domingo, 18 de agosto de 2019

Debate (A): Del socialismo utópico al anarquismo



Félix García M.

* Texto de cierre donde se recogen las conclusiones del libro de igual título.

Llegados al final de nuestro trabajo, nos queda la sensación de que se podían y debían decir muchas más cosas, por más que pensamos que están dichas las fundamentales. Una vez más, conviene recordar que resulta imprescindible huir de definiciones confusas y ambiguas del anarquismo, muy usuales en algunos autores que suelen identificarlo con movimientos milenaristas, o con individualismos radicales. Al margen de la posible responsabilidad que tengan los propios anarquistas en eso, pues siempre se mostraron muy receptivos a cualquiera que quería colaborar con ellos en las tareas de criticar la sociedad existente, sigue siendo inadmisible que se incluya a autores como Stirner en muchos trabajos sobre los anarquistas, o que se hable, indiscriminadamente, del terrorismo anarquista de fines del siglo XIX. Nosotros hemos seguido el pensamiento de los gran-des fundadores del anarquismo y hemos podido ver que no había nada ni de individualismo ni de terrorismo. El anarquismo es más bien un movimiento que pretende incidir en todas las dimensiones de la vida social, política, económica y cultural, teniendo, por tanto, una concepción de la política como actividad que no se reduce al Parlamento y los partidos y que no se limita a ser una técnica de conservación del poder, sino la plasmación de unos principios éticos en la vida comunitaria de los seres humanos. Por otra parte, el anarquismo, sin renunciar jamás a la defensa y exaltación del individuo y de su innegociable libertad y autonomía, buscó constantemente formas de organización social basadas en la solidaridad y el apoyo mutuo; individuo y colectividad son, sin duda, polos opuestos, pero interdependientes, lo que impide renunciar a ninguno de los dos.
 

Por otra parte, el anarquismo no es un conjunto de ideas que pueda rastrearse desde los comienzos del mundo griego hasta el siglo XIX. Es, por el contrario, un movimiento que surge en un momento histórico concreto, intenta responder a los problemas específicos de ese momento, y ofrece soluciones originales. Aparece como tal en el siglo XIX, siendo Proudhon el primer anarquista, aunque sin desarrollar algunos temas; su historia transcurre unida al movimiento obrero y al socialismo, cuyas luchas contra el sistema pretende potenciar e inspirar. En diversos momentos de crisis generalizada se distancia algo del movimiento obrero, pero sólo temporalmente, para incorporarse inmediatamente. Algo similar, pero al contrario, ocurre cuando el anarquismo es aceptado por sectores de la burguesía, especialmente escritores y artistas en general, a finales de siglo XIX: estos sectores sólo recogen una dimensión del pensamiento y la práctica libertarias, dimensión que es parcial y desfigura el auténtico anarquismo, motivo por el cual son rápidamente apartados de éste. Por el mismo motivo, el anarquismo termina cuando termina el movimiento obrero, de tal forma que las manifestaciones de anarquismo posteriores a1937 ya no responden a ese movimiento, que ha dejado de existir. Esto no quita para que podamos mantener que en los momentos actuales las propuestas anarquistas siguen teniendo sentido, denuncian aspectos muy específicos que caracterizan el sistema social vigente y resultan imprescindibles para elaborar una propuesta alternativa. Los diversos movimientos sociales actualmente vigentes dan fe de la fecundidad de las grandes líneas del pensamiento anarquista.

Se ha dicho con frecuencia que el anarquismo ha sido maltratado por la historia debido a sus constantes fracasos. Desde luego es criticable la afición de algunos historiadores a contar sólo la historia de los vencedores, lo que les exige además realizar grandes deformaciones y silenciar los acontecimientos y los actores sociales. Pero más curioso resulta que se lo acuse de no haber tenido éxito como el marxismo, lo cual probaría su inutilidad y falta de realismo. Los anarquistas, ya desde 1920, denunciaron que la revolución había fracasado en Rusia, denuncia que les costó ser absolutamente aniquilados, con un grado de eficacia que no había existido en el zarismo. Sesenta años después serán mayoría los que, como Kropotkin, consideren que, efectivamente, en Rusia no hay socialismo, lo cual no los lleva a ponerse de parte de las críticas y el acoso practicado por las “democracias” occidentales, cosa que tampoco hizo Kropotkin, que siguió considerando peor el sistema capitalista. Al mismo tiempo, tomando por ejemplo el caso de España, no tiene sentido decir que el movimiento anarquista no contribuyó poderosamente a conseguir mejorar las condiciones de vida de las clases trabajadoras; intervinieron constantemente e intervinieron con eficacia y organización, alcanzando éxitos en unos momentos y siendo derrotados en otros, hasta la definitiva derrota del movimiento obrero en las calles de Barcelona en 1937. En los meses en que pudieron aplicar su modelo de sociedad comunista libertaria y autogestionaria hicieron ver que el modelo podía funcionar; aunque, evidentemente, era un modelo más ambicioso que otros.

Y éste es el problema central con el que queremos terminar. El anarquismo tiene quizás el fallo de pedir lo imposible, siendo absolutamente radical. No es que niegue la validez de pequeñas conquistas o avances, pero se niega a ver en ellas más de lo que son, no quiere que se llame socialismo a lo que no pasa de ser pura dictadura del partido, o partido socialista al que no pasa de ser un buen gestor del sistema capitalista. Al pedir lo imposible, la reconciliación definitiva del individuo y la comunidad en un mundo libre y solidario, se convierte en plenamente realista: es capaz de ver y enfrentarse con los mecanismos y estructuras específicas que reproducen constantemente la opresión y la explotación de unos seres humanos por otros. Sin embargo, el estar siempre en la oposición puede resultar fácil e incluso injusto respecto de aquellos que asumen la responsabilidad de intentar llevar a la práctica mejoras concretas; esta actitud sería uno de los mayores riesgos del anarquismo y su talón de Aquiles. Pero también sería su fuerza, pues le permite adquirir una dimensión utópica sumamente fecunda.

En efecto, el anarquismo sería un pensamiento utópico, es decir, un pensamiento que, sin renunciar a buscar en cada caso las formas organizativas más adecuadas o a analizar las condiciones específicas socioeconómicas y políticas que perpetúan la opresión y la explotación, se resiste a dar por buena la miseria cotidiana, pide siempre más, e intenta, en su militancia y su testimonio, hacer ver constantemente que no se puede hablar de proyecto revolucionario si no se es capaz de irrumpir aquí y ahora mostrando que es posible vivir de otra manera.

[Sección final del libro Del socialismo utópico al anarquismo, La Plata / Buenos Aires, Ed. Terramar, 2008. Texto completo del libro accesible en https://e-nautia.com/pepin.perez/disk/Biblioteca%20Revolucionaria/_4061.pdf.]


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