miércoles, 10 de junio de 2020

Notas sobre Patriarcado



Cuadernos de Negación

La violencia específica que sufren las mujeres en particular y toda la humanidad que no se ajusta al modelo de lo que un hombre debe ser no surge de causas naturales sino históricas. Tampoco lo que se supone es un hombre adulto. Las diferencias físicas, hormonales existen pero la jerarquización y asignación social de esas diferencias son parte de una construcción social determinada, en nuestro caso: la de una sociedad basada en la cosificación y en la ganancia, heredera de sociedades de clase anteriores. A su vez, muchas de esas mismas diferencias son parte de todo un proceso histórico. La mayor o menor robustez, por ejemplo, se debe al sostenimiento de diferentes actividades para la supervivencia. Resultado de decenas de miles de años en los que diversos modos de vida se han hecho cuerpo.
 
Comprendemos que estas formas de violencia no son condiciones humanas naturales y transhistóricas, así como tampoco son intrínsecas a la sociedad actual. Y si nos interesa superar estas condiciones debemos desentrañar cómo suceden y se reproducen en esta sociedad capitalista. La crítica de la economía no lo explica todo pero sin ella podremos entender muy poco. Como decíamos en el nro.10 de Cuadernos de Negación:«Si realizamos una crítica de la economía es para exponer una crítica de toda la sociedad existente. (…) Debemos exponer y criticar las características generales de este modo de producción y reproducción de “nuestro” mundo. (…) La crítica de la economía, como podría suponerse, no deja de lado la política, la religión, la ciencia y demás dimensiones de esta sociedad, sino que, por el contrario, nos permite comprenderlas y atacarlas en cuanto parcialidades de la totalidad que conforman».

Quiere imponerse la noción de que en todas las formas de sociabilidad ha habido jerarquía y dominio entre hombres y mujeres, siendo los primeros los dominantes. A menudo, la antropología así como la historiografía no han hecho más que proyectar nuestra actual sociedad hacia al pasado y hacia todo lo que “descubren”. Suponen decir la verdad cuando para explicar el pasado se refieren a sociedades existentes “al margen” de la cultura dominante, pasando por alto que la expansión e invasión de la sociedad mercantil generalizada afecta a todas las sociedades con las que entra en contacto. De hecho, la situación colonial que permitió y financió esas investigaciones no fue casi nunca mencionada ni formó parte de sus análisis. Las categorías de la propia cultura occidental se aplicaron sin más a todo tipo de grupos sociales, buscando e identificando similitudes allí donde no había más que diferencias. La “universalidad de la conducta humana” no fue otra cosa que la universalización (por imposición) de los preceptos de la sociedad moderna capitalista.

Sería un error intentar descubrir con precisión en qué momento de la historia comenzó la asignación de lo femenino y su relegamiento. Del mismo modo, sería en vano buscar el hecho fundante de la desposesión de la humanidad y la posterior proletarización. A su vez, como ya hemos dicho en otras ocasiones, profundizar sobre los procesos históricos que llevaron al surgimiento de la sociedad actual puede ayudarnos a entenderla, pero sería equivocado equiparar las bases de su surgimiento con las condiciones de su existencia. La historia no se desarrolla linealmente ni está hecha por toda la especie al unísono. Solo en las explicaciones bíblicas los hechos ocurren de un momento a otro y puede crearse un mundo en seis días de acuerdo a los deseos de un solo individuo.

La lucha revolucionaria no depende tanto del conocimiento generalizado de la historia como sí de las condiciones históricas en las que se desarrolla una lucha generalizada. Sin embargo, además de satisfacer nuestra curiosidad y el estímulo por comprender que las relaciones sociales no son inamovibles, este conocimiento puede brindarnos elementos necesarios para una lucha radical.

No podemos entender el tipo de agresión particular sufrida por las mujeres si no la ligamos a un proceso histórico, quizás de miles de años, de desarrollo del valor, cuyo triunfo —no exento de trabas y desvíos— supuso la disolución de modos comunitarios de vida, la dominación cada vez mayor del intercambio en la producción, la separación de la naturaleza y su transformación en medio, la creación de sociedades más y más vastas, el fortalecimientos de Estados, la extensión de guerras, epidemias y desposesión, el ascenso del trabajo como forma de la actividad humana, y un largo etcétera que conocemos de sobra. No estamos afirmando que el triunfo del valor era inevitable, tal como si fuera un destino designado por los dioses, o una línea evolutiva fijada de una vez y para siempre, estamos intentando describir lo que efectivamente sucedió en la historia para entender cómo llegamos a esta situación.

La sociedad capitalista, o más precisamente el Capital, no tiene como finalidad la opresión de las mujeres sino la acumulación y la ganancia. Sin embargo, estas fueron posibles gracias al machismo, racismo y oscurantismo religioso. Denunciarlos y amontonarlos como simples sucesos aislados no explica cómo la sociedad funciona, cambia y, sobre todo, cómo podría ser superada para terminar con ella de una vez por todas.

La violencia hacia las mujeres evidentemente no es un fenómeno al margen de toda esta historia. Tampoco lo es la supuesta inferioridad de la mujer naturalizada mediante la religión, la ley, la ciencia, la cultura y las costumbres populares. Así, la jefa de una empresa puede ser despreciada en tanto mujer incluso por sus subordinados, y al salir de la empresa encontrarse con el mismo acoso callejero que su asalariada. Ello no inhabilita su dominación de clase, así como su posición de clase no termina de barrer su existencia como mujer.

«La división sexual y sus respectivas asignaciones de conducta obligatorias al interior de la clase explotada son, por lo tanto, no solamente aquello que debe superarse en el curso de la revolución, sino también una fuente de esta superación. La emancipación de las mujeres y los hombres es también liberarse de los mandatos de ser mujeres y hombres, lo cual no es una simple consecuencia de la revolución, sino que es una condición de la revolución.

Puesto que la revolución debe abolir todas las divisiones en la vida social, también debe abolir las divisiones sexuales, no porque sean simplemente inconvenientes u objetables, sino porque son parte de la totalidad de relaciones que diariamente reproducen el modo de producción capitalista. No podemos esperar hasta después de la revolución. Por el contrario, para que haya revolución, debe haber una lucha contra las asignaciones que nos otorga esta sociedad, pero también contra el matrimonio, la familia y la herencia, así como contra la propiedad privada y el Estado, es decir contra el Capital, no solo como acumulación sino como la relación social que es». (Boletín La Oveja Negra nro.60, ¿Ideología de género?).

[Texto extraído del folleto Reflexiones sobre el Paro del 8M y otros textos..., que en versión completa es accesible en https://www.mediafire.com/file/ol88t0asbdk7yhc/Reflexiones8Myotros2020.pdf/file.]


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