jueves, 20 de febrero de 2020

¿Es posible ejercer la docencia libertaria? Notas para reflexión y debate


Aleix Romero

Permitidme comenzar con un guiño al título de una ponencia del pedagogo Félix García Moriyón (1996), lanzado no con afán de polemizar, sino de problematizar una situación antitética. Porque, ¿cómo combinar la ideología anarquista, con un sistema educativo planteado principalmente para surtir la demanda laboral de una economía capitalista que socava el principio de la igualdad? Y en caso de existir mecanismos que la hicieran posible, ¿la función pública permite llevar a cabo un proceso formativo de raigambre libertaria, máxime teniendo en cuenta que, aparte de estar sometido al régimen de la burocracia, es un trabajo cada vez más precarizado –en proceso de «mierdificación», si queremos usar la elocuente terminología de David Graeber (Graeber, 2018)–.
 

Siguiendo a García Moriyón, un «profesor libertario» es aquel que sustituye el dominio de los contenidos de una materia, así como la maestría en una metodología concreta, por la estimulación de la creatividad y la capacidad crítica del alumnado (García Moriyón, 2019). Pero serlo en la enseñanza formal es realmente difícil, y en ocasiones se torna imposible. No sorprende que las escuelas libres sean manifiestamente incompatibles con el sistema educativo –como lo corrobora la biografía de la fundadora de Paideia [1], Josefa Martín Luengo, una maestra que comenzó su andadura alternativa debido al desencanto profesional (Benítez y Martín, 2014, p. 44)–. Otras orientaciones, como la nihilista «antipedagogía» (García Olivo, 2009), son claramente un ataque hacia la figura del docente –no está de más recordar al respecto que ya Bakunin, cuando resaltaba que la libertad es una conquista de la voluntad y no una capacidad innata, expresó la necesidad de introducir en la educación elementos directivos que la fomentaran en los espíritus infantiles (Cuevas Noa, 2003, pp. 96 y 150-153)–.

Somos, en definitiva, personas que trabajan en el sector de la enseñanza, por lo que debemos aceptar la existencia de leyes, instituciones y autoridades, a no ser que queramos salirnos por completo del sistema. A lo que podemos añadir que el hecho, no ya de declararnos libertarios, sino simplemente de manifestar cierto interés en las pedagogías alternativas, implica suscitar sobre nuestras declaraciones un halo de incomprensión, de falta de articulación y de coordinación, e incluso de oposición.

Con todo, admitir la existencia de un marco –que, como vemos, es tanto de naturaleza legal e institucional, como cultural– no debería venir acompañado de una sensación fatal de impotencia y claudicación. Traducido de manera sencilla: es un reconocimiento por nuestra parte del terreno que pisamos, tarea necesaria si queremos saber dónde estamos, evaluar qué podemos hacer y hacia dónde dirigirnos. Siguiendo con las analogías, las posibilidades serían las mismas que han de afrontar las organizaciones anarcosindicales. Las normas contienen resortes, intersticios y ambigüedades, que, junto con los derechos que nos son teóricamente reconocidos –como por ejemplo la libertad de cátedra, que se amplía según se asciende en el escalafón educativo de acuerdo con la máxima «a mayor capacidad crítica del alumno, mayor libertad del profesor» (Suárez Malagón, 2011, p. 460)–, pueden resultarnos de ayuda. Es decir, servir en provecho del bien común.

Atención. He subrayado bien común, y lo hago conscientemente en detrimento de difusión del ideal libertario. Aunque quienes se dedican al estudio de la pedagogía libertaria hacen hincapié en la necesidad de huir del adoctrinamiento, sabemos fehacientemente que esto no siempre ha sido posible –uno de los casos más notorios es el de Francisco Ferrer Guardia y la Escuela Moderna (Cappelletti, 1980, p. 54)–. No está de más insistir en la importancia que tiene diferenciar entre una educación integral de la persona, centrada en unos valores fundamentales –a causa de lo cual no han de recibir etiquetas políticas–, de lo que sería una formación ideológica para militantes, que obviamente no puede ni debe ser impartida en los centros educativos. Historias como las de Paideia corroboran además que es preferible para la viabilidad del proyecto formativo centrarse en las particularidades del alumnado (Benítez y Martín, 2014, p. 47).

Es cierto que las aulas no son espacios neutros, pero no lo es menos que también contienen cierta dosis de pluralidad, lo cual simplemente es un reflejo de nuestra sociedad. La presencia de distintos enfoques y de diferentes metodologías nos obliga a entrar en diálogo con ellos. De ahí que, como vamos a ver a continuación, el estímulo de la crítica sea una labor prioritaria, comenzando con nuestros propios posicionamientos y criterios.

La pedagogía del ejemplo

Para el pedagogo Paul Robin, promotor de un proyecto de educación integral, el ejemplo y los argumentos deben ser la base de toda enseñanza moral (Sigüenza, 2009, p. 16). Apoyándose en Bakunin, Francisco José Cuevas Noa dice que quien ejerce un rol docente está investido de «una autoridad moral (que no legal)» (2003, p. 153). Independientemente de cómo lo queramos expresar, no hay duda de que el rol de maestro o profesor posee una relevancia que trasciende su figura de mero transmisor de saberes. En este sentido, quienes ejercemos el papel de docentes hemos de obrar, tanto dentro como fuera del aula, comprendiendo que nuestra conducta es un modelo a seguir, un referente.

