martes, 18 de junio de 2019

Debate (A) - Convirtiendo la sobriedad en arma: Anarquismo straight-edge contra la cultura de la intoxicación



Flower Bomb

Fuimos inducid@s a beber, yo entre el resto, y cuando las vacaciones se acabaron tod@s nos tambaleamos por nuestra inmundicia y, revolcándonos, tomamos un largo respiro, y nos fuimos a nuestros diversos campos de trabajo, sobre todo sintiéndonos bastante encantad@s de ir a donde nuestros amos artísticamente nos habían engañado para ir, con la creencia de que eso era la libertad, de vuelta otra vez a los brazos de la esclavitud. No era lo que habíamos tomado para serlo, ni lo que habría sido si no hubiésemos abusado. Se trataba de que era igual ser esclavo de un amo que ser esclavo del whiskey y del ron. Cuando el esclavo estaba borracho el esclavista no tenía miedo de que pudiese planear una insurrección, o de que pudiese escapar hacia el Norte. Era el esclavo sobrio, pensativo, el que fue peligroso y necesitó la vigilancia de su amo para mantenerle como un esclavo. – Frederick Douglass

La cultura de la intoxicación proporciona un entorno social normalizado para el escape tóxico. Esta forma específica de escapismo se centra en el abuso de sustancias y la embriaguez como métodos preferidos para aliviar el estrés emocional. A medida que la miseria de la esclavitud asalariada y la monotonía de la sociedad industrial crean un deseo temporal de escapar, la adicción es explotada para ganar capital. Esta motivación de lucro fabrica un paisaje para el ánimo (ya sea a través de la publicidad de las corporaciones o de las tradiciones sociales) la cual refuerza la cultura de la intoxicación como una norma social.
 

Yo he visto cómo la cultura de la intoxicación expande su esfera de influencia con la ayuda de la presión de grupo y de la propagación de la intoxicación vista como una actividad social placentera. Las realidades de adicción y muerte son a menudo excusadas tras la fachada de la glorificación o descartadas como meros “casos extremos”. Además, la red interconectada de sobredosis de drogas, adicción a la nicotina y alcoholismo hace malos puntos de venta. Para aquell@s que más se lucran con los productos que conllevan unas tasas de adicción más altas, la cultura de la intoxicación es una tienda de comestibles del beneficio, con una variedad de productos y marcas. Sus miembros se multiplican por un deseo de escapar así como también animad@s por la intoxicación como una forma de actividad social positiva. Y porque la cultura de la intoxicación existe en la sociedad como una fuerza socialmente dominante, el aislamiento social se convierte en una condena para much@s que eligen permanecer sobri@s. Una prueba de ésto se puede ver en lo común que se ha vuelto la cultura de la intoxicación dentro del ambiente anarquista, y en que existan tan pocas redes de apoyo para personas sobrias. Esto hace que socializar sea más difícil para l@s anarquistas que están combatiendo la adicción personalmente, quienes luego recaen debido a un apoyo inadecuado a su sobriedad por parte de amigu@s y del entorno social. Aquell@s que intentan superar una adicción a menudo se encuentran escogiendo entre una recaída socializada o una recuperación aislada.

Como anarquista, reconozco la relación entre el capitalismo, la cultura de la intoxicación y el Estado que meramente existe como una agencia que busca su regulación y dominación más que su eliminación. La “guerra contra las drogas” [en Estados Unidos] demuestra no ser nada más que una excusa para encarcelar individu@s siguiendo criterios racistas [1]. La cultura de la intoxicación a menudo se convierte en un arma principal para desmantelar movimientos mientras que sirve sistemáticamente como una forma de control social y distracción. El capitalismo requiere la subyugación total de la sociedad de masas, empezando por el individuo. A nivel individual, esto incluye – pero no se limita a – el sentimiento de inferioridad interiorizado, la autodestrucción y el desempoderamiento.

Es por estas razones que permanezco sobrio como una forma individual de negación del orden social de la intoxicación. Como anarquista, veo el straight-edge como un arma contra el intento del Estado de hacerme caer en una trampa de distracciones y autodestrucción tóxica. Mi sobriedad significa anticapitalismo: un molotov lanzado contra un coche de policía que pasa, un incendio que engulle un distrito financiero, un disturbio más allá de toda mesura.

