domingo, 10 de mayo de 2020

A causa del COVID-19 la emergencia climática no puede pasar a segundo plano



Periódico Rojo y Negro (Madrid)

* Editorial del # 345 del periódico, en su edición de mayo de 2020.

La pelea contra el coronavirus, desde medidas no solamente sanitarias sino gran parte de ellas securitarias, fomenta una desmovilización al cancelar de hecho la memoria de luchas colectivas y construir un imaginario de nosotros y nosotras como sociedad basado en un solo referente: el miedo a la muerte y/o el contagio.

La pandemia del coronavirus y sus embates dramáticos y crueles, no es más que el efecto de una naturaleza maltratada por un capitalismo desbocado, sin frenos ni límites, durante muchos decenios, donde el cambio climático se ha convertido, desde hace tiempo, en el problema fundamental que debiera abordar la humanidad de manera radical y consecuente, a riesgo de desaparecer la vida en este planeta tal como la conocemos.


El sistema de producción, distribución y consumo, llamado capitalismo, basado en el crecimiento por el crecimiento, siendo éste absolutamente necesario para la realización del beneficio privado, es la causa a la vez que el problema del cambio climático, así como de las consecuencias ligadas al mismo: en los últimos 19 años el clima extremo impulsado por el cambio climático ya ha causado más de 500.000 muertes, así como todas las miles de muertes inducidas por el mismo por malnutriciones, hambrunas, malaria y las desertizaciones, pérdida de ecosistemas y biodiversidad, desplazamientos de cientos de miles de personas (migraciones climáticas)de sus territorios y regiones; inundaciones, tsunamis, etc. Los efectos del cambio climático sobre el empleo, a niveles mundiales, según los escenarios analizados por la OIT en línea con el objetivo de la ONU de un desarrollo sostenible para el 2030, prevé que el aumento del estrés térmico provocado por el calentamiento global reducirá las horas de trabajo en un 2,2%, lo que supondría la destrucción de 80 millones de puestos de trabajo (a una jornada a tiempo completo) a niveles mundiales, y estas previsiones se hacen en el mejor escenario, donde la temperatura del planeta solamente aumente 1,5 grados.

Las regiones ricas del mundo, las cuales generan la mayor parte de los gases de efecto invernadero, especialmente el monóxido de carbono que se genera por la utilización de combustibles fósiles en toda la cadena, desde la extracción, transporte y utilización en todos los sectores de actividad en la producción de mercancías, hasta la distribución e intercambio de las mismas, serán las menos afectadas en cuanto a la pérdida de empleos, pues cuentan con tecnologías que mitigan los efectos negativos (en parte) de esa subida de la temperatura del planeta, a la vez que externalizan los riesgos a los países empobrecidos y a las áreas geográficas desertizadas ydiezmadas por sus empresas transnacionales.

Las medidas políticas que están adoptando los gobiernos del mundo, especialmente EE.UU., China y la U, para hacer frente a la pandemia del coronavirus, relegan a segundo plano la agenda 2030 de la ONU (ya de por sí suficientemente limitada para enfrentarse de manera consecuente a la emergencia climática) y la apuesta por inyectar miles de millones en la economía extractivista y más contaminante, supondrá un incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero que nos llevan a una situación auténticamente catastrófica.

Es decir, se superaría el aumento de ese mejor escenario de 1,5 grados, haciendo impracticable la vida en muchas zonas del planeta.

Ahora, además se nos vende un nuevo pacto para una “transición justa” denominado Green New Deal (GND) o Pacto Verde, basado en la utilización masiva de energías renovables; pues bien, aunque este NGD fuera decrecentista, es decir, que fuera capaz de reducciones importantes de determinados sectores, su reducción de emisiones se queda muy corta para combatir las peores consecuencias de la crisis climática.

¿Transiciones justas? Desde el sindicalismo“ oficial”, tanto a niveles del Estado español (CC.OO. y UGT), como a nivel de la U, la CES, así como desde los partidos de izquierda socialdemócratas, se ha acuñado un término, “transición justa” ante los efectos e impactos del cambio climático, a la vez que se trata de negociar en una especie de contrato social con el capitalismo, dichos efectos y los repercutidos por la denominada economía digitalizada-robótica.

Desde CGT [Confederación General de Trabajadores, anarcosinsicalista] no creemos en las “transiciones justas” negociadas, al entender que el capitalismo actual ni necesita ni requiere para mantener su tasa de ganancia, de un contrato social ex novo, donde las expectativas de cada parte, capital y trabajo, de los empresarios que dependen de los beneficios y de las personas asalariadas, que dependen de los salarios, se encuentren plasmadas de manera explícita en una especie de “constitución” que obligue a ambas partes.

El acuerdo social sobre este “capitalismo terminal”, como una nueva “fórmula de paz”, simplemente es imposible hoy, pues la premisa sobre el que se realizó el anterior contrato social (keynesianismo) en ciertos países ricos, presuponía que los empleadores consideraban que proporcionaría crecimientos constantes a sus negocios, sin fluctuaciones cíclicas, lo cual no ocurriría en este escenario de NGD, pues este sistema es incapaz de mantener el modo de vida actual y el crecimiento, lo cual es lo único que les interesa a los poderes financieros y económicos, para mantener una arquitectura social fundada en economías inviables y no esenciales.

Una expansión de los beneficios empresariales implica una plaza segura en la catástrofe ecológica. Un giro decidido en el rumbo de las sociedades capitalistas industriales no es ya únicamente deseable, sino imprescindible.

El capitalismo como sistema, como modo civilizatorio, tiene que desaparecer y terminar, siendo ésta la única política a la cual debemos plantear e invertir todos nuestros esfuerzos, pues es la única garantía de una transición justa, socialmente hablando, para que la VIDA buena siga siendo una posibilidad en el planeta.

Nuestras propuestas tienen un carácter anticapitalista (el Estado ni antes ni ahora, puede ser la respuesta frente a la mundialización del riesgo), de ahí que tenemos que ser conscientes de la urgente necesidad de que incrementemos nuestros e-fuerzos por poner en marcha iniciativas económicas basadas en el trabajo autogestionado y no salarizado; una radical redistribución de la riqueza, a la vez que una disminución drástica del trabajo asalariado y rentas básicas de las iguales, lo que implica trabajar para el COMÚN, más que para el mercado.



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