de orientación y el combate a su desvirtuación, es la que debe signar ideológicamente nuestra actuación.

Ya se ha dicho: la idea de la Revolución Social como acto insurreccional apocalíptico y abrupto, solo es una imagen romántica de la historia del siglo XIX. La revolución del siglo XXI será un proceso complejo, seguramente de acaecer plural, con mayores y desiguales tiempos de realización. Que puede o no vivir instancias de violencia insurreccional; lo que dependerá de las resistencias que en las diversas circunstancias el sistema oponga a la asunción de capacidades y responsabilidades decisorias. Pero en todos los casos tendrán que ser culminaciones de procesos de alto consenso, que depongan ostensibles obstáculos a sus naturales desarrollos. Casi meros derribes de endebles tabiques de muy visible absurda obstrucción. Dadas las tendencias del mundo actual, es inevitable que aparezcan y se multiplique los escenarios para esas actuaciones revolucionarias en los más diversos lugares, en las más distintas situaciones. Sobre todo cuando y donde los procesos movimientistas populares de participación logren la integración y participación generalizada, y la madurez que los conduzca naturalmente a ello. Y allí será vital nuestra presencia y la defensa más radical de su carácter de pluralistas y de participación democrática directa, de los principios antes aludidos.

Históricamente, el anarquismo como movimiento tuvo importantes períodos de presencia gravitante en el movimiento popular de muchas sociedades. En general, en ellos existió o un predominio tal que el movimiento popular que integraba se confundía con el movimiento específico como organización ideológica definida; o coexistió con la existencia de una organización específica de quienes se definían ideológicamente como tales, además de su importante y generalmente hegemónica presencia en organizaciones populares de vocación general. En estos casos, la organización específica y la popular de vocación general tendieron a tener relaciones recíprocas fuertes; incluso hasta orgánicas de semifusión (como la CNT-FAI española). Este hecho tuvo considerable incidencia en la existencia de movimientos sociales (casi siempre, sindicales) divididos, paralelos a la existencia de otras organizaciones populares con otras hegemonías ideológicas. Lo que se constituyó en factor negativo en la medida de que la correlación de fuerzas entre las corrientes ideológicas en el movimiento popular comenzaron a sernos desfavorables.

El punto de partida de esta reflexión final es que prácticamente no existe casi presencia del anarquismo en los movimientos populares de las diferentes sociedades; y que son pequeños, sin gravitación general y ghetizados, los movimientos anarquistas específicos hoy subsistentes. Algo que debe quedar muy claro en cualquier análisis autocrítico, es que las organizaciones populares (especialmente los sindicatos) donde el anarquismo resistió su definición pluralista, terminaron por desaparecer como tales; y que hoy no son viables esos grados de definiciones ideológicas para las organizaciones populares. No sólo por la pequeñez del volumen de los militantes anarquistas y su entorno de fuerte simpatía; sino porque las condiciones sociales de la militancia popular son muy adversas para los clásicos requerimientos de definición ideológica, y porque está lógicamente impuesta la perspectiva de integración pluralista de cualquier organización popular, aún aquellas en que son ostensiblemente hegemonizadas por algún partido político. Este hecho, de por sí, se convierte en poderoso motivo de rechazo hacia ella, de estigma de sectarización; y, en fin, de motivo de su frustración como organización popular. Y, además, es bueno que así sea si lo que queremos es constituir organizaciones populares capaces de asumir la gestión social en una sociedad lo más libertaria posible. Porque no es pensable este tipo de organizaciones con vocación general dominadas por ninguna forma de segmento social; y ello nos incluye como corriente ideológica. Este de la definición ideológica de las organizaciones populares con vocación general, es un sentido definitivamente descartable en la orientación a asumir, para la organización de cualquier movimiento popular que quieran inspirar a los anarquistas.

Desde luego, por definición, este no es el caso de la existencia de organizaciones específicas que, al igual que los partidos políticos, se organicen para mejor administrar la orientación definidamente anarquista. En este caso, la pregunta que cabe hacerse es si tales tipos de organizaciones son necesarias.

Si es que se pretende dotar al anarquismo de una capacidad dinámica, si se quiere afrontar la problemática de su aggiornamiento, si es que se siente necesario actualizar y profundizar el análisis de su posicionamiento frente a los tiempos que corren y en los diferentes lugares, si se cree importante coordinar la actuación de sus militantes en las diversas organizaciones populares, si se siente la necesidad de realizar actividades de reflexión y elaboración colectiva como el presente Encuentro, si es que se comprende que toda esta actividad requiere de organización y financiación, necesariamente debe concluirse en una respuesta afirmativa.

Como lo dije al principio, el actual momento, la situación de nuestros días, impone como prioritaria una tarea de revisión y de reubicación teórica y doctrinaria, de análisis de las sociedades de nuestro tiempo. Es una hora de reflexión; por lo tanto de fuerte inclinación a la labor intelectual. Pero aún para ella, es muy importante recomponer la existencia ‘movimientista’ en lo específico.

Pero aún en estas circunstancias, para no caer en desviantes ghetizaciones, para experimentar la vivencia de esa realidad social en la que pretendemos restablecer nuestra presencia, y porque en definitiva es en ese campo que debemos encarar nuestra actuación; también es importante comenzar a ensanchar nuestra muy debilitada presencia en el movimiento popular de vocación general. Aunque en muchos casos ello implique comenzar desde la nada.

Simplemente, debemos asumir la responsabilidad de esa presencia allí donde nuestra inserción y ubicación social nos lo indique y habilite. Y comenzar a desarrollar con esa participación, una capacidad reproductiva de nuestra militancia, un reclutamiento y socialización de quienes están predispuestos a participar de nuestra sensibilidad ideológica.
    

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