viernes, 21 de agosto de 2020

Una propuesta editorial desde el anarquismo



Mauricio Gómez

* Sección final del texto titulado “Anarquismo y edición como base de un proyecto político-cultural”, que en versión completa es accesible en https://es.theanarchistlibrary.org/library/mauricio-gomez-anarquismo-y-edicion-como-base-de-un-proyecto-politico-cultural.c109.pdf.

En este trabajo ha quedado claro que no se puede hablar de “El anarquismo”, sino de varios tipos de pensamiento anarquista que, por supuesto, tienen distintos modos de interactuar con la sociedad. El anarquismo más frecuente —o al menos el más popular en los medios de comunicación— es el que se asocia con los actos vandálicos de acción directa, como ellos mismos les llaman. Sin embargo, este tipo de acción es —desde la perspectiva de este trabajo— promueven más violencia y, sobre todo, proponen cambiar al sujeto en el poder sin alterar en sí su lugar, lo que es caer en la trampa en la que ya el marxismo clásico cayó alguna vez y que terminó desatando más desigualdad que el capitalismo que combatió.
 
Desde esta crítica, otro tipo de anarquismo apuesta por el desplazamiento más que por el cambio de una cosa por otra (la lógica del lugar). Una de las acciones que posibilitan ese desplazamiento es la que dirige su atención a la educación y la difusión de la cultura, desde donde el quehacer editorial tiene sentido y justificación. Pero es difícil pensar en un quehacer editorial basado en el anarquismo con el marco legal que encuadra el derecho de autor, por lo que la crítica a este derecho —y sobre todo el tipo de relaciones que promueve— es necesaria para plantear caminos alternativos que escapen a la lógica de los mercados en pro de una cultura libre y una producción y difusión del conocimiento más justa, abierta y descentralizada.

Hablar de difusión universal de conocimiento sería imposible hace apenas tres décadas. Ahora, gracias a la Internet, las condiciones han cambiado para bien. Esta red no es, como muchos piensan, un ente extraño que está en todos lados y en ninguno, o algo que tienen en la costa oeste de Estados Unidos, en Silicon Valley; sino una red construida por varias redes en todo el mundo organizada de manera horizontal, federada y descentralizada. No hay nodo sobre el cual recaiga toda la Internet. Si una nación, poder o lo que sea, dejara de participar en la Internet, la red seguiría igual al menos en lo práctico. Esta aclaración es fundamental para entender el potencial disruptivo que siempre han tenido las redes descentralizadas, sean en espacios virtuales o físicos. Por eso la difusión libre por la Internet es tan peligrosa porque, al no existir forma de regular y controlar sus contenidos, la industria del consumo falla en identificar productores y consumidores y el mercado, como se conocía hasta hace apenas dos o tres décadas, cambia radicalmente, lo que implica grandes sumas monetarias perdidas debido precisamente a la naturaleza descentralizada de la Internet.

Pero esta apertura no es la panacea de la producción cultural. Como el único requisito para hacer público cualquier cosa es tener una conexión a la Internet (muy frecuente en amplios sectores de la población en el siglo XXI), cualquiera con conocimientos limitados o incluso nulos puede lanzar al público su creación, lo que implica también un mar de creaciones poco cuidadas que contribuyen a inundar los espacios públicos y dificultan que los trabajos de calidad tengan más visión o que dependan de las grandes casas editoriales con el poder económico suficiente para atraer la atención del público. Este argumento, que es la crítica al amateur de Rick Carnes y Andrew Keen, tiene sentido pero contribuye a crear la ilusión de que solo los grandes de la industria saben lo que vale la pena ser escuchado, lo que promueve una relación paternalista entre las grandes editoriales y el público general; es decir, el mito de que la producción cultural es unívoca y vertical.

Desde una perspectiva anarquista es posible pensar la pertinencia y la validez de un proyecto desde una postura no monetaria, sino acontecimental. Pensar que un proyecto es valioso no por los recursos monetarios que genera, sino por el acontecimiento que promueva en la sociedad, es lo que posibilita que emprender proyectos culturales sin fines lucrativos valga la pena, ya que el valor de generar bienes y economía social es igual o incluso mayor que generar capital de manera piramidal y en forma vertical, al menos desde una perspectiva alejada del neoliberalismo.

Este tipo de pensamiento es el que dirige las acciones de gran número de proyectos culturales alrededor del mundo, lo que ha generado poco a poco transformaciones sociales en la localidad de dichos proyectos. En los casos de orden literario, los cambios son, además, los que provoca la performatividad literaria embebida en los libros, lo que modifica también, poco a poco, a la sociedad dependiendo del éxito acontecimental que tenga cada obra publicada. De esta manera, las editoriales o proyectos culturales independientes no solo producen materiales lúdicos u ornamentales, sino máquinas productoras de escritura y pensamientos que continuarán produciendo independientemente de su autor e, incluso, independientemente de los caprichos comerciales del mercado, si es que su alcance social es suficiente.

Los proyectos culturales que aquí presento son muy pocos en comparación con los que existen actualmente. Estos pocos casos, sin embargo, me han permitido formular preguntas y respuestas que de momento solo traen más preguntas, pero que no por eso dejan de ser valiosas. Como se pudo ver en el apartado anterior, las similitudes del Rancho y de TdS son evidentes, pues su propuesta pasa más por lo político que por lo editorial, como podrían ser las propuestas de Tumbona Ediciones o de Open Humanities Press. Una propuesta editorial que provenga del anarquismo necesariamente tendría que tener similitud con estos dos proyectos porque el libro, el quehacer editorial, es solo un medio en el fin de promover la autonomía, autoge-tión, emancipación y libertad. Las máquinas productoras publicadas solo pueden generar más reflexión y escritura cuando se les combina con talleres y pláticas gestionadas por la misma comunidad alrededor de los proyectos, lo que potencia su alcance social y la visión del mundo que tienen.

Por eso es importante construir comunidad en torno al quehacer editorial anarquista, pues sin esta los libros no encontrarían difusión, ya que el sistema industrial-corporativo condiciona la participación a la aplicación estricta de sus propias reglas, como las librerías que exigen descuentos desorbitados a cambio de exhibir los libros. Este nicho no solo se limita a distribuidores y exhibidores, sino a todos los involucrados en el proceso editorial: editores, impresores, distribuidores y libreros; y también a los relacionados con los lectores: escuelas, universidades, programas culturales, bibliotecas, espacios públicos y privados. Solo así es posible sostener un quehacer verdaderamente independiente del sistema editorial corporativo que ve la cultura y la educación como una circunstancia más detrás del fin último de generar recursos económicos.

Estos proyectos, precisamente por la forma asociativa con la que ven la sociedad, tienden a unirse y a compartir trinchera, como se dice vulgarmente. Un proyecto social de corte cultural que promueva la cultura y la colaboración libre nunca se encontrará solo, lo que hace que cada nuevo proyecto sea un nodo en esta red horizontal y descentralizada que producirá, a su vez, nuevos nodos. La economía social y la cultura libre necesitan de participación para no ser nada más una idea valiosa y atrevida, al igual que el anarquismo. Mientras más personas tengan acceso a la educación, a la cultura, y sobre todo a su producción descentralizada, horizontal, colaborativa y solidaria, más cerca estaremos como sociedad de saber gobernarnos de manera autónoma sin la dar pretexto a la “necesidad” de relaciones de vigilancia y castigo o de un soberano que sepa cuáles son nuestras necesidades y nuestros beneficios.


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