domingo, 2 de febrero de 2020

La farsa del plan de paz de Trump para el Medio Oriente



Humberto Decarli

Donald Trump ha anunciado un plan de paz para responder al conflicto palestino-israelí. Se fundamenta en otorgarle a Jerusalén oriental el carácter de capital del Estado árabe aunque considera a esta ciudad como la capital “eterna” de Israel y además, legaliza los asentamientos judíos en Cisjordania. Sin embargo, se trata de una proposición unilateral porque solo fueron consultados los halcones gobernantes en Tel Aviv mientras se omitió a la autoridad palestina del West Bank y de la franja de Gaza. Increíble formular semejante anuncio sin mediar entre las partes, simplemente se pretende una imposición.
 
Antecedentes

Los judíos hablaron de la creación de un hogar nacional partiendo de la premisa de su expulsión bíblica y en el Reino Unido el Foreing Office, expresada mediante la declaración Balfour, planteó la idea original de un Estado hebreo. Los británicos dominaban ese territorio ubicado al este de la península del Sinaí luego del derrumbe del imperio otomano y les correspondió por la negociación con Francia plasmada en el Tratado Sykes-Picot en medio de una repartición espacial de la zona arrebatada a los turcos por estas potencias europeas. Se produjo entonces una migración judía hacia estos lugares.

Londres decidió originalmente crear dos naciones, una árabe, la palestina, y otra judía, Israel. Luego cambió Palestina por Transjordania, gobernada por la casa real hachemita, más complaciente frente a la pérfida Albión. En 1948 se fundó formalmente Israel y se produjo el desalojo de los habitantes prístinos de la región, los árabes palestinos. La manera como se manejó la coyuntura acarreó la primera guerra entre Israel y varios Estados árabes (Egipto, Siria, Líbano, Irak y Transjordania) aparte del apoyo de voluntarios sauditas, libios y yemeníes.

El conflicto concluyó en 1949 mediante un armisticio entre el victorioso Israel y los demás involucrados. La resultante fue que el Estado hebreo incrementó su territorio en más de un veinte por ciento al asignado originalmente; Egipto tomó la franja de Gaza y Transjordania ocupó Cisjordania, dejando por fuera a los palestinos quienes fueron enviados a una diáspora hacia los países adyacentes.

En 1956 el presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, nacionalizó el canal de Suez causando una invasión franco británica e israelí, detenida por la diplomacia americana promoviendo en consecuencia, al jefe de Estado egipcio como el líder del panarabismo. Los palestinos siguieron en su dispersión porque esta situación en nada los favoreció.

En 1967 Nasser, presionado por una crisis económica provocó a Israel cuando pidió y logró la retirada de los cascos azules de la ONU para bloquear al puerto israelita de Eliah en el golfo de Acaba dominado por los egipcios por el paso hacia el Mar Rojo, el balneario de Sharm El Sheick. La reacción judía no se hizo esperar y en seis días terminó la conflagración rechazando a Egipto, Siria y Jordania. Israel tomó la península del Sinaí, desalojó a los jordanos de Jerusalén oriental, la franja de Gaza en manos egipcia y las Alturas de Golán a Siria.

Antes de este último affaire se había formado la Organización de Liberación Palestina encabezada por Ahmed Shukeiri, quien lanzó la consigna genocida de “echar los judíos al mar” en referencia a dejar todos los espacios conquistados. Posteriormente fue reemplazado por Yasir Arafat, el líder de Al Fatah. Esta última organización se unió a las dos marxistas, el Frente Popular de Liberación Palestina, dirigida por George Habash y el Frente Democrático de Liberación Palestina, a cuya cabeza estaba NayefHawatmeh. Asimismo, otras entidades menores, suerte de franquicias de otros Estados árabes como el Frente Popular Palestino Comando General, con el capitán Ahmed Jibrll en su vértice, era pro sirio al igual que As Saika y hubo grupos auspiciados por Moamar Gadafi y Sadam Hussein.

El desarrollo de los movimientos palestinos es asaz conocido. Durante los años setenta y ochenta ejercieron el terrorismo pero nunca lograron un reconocimiento inmediato. Pero la mediación internacional llevó al Acuerdo de Oslo en el cual Arafat y Rabin, en representación de ambos bandos alcanzaron un avenimiento alrededor de la creación de una entidad palestina en Gaza y Cisjordania pero se quedó en una hoja de ruta jamás concluida.

Razones del fracaso de Oslo

Edward Said, el brillante intelectual palestino residente en Estados Unidos, argumentaba con mucha razón que el arreglo distaba mucho de incluir al pueblo árabe sometido desde 1948. Quienes habitan en Gaza y Cisjordania son una minoría palmaria porque la mayor parte se encuentra diseminada en varios países aledaños y no tienen ninguna representación.
Se elaboró el programa conocido como Hoja de Ruta con un cronograma aproximado inconcluso porque los óbices en el camino nunca fueron superados. Todo quedó reducido a unas elecciones ganadas por el grupo Hamas dada la corrupción reinante en Al Fatah. Sin embargo, Gaza superpoblada quedó en manos de Hamas, la cual fue expulsada de Cisjordania por la otra organización palestina apoyada por Israel y Estados Unidos. Pero desde 2006 no se efectúan elecciones en ambos territorios lo cual desdice de la legitimidad de tales gobernantes.

