viernes, 14 de febrero de 2020

Tarea para el anarquismo, tomar la vanguardia en la lucha contra el “capitalismo verde”




Encarna Julia García



El anarquismo lleva años poniéndose a la cola de los movimientos sociales ciudadanos, moviéndose mucho, pero en la cola, de estas iniciativas sin ideología y sin aspiraciones de cambio revolucionario. No se puede hablar de un movimiento crítico si no hay crítica, sin un pensamiento y un discurso propios, y sobre todo, no lo hay, sin tener clara la alternativa por la que luchamos. Los palos en la calle, sin este trabajo detrás, no nos van a servir para mucho más que para ser la carne de cañón de los que se mueven para que nada cambie. Son necesarias las redes humanas organizadas para pensar y trabajar por esa alternativa día tras día.



Y no basta con defender un modelo de autogestión económica sin Estado; necesitamos asumir el anarquismo, el rechazo de todas las formas de jerarquía; rechazar la confusión de ideas, y la basura que se vierte continuamente sobre nuestra ideología y nuestras organizaciones específicas. El anarquismo tiene su razón de ser propia, y una identidad que no debe esconder ni confundir. Su lugar está en la cabeza del movimiento social, no en la cola, si quiere sobrevivir, debe asumir su misión de crear alternativa al sistema vigente mediante la acción autogestionaria específica. Y la reflexión y acción sobre la tecnología son esenciales en ello. Desconfiemos de quien nos cuente que puede haber revolución sin superar el aparato de producción y de organización del trabajo heredados del capitalismo, aunque sean los clásicos del anarquismo, porque su objetivo era conseguir la integridad del ser humano, el equilibrio de todas las escalas sociales, y la adaptación no competitiva a la naturaleza, y sus propuestas de sociedad libertaria, fueron tan lejos como las posibilidades de su tiempo les permitieron.



La raíz teórica del anarquismo es materialista. Poniendo el origen en la interacción entre la conciencia y las condiciones externas a la mente, la tecnología no es factor suficiente, pero si es factor necesario al cambio.  Desde hace 50 años hemos tenido la promesa de la TA (Tecnología Adecuada a las necesidades sociales y de adaptación ecológica), pero hoy en día sigue sin ser una realidad. Eso pone en duda la idea de un capitalismo verde, pero también da que pensar que hay un trabajo pendiente, que es el de al menos iniciarnos en una vía de desarrollo civilizatorio, distinta a la capitalista, no basada ya en el crecimiento cuantitativo. De ahí la necesidad de poner en claro qué modelo social, qué economía, y qué tecnología buscamos, y observar de qué forma vamos a trabajar esa vía.



El análisis de los acontecimientos debe servirnos para afinar la teoría del cambio. Observemos, por ejemplo, qué está ocurriendo con las baterías, que son necesarias para almacenar la energía en un modelo energético alternativo. En este caso, el propio material, principalmente el litio, es problemático. Los vehículos eléctricos no son tan verdes. Al margen de que, bajo el capitalismo, mantenemos una dependencia extrema del transporte y los desplazamientos en automotores, estos vehículos se alimentan con electricidad, por lo que hay que preguntarse de qué recurso se obtiene la electricidad, por medio de qué artefactos y por medio de qué materiales. Y claro, la batería de ión litio, es hoy un elemento clave. La voracidad de información de nuestra sociedad y procesadores cada vez más potentes en los más de siete mil millones de móviles que hay en el mundo, más el previsible incremento de coches eléctricos, encarecen todavía más un metal que es de por sí raro, y cuya máxima reserva se encuentra en el departamento del Potosí, en Bolivia. Allí, la derecha política se hizo fuerte en 2019 al instrumentalizar el descontento de las comunidades indígenas y los mineros con los contratos firmados por el gobierno de Evo Morales con empresas extranjeras, en una lucha entre capitales por ver quién se quedaba con la tarta. No fue, claro está, por un cuestionamiento de la explotación minera.



Ahora el mercado puede haberse encontrado con un límite impuesto por la naturaleza. A las corporaciones no les preocupa que esos recursos generen dependencia, provoquen guerras, cambien el clima...solo que se están agotando y están encareciendo la producción. Ahora los recursos minerales más contaminantes y que llevan consigo una explotación minera más intensiva, han dejado de ser baratos. Por eso diferentes empresas y universidades están dirigiendo su interés hacia la investigación con recursos sencillos y abundantes, algunos de origen orgánico, para recargar las baterías con electricidad generada desde el mismo artefacto: compuestos orgánicos como los péptidos, (Sotre Dot, Departamento de Nanotecnología de la U. de Tel Aviv), descomposición de la urea para producir electricidad (Fundación Gates), uso de bacterias de la saliva (Universidad de Binghamton ,Nueva York), magnesio y calcio (Institut de la Ciència de Materials de Barcelona-ICMAB-CSIC), batería de sodio-azufre (U. de Wollongong, Australia).



