sábado, 15 de febrero de 2020

Por el feminismo de clase 8 de marzo de 2020: Día Internacional de la Mujer Trabajadora



Periódico Rojo y Negro

El 8 de Marzo se adoptó como Día Internacional de la Mujer Trabajadora en recuerdo, junto a otras luchas anteriores en la segunda mitad del siglo XIX, de las decenas de mujeres asesinadas en una fábrica textil de Nueva York en marzo de 1911 por reivindicar mejoras de sus derechos laborales y la homologación salarial con los hombres.

Con la evolución de los tiempos, desde hace unos años, el 8 de Marzo ha pasado a denominarse Día Internacional de la Mujer, perdiéndose en el camino la palabra y el concepto de trabajadora, lo que posiblemente esté suponiendo que nuevos sectores sociales se acerquen al feminismo, ganando con ello en transversalidad y mayor visibilidad pública.
 

Sin duda, desde planteamientos feministas liberales e incluso socialdemócratas se apuesta por esa desaparición de la palabra trabajadora pero, para el anarcofeminismo, la componente de mujer trabajadora es irrenunciable al entender que el feminismo tiene que ser, en primer lugar, un feminismo de clase plasmado en una lucha integral que se va impregnado de otros parámetros como el feminismo poscolonial y racializado, el feminismo de la interseccionalidad de las mujeres migrantes, el ciberfeminismo, el feminismo lésbico, el queer, el ecofeminismo, el punkfeminismo, el transfeminismo...

Desde luego, la lucha feminista es transversal y afecta a la totalidad de las mujeres por el mero hecho de serlo, con independencia de su etnia, país, creencia o estatus social, pero asumiendo el legado del movimiento anarquista Mujeres Libres, las mujeres tenemos que liberarnos de una triple esclavitud. Por un lado, el analfabetismo y la incultura, por otro, la condición de ser mujer y también por la condición de ser mujer trabajadora explotada.

Si bien es cierto que la liberación de la primera esclavitud se ha conseguido en un porcentaje muy elevado, al menos en nuestro país y las nuevas generaciones, pudiendo hablarse, incluso, de que el nivel educativo de las mujeres es ya superior al de los hombres, también es cierto que las otras dos liberaciones siguen pendientes.

Así, la mujer, por su mera condición de serlo, sigue ocupando un papel secundario, invisible y de mera mercancía en esta sociedad capitalista y patriarcal y por otra parte, la mujer trabajadora sufre una explotación mayor que el hombre como se puede comprobar fácilmente si revisamos aspectos como la brecha salarial existente, la cuantía de las pensiones más bajas, el mayor índice de paro, la desigualdad de oportunidades, las dificultades para el desarrollo de su carrera profesional, la exclusión añadida por motivos de etnia y país de origen, la pesada losa de la doble jornada laboral, etc.

A simple modo de ejemplo, señalar que, como trabajadoras, las mujeres sufrimos una brecha salarial que, según los últimos estudios económicos, representa que desde el 1 de enero hasta el 28 de febrero de este año 2020 las mujeres estamos trabajando gratis. Lamentablemente, esta brecha de desigualdad sigue creciendo progresivamente.

Por otro lado, que la sociedad es patriarcal y asigna a las mujeres un papel secundario es algo innegable y ello a pesar de que estemos asistiendo atónitas a un nuevo contexto social y político en el que determinados sectores de la extrema derecha están negando no solo la violencia de género sino que están en lucha abierta contra lo que llaman la ideología de género, proponiendo y practicando la teoría negacionista.

Afortunadamente, la lucha continua y ejemplar de las mujeres, que en este siglo XXI está llegando a alcanzar dimensiones propias de una auténtica revolución social feminista, en complicidad con muchos sectores de una sociedad moderna, está frenando esta inquisitorial persecución contra la igualdad y la libertad.

La lucha de las mujeres está logrando que la sociedad en su conjunto vaya adquiriendo conciencia de que el patriarcado es una realidad in-cuestionable que se va transmitiendo a través de todos los resortes del sistema: culturales, políticos, educativos, laborales, jurídicos, administrativos, de comunicación, personales, familiares...

Y es que en la actual sociedad capitalista y patriarcal, diseñada por y para el hombre, a las mujeres se nos ha asignado un papel subsidiario, marginal, invisible, de objeto de usar y tirar, de pura mercancía; a la sombra del papel supremacista, protagonista, de liderazgo, privilegios y hegemónico que ejerce el hombre.

El movimiento feminista y anarcofeminista actual viene demostrando y denunciando que el capitalismo funciona, hace caja, explota a la población, logra beneficios y plusvalías, gracias a la simbiosis que mantiene con el patriarcado para así plantear la división sexista del trabajo, el reparto de papeles sociales diferenciados por motivos de género en el que el hombre, el varón, el macho de la especie humana, juega el papel dominante.

En el capitalismo patriarcal, es el hombre, por el mero hecho de serlo, quien desempeña los trabajos de la esfera pública, mejor remunerados, de mayor responsabilidad, gestión y prestigio social, mientras que a la mujer se le asigna un papel restringido en la esfera de lo privado, de reclusión en la casa para que realice el trabajo doméstico, de cuidados, de crianza, siempre trabajos no remunerados, trabajos invisibles y, en cualquier caso, si lo hace compatible con el trabajo asalariado, será con trabajos secundarios dentro de la escala social.

Como vienen demostrando numerosos estudios económicos y sociológicos rigurosos, el trabajo invisible, de reproducción del sistema, el trabajo de cuidados, doméstico y de crianza no remunerado, representa, prácticamente, el 25% del Producto Interior Bruto del país. Este trabajo invisible es imprescindible para el sostenimiento del trabajo productivo visible. En una palabra, este trabajo no remunerado que mayoritariamente desempeñamos las mujeres, hace que el capitalismo funcione, quedando meridianamente constatado que capitalismo y patriarcado se retroalimentan de manera cómplice de cara a su responsabilidad en la existencia de las dos esclavitudes que todavía siguen pendientes de liberación: la de mujer como trabajadora explotada y la de marginación y violencia estructural machista, que se plasman en asesinatos, violaciones, abusos, explotación sexual, precariedad laboral, brecha salarial, desigualdad de oportunidades, sexismo, invisibilidad.

Esta situación hay que revertirla inexorablemente, por justicia y dignidad, este es el camino que tenemos que seguir recorriendo para abolir ambas esclavitudes, hasta deconstruir el supremacismo machista antinatural, hasta conseguir una sociedad nueva plenamente igualitaria, como nos decían desde el movimiento Mujeres Libres en su lucha humanista integral.

Siguiendo en la lucha, porque Luchando cambiamos el mundo.

[Editorial del periódico Rojo y Negro # 342, Madrid, febrero 2020. Numero completo accesible en http://rojoynegro.info/sites/default/files/rojoynegro%20342%20febrero.pdf.]


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