Mi straight-edge es anarquista, en el nivel individual de reclamar y convertir en armas mi mente y mi cuerpo. Esto incluye mi capacidad para comunicarme sin la mediación de la embriaguez o de otros estados alterados. Quiero explorar interacciones sociales que florezcan y desafían los obstáculos de la ansiedad social sin la mediación política de la intoxicación. En la sobriedad, el miedo que mantiene como rehenes a las emociones puras es un miedo socialmente condicionado por la desconexión social y la alienación civilizada. Por muchas razones diferentes contextuales a cada individue, la mayoría de las personas son tímidas cuando se reúnen o interactúan con otr@s por primera vez, pero ésto permite iniciar un proceso de construcción de confianza y de lazos, dos cosas que son acortadas o eliminadas cuando están presentes sustancias que alteran el estado mental. La intoxicación, entonces, se convierte en el mediador de las interacciones sociales, tergiversando a menudo los intereses (sobrios) de l@s individu@s y en muchos casos volviéndose una herramienta de manipulación.

Los lubricantes sociales como el alcohol u otras sustancias para alterar la mente proporcionan una liberación temporal de la tensión y de los sentimientos del cautiverio de la represión emocional. Un sentido de la libertad distorsionado sigue a esta liberación; la libertad es concebida a través de las elecciones de cada un@ de consumir sustancias que alteran su mente junto con la libertad de cada un@ de comprarlas. Bajo el capitalismo, el acceso al alcohol, por ejemplo, está determinado por la edad. La edad se convierte en un identificador numérico para el privilegio; una distinción entre aquell@s que tienen la libertad de consumir y comprarlo y aquell@s que no pueden hacerlo legalmente. Esto materializa una jerarquía que privilegia a aquell@s socialmente reconocid@s como “adult@s” con el derecho a comprar y consumir alcohol. Aquell@s que no cumplen ese requisito de edad cargan con la burla social de ser “demasiado jóvenes” y por lo tanto son menospreciad@s en una sociedad capitalista dominada por el constructo social de la “adultez”. Esta jerarquía proporciona el envalentonamiento social y psicológico necesario para mantener el negocio con futures clientes; en teoría, la misma juventud que eventualmente entra en la edad adulta.

Mi anarquismo straight-edge se posiciona contra la legitimidad asumida de la cultura de la intoxicación también como un marcador de un valor social basado en la edad. En la juventud hay anarquía en el valiente acto de convertirse en individualidad no definida por la cultura de la intoxicación. Para la juventud que rechaza asimilarla bajo la presión de grupo, hay anarquía en el incendio provocado en la jerarquía de valores sociales determinados por la cultura de la intoxicación. La anarquía comienza con el individuo, con la elección individual de conformarse con una cultura o desafiarla. El straight-edge es la negación individual de la cultura de la intoxicación, posicionándose por sí misma contra una sociedad de presión de grupo que ayuda al capitalismo en su búsqueda de beneficios a partir de las adicciones y del uso de sustancias. Desde esta perspectiva, mi straight-edge es un rechazo basado en mi juventud a ser asimilado en una madurez adulta definida por el derecho legal a consumir tóxicos. Desde un punto de vista anarquista, el straight-edge es una rebelión individual no gobernada por la cultura de la intoxicación.

Como el plástico y los dispositivos tecnológicos que nos cautivan con adicciones a las altas tecnologías, la cultura de la intoxicación infunde la adicción a la muerte. Los efectos entumecedores de la realidad artificial que nos distrae con pantallas retroiluminadas se parecen a los de las drogas que producen realidades y percepciones artificiales temporales en las cuales perdernos. La destrucción ecológica causada por la extracción de materias primas para mantener la sociedad tecnoindustrial va en paralelo al agotamiento de los nutrientes del suelo y al uso químico de pesticidas, fertilizantes y reguladores de crecimiento para la agricultura del tabaco. La muerte de los ecosistemas es el resultado de mercantilizar una demanda popular creciente motivada por la adicción, ya sea a través de la deforestación o la minería extrayendo, refinando y purificando metales o petróleo para hacer funcionar dispositivos tecnológicos, o a través del fuerte consumo de energía y agua, la contaminación y los residuos sólidos o disueltos en el agua, subproductos y emisiones tóxicas para fabricar bebidas alcóholicas.