Y si esto está pasando en las baterías de los productos de electrónica y el coche eléctrico, también debe suceder en toda la infraestructura energética. Las redes eléctricas y las instalaciones de producción deberán adaptarse a otros recursos que no sean los combustibles fósiles, y las centrales deberán ser alimentadas por otras fuentes de energía más baratas y abundantes. Consecuentemente, todos los materiales de la civilización habrán de cambiar hacia un paradigma respetuoso con la vida, que puede llegar a ser más o menos peligroso según el control que la sociedad ejerza sobre los nuevos desarrollos, sobre todo en cuanto al daño que la sustancia sintética y/o modificada genéticamente puede generar al integrase en los sistemas biológicos.


Pero, ¿qué interés tiene la industria en que esto salga adelante y se comercialice?, ¿no se preferirá mantener el sistema de acaparamiento de minerales escasos?, ¿no es este sistema el que ha mantenido a las poblaciones subyugadas? Pensemos que para que haya ricos, tiene que haber pobres. Utilizar materias primas y recursos energéticos abundantes, incluso ilimitados, sería romper el sistema de las dependencias, sería socializar los medios naturales de producción. Si ellos ponen la tecnología a nuestro alcance, si tenemos incluso máquinas para replicar lo que ellos hacen (promesa de la impresión 3D), ¿tal vez llegue el día en que nos sintamos tan independientes del mercado, que este se hunda solo, o nosotros nos sintamos más fuertes colectivamente para hacer una revolución?

Pero, ¿no les bastaría ir a por otros recursos escasos de los que todavía no hayamos explotado sus reservas?, ¿por qué se están volviendo a los materiales orgánicos sencillos y abundantes? ¿Puede ser por las demandas de la sociedad de consumo?, ¿o porque les resultará más ventajoso patentar procesos que acaparar recursos? Ellos tienen el procesado, que es muy complejo, por los equipos, los recursos humanos implicados...En este supuesto, los países más pobres, o la sociedad civil, no disponen del capital. No tendríamos investigación a este nivel, no podríamos competir. ¿O más bien, se trata solamente de una línea de investigación que no se va a traducir en comercialización?

Seguramente, las empresas se estarán debatiendo entre las dos opciones: servirse de lo abundante y barato o atenerse a lo de siempre para no correr el riesgo de que los países o incluso las comunidades locales y las células familiares, se hagan independientes.

Habría que seguir de cerca cuál está siendo el discurso de los grandes del sector de la electrónica, la automoción, las grandes empresas energéticas..., y comprobar cuál es la inversión en las innovaciones alternativas en comparación a lo que no es innovación en este terreno, y observar qué productos van saliendo al mercado, para saber qué rumbo tomará esto. No va a ser capitalismo verde, porque la avaricia, la irresponsabilidad y la explotación de los desequilibrios y las dependencias, son algo inherente al sistema. Pero quizá sí podamos servirnos de la evolución de la tecnología, estableciendo sinergias entre trabajo experto y no experto, y pugnando por el control de las comunidades sobre los desarrollos tecnológicos; por un lado, llevando a cabo nuestras propias creaciones, y por otro, actuando para que el trabajo de los especialistas se ponga al servicio de las necesidades sociales. Esto último puede ser pugnando por ejercer un control social del gasto en ciencia y tecnología, sea público o privado, sin entrar en órganos o canales de participación establecidos por el Estado, y en el caso de las empresas, no actuando desde los comités sino desde el sindicato, incorporando como reivindicación que un tanto de los beneficios vaya a tecnologías adecuadas. O bien, movilizándonos para dejar de pagar impuestos para la investigación estatal, y llevar ese dinero a una investigación controlada por las comunidades.

Esa conciencia y acción libertaria transformadora faltó en la contestación popular a la COP25 en Madrid, en 2019, y seguramente sea muy pronto para que esté en la de Glasgow en 2020. Pero desde hoy podemos empezar a dar los primeros pasos hacia ella.

[Versión de artículo titulado “COP 25, ¿capitalismo verde?¡No! ¡Anarquía vía única!”, publicado en el periódico Solidaridad Obrera # 376, Barcelona, febrero 2020.]


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