martes, 4 de junio de 2019

Sobre las elecciones



Periódico Acracia  
 
Resulta de lo más pedagógico y en ocasiones hilarante visitar un evento electoral, aunque no se descarta que pueda producir efectos perniciosos para la salud como nauseas e incluso ira. ¿Qué podemos encontrarnos en dichas reunio-nes festivas? Digo festivas porque festejamos la «democracia». Cada vez que menciono esta palabra no sé si echarme a reír o a llorar, en cualquier caso, siento un vacío en el estómago que me deja perplejo. Hay quien dice que al citarla le llena de orgullo. Hay gente para todo. Siguiendo con el hilo de la cuestión, al entrar en una de estos acontecimientos contactas con diferentes tipos de perso-nas. Están las que practican la política profesional, esas que vemos en la televisión, año tras año, de manera ineludible, como los anuncios de coches. Luego están las aprendices de bruja, dispuestas a asaltar el poder, jóvenes, guapas, listas como ellas solas y con un discurso que suena conocido, sobre todo si ya tienes unos años. Además, están las fanáticas de turno, acríticas, resueltas a no dejar ni un instante de mover la banderola que le han dado a la entrada de la reunión. El contexto en sí, si se piensa detenidamente, es de lo más vivificante, acompañado de una cerveza puedes hasta pasártelo bien; hay ocasiones en que incluso te regalan algo, nada útil pero algo a fin de cuentas.
 
El problema viene después. Has escuchado los discursos, y una vez en la calle haces balance de tu situación actual, de otros discursos escuchados en el pasado y del balance que hacías entonces; en ese instante te quedas fría. Llegas a la conclusión de que en los mítines no pasa el tiempo, las personas forofas se les parecen, los voceros de los partidos dicen lo de siempre, y las suplentes esperan su turno hasta que llegue la oportunidad en que puedan lucirse. ¿Cómo es posible?, te preguntas, eso sí, algo deprimida. Han pasado cuarenta años de votaciones de las que no han salido demasiadas cosas buenas, al menos para las desposeídas, y ahí están, blandiendo las banderitas, del color que sean. No ha habido aprendizaje. No parece real pero es así.

A veces podemos llegar a ser tentadas por el mesías de turno, y caer de hinojos a sus pies, haciéndole las mayores alabanzas. ¿Por qué no? 

El comportamiento de las masas ante este tipo de sucesos es cuasi religioso. Confiar en que alguien nos salve de todos nuestros males es como ir a una iglesia y de rodillas pedirle al dios que sea que nos conceda de manera infalible un deseo.

Con cierto temor concluimos que cualquier tipo de credo, comulgar o votar, nos da lo mismo, es un acto fallido e irracional, carente de justificación práctica; los hechos históricos así lo demuestran. Todas las transformaciones sociales, todas las mejoras de las personas que viven de un salario, siempre se han logrado en base a la auto organización y a las efusiones de sangre, nunca a través de los rezos ni de los votos. Lo que no se puede negar es la virtud del acto de votar. Indica una paciencia infinita, una tolerancia a la frustración capaz de resistir lo que sea y, sobre todo, una ignorancia digna de ser reseñada en el BOE.

Cuando ya hemos votado —rodeadas por las caras sonrientes de las interventoras de los partidos políticos que nos miran escrutadoras, intentando adivinar si las hemos votado— nos sentimos vacías de nuevo. Hay quién se pregunta de una manera ingenua, ¿y ahora qué? Bueno, pues en ese “ahora qué” singular la respuesta es clara: ahora nada; ahora toca esperar a la próxima votación, rogando al cielo, al infierno o a los espíritus inescrutables que gobiernan el azar, que los nuevos elegidos para dirigir nuestras vidas no nos hagan caer más hondo. Yo, como no me creo nada de esta película de miedo que se llama democracia representativa, me voy pensando que la experiencia no ha estado mal, no me ha llevado mucho tiempo y no me ha costado ni un euro, directamente, porque a las arcas del Estado, que se mantienen con mis impuestos, sí que les ha costado. Luego, tras tomarme el vermut dominical con personas afines, reviso las tareas pendientes que van a mejorar mi vida, los proyectos en los que participo y en las pequeñas satisfacciones que voy teniendo con ellos. Pienso en ese periódico que hacemos, en la biblioteca popular que hemos montado, en las charlas pendientes, en las luchas de mi barrio, en la exposición de pintura que vamos a hacer en la asociación cultural de la que soy socio, y en otras actividades agradables que dan sentido a mi vida. Nadie me ha dado todo eso. Yo soy el protagonista, con otras personas, de esos pequeños grandes logros. No hemos pedido nada a ninguna institución, hemos levantado desde nuestra creatividad recursos sin necesidad de pagarle a nadie, ni de ceder nuestra representatividad, o desdibujar nuestra libertad. No tengo que esperar nada salvo de los que me acompañan en ese viaje llamado democracia directa, que se aplica colectivamente y que nos convierte en sujetos históricos siempre activos, dispuestos a conquistar los cielos con una torre de esfuerzos solidarios.

He de decir, antes de terminar, que os he engañado un poco, no he ido a votar nunca en unas elecciones, aunque sí he visitado en alguna ocasión esos lugares sacralizados de peregrinación periódica, lo mismo que he visitado, por amor al arte, iglesias y catedrales. Sí, he votado en asambleas y en reuniones en las que el consenso no era posible. Es decir, en contextos en los que mi voto, verdaderamente, era la expresión individual de mi poder, que se sumaba a otros poderes para acumular fuerzas y voluntades.

No quiero ser demasiado tremendista y aguarle la ilusión a nadie, por eso que cada persona haga lo que quiera con su papeleta, incluso tirarla al wáter, ¿por qué no?, el acto es irrelevante en sí mi-mo, lo que no es irrelevante es la actitud que se mantenga durante los 1.460 días que tienen que pasar hasta la siguiente votación.

[Publicado originalmente en el periódico Acracia # 1, Madrid, mayo 2019. Número completo accesible en https://drive.google.com/file/d/197gC-AeP3YOKncSWHeDznsI4ejMoBXJ-/view.]


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