martes, 18 de junio de 2019

Miedo y represión, esa identidad que se nos quiere imponer y que debemos combatir




Coral Gimeno

Hablar de represión es hablar de miedo. Es un binomio bidireccional. Miedo de quien reprime a perder su cuota de poder, y miedo de la persona reprimida al objeto que lo produce. Ciertamente, el miedo es el hermano gemelo de la represión.

El miedo en la y el reprimido es paralizante, y, al mismo tiempo, genera un efecto reactivo a la acción, un impulso movilizador a la huida para alejarse del objeto del temor: Deimos y Fobos, tirando del carro de Ares, inseparablemente unidos para dominar en su doble vertiente: conseguir la parálisis de la persona reprimida, primero, y garantizar su huida, después, el retroceso, la represión. En definitiva impedir la acción, como ejercicio de libertad, frente a la huida, como reacción, como respuesta emotiva ante la percepción del peligro. El miedo así entendido necesita finalmente de la amenaza real de una violencia física para garantizar la efectividad de su mantenimiento, para garantizar en definitiva el control social.
 

Pero no solo se consigue la paralización a través del miedo, de la violencia física del sometimiento de los cuerpos. También se puede ejercer la represión, convirtiendo a los seres humanos en meros objetos, negándoles subjetividad, su condición de ser sujeto activo y autónomo, quitándoles la voz y la memoria, domesticando el cuerpo social, convirtiéndolos en seres dóciles y obedientes y fijando regiones de verdad a través de un único discurso, el de la ideología dominante, el falogocentrismo derridiano, a cuyo servicio se han puesto y se siguen poniendo en muchas ocasiones las artes, las ciencias, la educación.

Así al binomio miedo-represión se enlaza como en un bucle el binomio represión-domesticación, enmar-cando la lógica de funcionamiento del poder.

La ignorancia es cómplice del miedo y de la represión, pues la religión ha ejercido este efecto paralizante a partir del miedo a la muerte, del miedo al castigo divino y cómo conforma, a la par, la realidad, con explicaciones místicas garantes del cumplimiento de los postulados morales sobre los que se asienta el poder, al mismo tiempo que se asegura su efectividad, lo cual se observa un recorrido histórico por las distintas practicas de violencia real de algunas religiones, en alianza, en muchas ocasiones, con el poder del Estado, que ha utilizado y utiliza el binomio miedo-represión como forma de control social, cuando las leyes carecen de legitimidad, de forma muy evidente en los regímenes totalitarios, pero también en los estados democráticos, cuando las leyes pierden su legitimidad y se generan formas de protesta que cuestionan y ponen en peligro el orden establecido.

De igual manera, existe sobrada evidencia de cómo el Estado reacciona ante las reivindicaciones sociales y laborales y la lucha sindical criminalizando la protesta, y, no dudando en desplegar la violencia restrictiva de sus estructuras de poder.

Pero el Estado necesita también legitimar la violencia de sus estructuras de poder y, para ello, el miedo sigue siendo su aliado inseparable, es necesario generar el miedo a la pérdida de seguridad para legitimar éstas, para poder llegar a criminalizar incluso la ayuda humanitaria que las puede poner en peligro. Las fuerzas represoras del Estado se convierten así en garantes del orden y de la seguridad que legitima la violencia institucional y que permite al Estado ofrecer su cara amable.

En este proceso de legitimación, el Estado se vale también del binomio represión domesticación y, de la misma manera que la ignorancia era la puerta de entrada del miedo, aquí lo es el olvido, la desmemoria, el silencio, la ocultación, hermana gemela de la única realidad discursiva; y, en este contexto, la educación y la ciencia son las aliadas perfectas para el ejercicio del poder, llegando a una forma de represión que no se siente, que se ejerce sin que tan siquiera sea cuestionada». Así, no solo se prohíben libros, se ocultan verdades, se invisibilizan discursos, en definitiva se reprime la acción, sino que, y sobre todo, se forman verdades, se uniformiza el único discurso y, en definitiva, se crean seres útiles para el mantenimiento de las estructuras del poder.

Frente a tal pretensión opresiva de imponernos represión y miedo, el reto es la conquista de la libertad como necesidad de nuestra condición de hombres y mujeres, y que, siendo ésta la única fuente de orden en la sociedad, nos rebele contra toda opresión

[Versión resumida de la presentación al dossier incluido en la revista Libre Pensamiento # 97, Madrid, invierno 2018-2019, Número completo de la revista accesible en  http://librepensamiento.org/wp-content/uploads/2019/06/LP-N%C2%BA-97.pdf.]


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