Los territorios administrados por los movimientos palestinos no tienen soberanía plena porque Israel mantiene un ejército de ocupación y además, se promovió la política de los asentamientos de colonos judíos considerados ilegítimos por la mayoría de la comunidad internacional. Lo más grave ha sido el control del poder por parte de los sectores más derechistas de Israel encabezados por Bibi Netanyahu y su contrapartida palestina, los terroristas de Hamas y Yihad Islámica. Es un péndulo binario que favorece descaradamente a los actuales actores políticos de la región.

La visión occidental del conflicto

Edward Said ha denominado Orientalismo la tendencia de intelectuales de occidente de enfocar el problema israelí-palestino desde el ángulo eurocéntrico y americano, con un tamiz prejuiciado desconociendo intencionalmente las especificidades del Oriente Próximo. Bernard Lewis, un profesor de un think tank americano, ha publicado varios textos con esa visión preestablecida.

Donald Trump ha seguido esa orientación porque no puede ejercer otra so pena de llegar a conclusiones distintas y se acopla a sus ideas eurocéntricas sobre el Levante. Adicionalmente tiene el respaldo de Netanyahu a quien consultó para proponer el desequilibrado plan de paz presentado ahora en el contexto de su intención reeleccionista demostrando aparentemente tener un proyecto para tan relevante problema. Es un paradigma contradictorio porque Washington se encuentra en retirada de ese ámbito territorial siguiendo unas directrices diáfanas pues solo le interesa económicamente Arabia Saudita, quien les exporta aproximadamente 600 mil barriles de crudoy amén de ser un formidable comprador de material bélico gracias al armamentismo de la casa real de El Riad. Los intereses de Estados Unidos allá queda en manos de sus aliados Israel, Turquía, Egipto y el príncipe bélico del país donde nació el profeta Mahoma.

Conclusiones

Este programa de Trump sobre Israel y Palestina hay que entenderlo como una expresión atractiva para la campaña electoral a celebrarse en noviembre del presente año. Además, es realizada en medio del espectáculo, de donde procede Trump quien de esa manera se suma a la manera de reemplazar el valor de la democracia liberal burguesa en pronunciado declive, la representación, para mantener el estatuto de dominación.

Su proyecto es argumentalmente débil porque no consultó a una de las partes involucradas, los palestinos. También aspira a normalizar los asentamientos de colonos judíos, una invasión inicua y denomina a Jerusalén “la capital eterna de Israel”. Previamente había trasladado la embajada desde Tel Aviv y reconocido la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán, preparando una futura idea al respecto.

Sobre este espinoso conflicto, interminable por lo demás, se han formulado lineamientos para zanjar la contención. Una es crear dos naciones, Israel y Palestina, y no la sumisión existente en Gaza y Cisjordania. Dos, internacionalizar la ciudad de Jerusalén por ser sagrada para las tres religiones monoteístas, el islam, el cristianismo y el judaísmo. Tres, retiro inmediato de los asentamientos judíos en Cisjordania, con las indemnizaciones a cargo de Israel. Cuatro, derribo del muro construido por el Estado judío en Cisjordania. Quinto, devolución de las Alturas del Golán a Siria y de las granjas Sheeba a Líbano. Sexto, fin del bloqueo israelita terrestre y marítimo sobre Gaza. Séptimo, debe celebrase una consulta popular en todos los territorios vecinos donde mora la inmensa mayoría de los palestinos sobre su propio destino. Octavo, los palestinos pueden regresar de donde fueron expulsados desde la guerra de 1948. Noveno, se podría hasta establecer una confederación entre las dos naciones con fundamento en la paz, el respeto y la tolerancia recíproca.

Por supuesto, se debe superar el ejercicio político de organizaciones como Yihad Islámica y Hamas, basadas en el terror y el autoritarismo así como el halconato sionista de Tel Aviv aspirando al “Gran Israel” a costa de sus vecinos. Palestina ha de superar ese pasado histórico de ser un instrumento de los Estados árabes, Egipto, Líbano, Siria, Irak, Libia, Irán y Turquía.

De igual manera, el antisemitismo (una expresión horrenda de racismo), sobrevive en el mundo a pesar del genocidio y transgresión de derechos humanos que causó. Así los sostuvo el poeta italiano de origen judío Primo Levi en el 75 aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau y día internacional de la Shöa u holocausto, y es una ingente verdad. Todavía pervive en la humanidad la tendencia tanática de los fanáticos con el poder en la mano. Los judíos y los palestinos conocen mucho de ello porque han padecido los rigores del exterminio.  


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