martes, 9 de junio de 2020

La Nakba, el Estado de Israel y la banalidad del mal



Relaciones Internacionales CGT

La Nakba (catástrofe iniciada en 1948) es como se define al asesinato de miles de palestinos, la destrucción de sus pueblos y aldeas, la expulsión y exilio de aproximadamente 750.000 personas, el robo de territorio por la fuerza de las armas y el inicio de la colonización sionista del pueblo palestino.

Ben Gurión declaró públicamente el nacimiento del Estado de Israel el día 14 de mayo de 1948, con el apoyo explícito de Gran Bretaña, responsable del mandato británico de Palestina (1923 a 1948) y que al día siguiente, el 15 de mayo de 1948 abandonó oficialmente el terreno, así como la complicidad de la comunidad política internacional que, sin tener en cuenta la oposición de la población autóctona palestina, reconoció al nuevo y usurpador Estado.
 

El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General de la ONU dictó la resolución 181 II, por la cual Palestina se dividiría en dos Estados, uno judío y otro árabe, quedando Jerusalén bajo mandato internacional. Al Estado judío se le concedía un 55% del territorio (en ese momento los judíos sólo poseían un 7% del territorio). Al Estado palestino se le concedía un 44%. El Comité Superior Árabe rechazó de plano el Plan de Partición; el liderazgo judío sionista dominante con Ben Gurión a la cabeza, acogió públicamente el plan. Ben Gurión, flamante presidente del nuevo país, ya declaró en esos días que las fronteras entre ambos estados serían determinadas por la fuerza de las armas y no por la Resolución de la Partición.

Casi inmediatamente después de la aprobación del plan de partición estalló la violencia entre palestinos y judíos, los primeros en una clamorosa inferioridad numérica de combatientes, mal entrenados y peor armados.

El 10 de marzo de 1948 el liderazgo sionista comandado por Ben Gurión aprobó el Plan Dalet o Plan D, referido a la limpieza étnica de Palestina. Comenzaba una violencia sin límites contra la población civil palestina, llevada a cabo por grupos armados judíos como el Haganá, Stern, Irgún y otros, ante la pasividad y muchas veces, complicidad, del ejército británico, objetivo en varias ocasiones de ataques judíos.

A partir de la creación del Estado sionista, sus ataques se incrementaron exponencialmente tanto en cantidad como en intensidad. Se trataba de vaciar de palestinos y apropiarse del mayor territorio posible.

En esta estrategia de limpieza étnica, fue determinante lo ocurrido en Deir Yassin, una pequeña aldea cercana a Jerusalén, de la que no queda ni un solo vestigio. El 9 de abril de 1948 los grupos judíos armados Irgún y Stern (entre cuyos dirigentes figuraban dos futuros primeros ministros israelíes, Menajen Beguin y Yizhak Samir) cercaron y atacaron la aldea matando a 300 de 350 personas, 50 consiguieron huir. Esta matanza tuvo un efecto devastador entre la población palestina, provocando una oleada de pánico. Deir Yassin se convirtió en un elemento de la estrategia militar sionista para lograr la huida de la población rural palestina. Ante la amenaza de un ataque 750.000 palestinos abandonaron sus casas, tierras, propiedades y, acosados por los grupos de guerrilleros sionistas, emprendieron el camino del exilio, bien interior (Cisjordania o Gaza), o en los países vecinos como Líbano, Jordania o Siria. En la actualidad el número de refugiados palestinos se estima en unos 7 millones. La mayoría de estos refugiados viven en pésimas condiciones en campos de refugiados y dependen para sobrevivir de la Agencia para los Refugiados de Palestina, la UNRWUA, un organismo de las Naciones Unidas creado en diciembre de 1949.

Por el derecho al retorno

Según el derecho internacional, todos los refugiados tienen el derecho legal de regresar a sus hogares y propiedades. En diciembre de 1948 la Asamblea General de la ONU aprobó la resolución 194 reconociendo el derecho al retorno de los refugiados o a pagar una indemnización a aquellos que elijan no volver, en compensación por la pérdida o daño de sus bienes. 72 años después, a pesar de que Israel es miembro de la ONU, sigue incumpliendo la resolución.

Conclusión

En tantos años de opresión, represión, sometimiento y violencia, Israel ha integrado en su sociedad el ejercicio del mal hasta llegar a lo que Hanna Arendt llamó “la banalidad del mal”, la ejecución sistemática de la violación de los derechos humanos como algo insustancial.

Sin cuestionar en absoluto la existencia del Estado de Israel (esta afirmación podría ser objeto de otro artículo), sí rechazamos frontalmente su política de ocupación y colonización del territorio palestino, la violencia constante, la sistemática vulneración de los derechos humanos y el régimen extremadamente racista al que tiene sometida a la población palestina. Nos preguntamos por qué Israel puede incumplir las leyes del derecho internacional y las resoluciones de la ONU sin que se le aplique ninguna sanción, ¿a qué intereses responde esta impunidad? y nos negamos a ser rehenes de la complicidad de los gobiernos y organismos políticos que tanto presumen de democráticos y humanitarios. Por ello exigimos:
* El fin de la ocupación de Cisjordania
* El levantamiento del asedio a Gaza
* La destrucción del muro del apartheid
* La aplicación del derecho al retorno de los refugiados
* La búsqueda e implementación de soluciones ajustadas a los deseos de toda la población, sin injerencia de intereses ajenos.

[Publicado originalmente en el periódico Rojo y Negro # 346, junio 2020. Número completo accesible en http://rojoynegro.info/sites/default/files/rojoynegro%20346%20junio.pdf.]

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