La rendición del individuo a la homogenización del consumo tecnológico de masas comparte otro rasgo en común con la cultura de la intoxicación: la presión de grupo. Por ejemplo, con el fin de mantenerse comunicad@s con un círculo social de población general, ciertos dispositivos tecnológicos deben ser adquiridos y utilizados. Sin ellos, l@s individu@s cargancon el aislamiento social. El capitalismo requiere de la participación masiva con el fin de obtener el máximo beneficio posible con los productos vendidos, ya sean productos relacionados con la cultura de la intoxicación o con la tecnología. La sociedad tecnoindustrial que condiciona nuestras fijaciones con plásticos y dispositivos de alta tecnología está interconectada con la búsqueda capitalista de adicciones al mercado. Desde esta perspectiva, para mí el anarquismo straight-edge es un salvajismo hostil a las cualidades apaciguadoras de la adicción tecnológica, la intoxicación y el abuso de sustancias.

Mi anarquía es un rechazo feral a una sociedad capitalista en su lecho de muerte en la que la vida es convertida en una cultura de espectáculos e imaginarios en alta definición mercantilizada para su consumo. Rechazo ser sometido por la llamada de nuevos gadgets e intoxicaciones, ambos elementos para la ingeniería social de las jerarquías del status de clase y popularidad. Más que buscar la vida pura en momentos temporales de escape, yo prefiero la vida pura encontrada en la rebelión permanente, la destrucción material del mundo capitalista de miseria que crea el deseo por el escapismo tóxico y tecnológico.

Como anarquista, rechazo tranquilizar con la embriaguez el caos de mi placer. Exalto la vida con vehemencia contra las cualidades apaciguadoras de la marihuana, la cancerígena adicción al tabaco y la anestesia "correccional" de la medicación psiquiátrica [2]. Las realidades basadas en la intoxicación de la pobreza, la adicción y la muerte motivan mi deseo personal de permanecer sobrio y apoyando a aquellas personas que luchan. Mientras exista, mi sobriedad se mantendrá como un arma contra el capitalismo, un arma que no puede ser confiscada por la conformidad social esencial para una cultura de la intoxicación. Hacia la revuelta individual y una práctica straight-edge anarquista, ¡straight-edge significa ataque!

Notas

[1] Sobre la relación entre la "guerra contra las drogas" y la represión policial contra comunidades racializadas recomendamos el fanzine "Droga es Racismo: Recopilación de Textos de Personas No-Blancas Contra las Drogas" que se puedeencontrar en PDF aquí: https://distripolaris.noblogs.org/files/2016/08/Droga-es-racismo.pdf. Por otra parte, añadiríamos a la reflexión que creemos que los criterios no son sólo racistas sino también, evidentemente, de clase, pues ciertas drogas también se utilizaron históricamente (y se siguen utilizando) para criminalizara la pobreza, fomentar el canibalismo social desestructurando sus comunidades, anular su capacidad organizativa y justificar un incremento de la represión y el control allá donde unas contradicciones más agudas hacían más patente el conflicto de clases.

[2] Aquí creemos necesarios algunos matices. En el texto, se trata la medicación psiquiátrica en unos términos que no compartimos del todo, y si bien estamos de acuerdo en que los psicofármacos han sido y son usados con fines represivos y "correctivos" dentro de las instituciones del autodenominado "sistema de salud mental" y somos conscientes del hecho de que, en general, la industria farmacéutica no es más que un cruel negocio que trafica con nuestra salud y que a menudo lejos de facilitarnos remedios reales lo que hace es rentabilizar nuestro malestar y obstaculizar la búsqueda de un autoconocimiento de los cuerpos que nos permita cuidar nuestra salud de manera natural y horizontal, tampoco podemos obviar que hemos tenido personas en nuestro entorno cuyo sufrimiento psíquico era mucho más complejo que los análisis simplistas que se suelen contraponer desde la anti psiquiatría al discurso biomédico oficial, y que en determinados momentos encontraron una gran ayuda en la medicación. No pretendemos glorificar los psicofármacos, como decimos compartimos en gran medida la crítica que hace el texto y también sabemos que con frecuencia si una persona acaba recurriendo a la medicación psiquiátrica es porque no existe una red de cuidados lo suficientemente fuerte y capacitada para acompañar y tratar sus problemas sin necesidad de pastillas (y aquí también urge hacer autocrítica), pero pensamos que es el individuo sufriente quien en todo caso debe decidir si medicarse o no, porque es quien ha de convivir con lo que sucede en su cabeza, sin que juzguemos sus decisiones, sus límites o sus capacidades.

[Tomado de la edición del texto en formato de folleto, accesible en https://distripolaris.noblogs.org/files/2018/11/Sobriedad-Arma.pdf.]


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