Esto exige una pequeña reflexión interna, no exenta de una carga de autocrítica, a través de una serie de interrogantes. Algunos de ellos podrían ser: ¿nos sentimos realmente preparados para afrontar todas las realidades sociales, económicas o culturales? ¿Conseguimos dominar los prejuicios y estereotipos que se nos han inculcado desde la familia, la escuela, la universidad e, incluso, el mismo trabajo? ¿Somos conscientes de los privilegios que nos otorga nuestra función escolar? ¿Hasta dónde llega nuestro compromiso con un cambio favorable tanto para el profesorado como para el alumnado?

Estas y otras preguntas deberían incitar a la acción, a emprender pequeñas acciones cotidianas que cambien nuestra forma de pensar y de comportarnos en clase. Si algunas familias están ahogadas por las deudas, deberíamos ser más conscientes a la hora de obligar a comprar material escolar. Si denunciamos el sexismo, no tenemos que dejar la participación en clase en manos de los alumnos, mientras las alumnas permanecen calladas. Si castigamos los comportamientos violentos, no nos podemos permitir gritar en las aulas. Si enseñamos la importancia que tienen valores como la solidaridad, nos corresponde prestar oídos a las peticiones del alumnado, por más insignificantes o absurdas que resulten.

Si, en definitiva, alumnas y alumnos nos reprochan alguna incoherencia, nuestra responsabilidad es analizar lo sucedido y, caso de ser cierta la queja, admitir con humildad el error.

Antes hablábamos del espíritu rebelde. Hay una bonita frase de Paulo Freire que dice que «los oprimidos han de ser el ejemplo de sí mismos en su lucha por su redención» (1970, p. 34). Pero, ¿quiénes sufren en las clases opresión? Cuando se producen recortes en materia de educación, cuando los gobiernos retocan, suprimen y aprueban nuevas leyes sin contar con la comunidad educativa, igual de víctimas hay en el alumnado que en el profesorado. Nos encontramos a bordo de un mismo barco y, además, somos una tripulación que, en este sentido, no está dividida por distinciones especiales.

Dado que el «profesor libertario» es quien enseña al alumnado a tomar el control de sus propias decisiones buscando la cooperación y el apoyo mutuo (García Moriyón, 2019), ha de informar de las carencias de una situación de la que se es también partícipe. Pero solo con esto no es suficiente para activar el espíritu rebelde entre alumnas y alumnos, para que no permanezcan como sujetos pasivos sino que formen parte de las soluciones. La pedagogía del ejemplo supone también que profesoras y profesores libertarios se impliquen en la lucha contra las injusticias cometidas contra el bien común, demostrando con ello que lo que se dice en clase ha de transformarse en hechos. Como resumía de manera concisa y certera aquel cántico de las movilizaciones de la Marea Verde de 2011-2012: «el profe, luchando, también está enseñando».

Nota

[1] Aunque Paideia fue la pionera, no es ni mucho menos la única escuela que actualmente reivindica la pedagogía libertaria, si bien suele ser relaciona-da con centros guiados por inspiraciones diferentes, por más que coincidan en planteamientos no autoritarios o democráticos. Véase por ejemplo el listado que aparece en https://www.briega.org/es/escuelas-alternativas-libertarias-estado-espanol.

Bibliografía

- Benítez, María Luisa y Martín, Miguel Á.: «Escuela libre PAIDEIA: la defensa por la educación en libertad y la autogestión educativa». En revista educativa Hekademos, nº 15, junio 2014, pp. 39-52.

- Cappelletti, Ángel: Francisco Ferrer Guardia y la pedagogía libertaria. Madrid: La Piqueta, 1980.

- Cuevas Noa, Francisco José: Anarquismo y educación. La propuesta sociopolítica de la pedagogía libertaria. Madrid: Fundación Anselmo Lorenzo, 2003.

- Freire, Paulo: Pedagogía del oprimido. Montevideo: Tierra Nueva, 1970. Disponible en http://www.papelesdesociedad.info/?Pedagogia-del-oprimido-de-Paulo.

- García Moriyón, Félix: «El profesor libert ar io». Ponencia presentada en el I Congreso de la Federación de Enseñanza de la CGT. 1996. Disponible en http://www.cgtmurcia.org/cultura-libertaria/anarkobiblioteka/pensamiento-libertario/ciencia-y-pedagogia-libertaria/2602-el-profesor-libertario.

- García Moriyón, Félix: “A Libertarian, Anarchist and Acracist approach to education”, 2019, inédito.

- García Olivo, Pedro: «Escrituras ahuyentables I. “El educador mercenario” (para una crítica radical de las escuelas de la democracia)». S.L.: Editorial Brulot, 2009. Disponible en https://colectivoeducadores.files.wordpress.com/2010/02/el_educador_ mercenario.pdf

- Graeber, David: Trabajos de mierda: una teoría. Barcelona: Ariel, 2018.

- Sigüenza, Ana: «Pedagogía libertaria». En Tierra y Libertad, nº 9, agosto de 2009, pp. 1-31.

- Suárez Malagón, Roberto: «Contenido y límites de la libertad de cátedra en la enseñanza no universitaria». En Revista de Derecho UNED, nº 9, 2011, pp. 421-462.

[Párrafos tomados del artículo más extenso titulado “Cómo ser «profesor libertario» y no morir en el intento: algunos apuntes desde la situación educativa española”, publicado originalmente en la revista Libre Pensamiento # 100, otoño 2019. Número completo accesible en http://rojoynegro.info/sites/default/files/AAFF%20LP%20N%C2%BA%20100_WEB_0.pdf.]


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nos interesa el debate, la confrontación de ideas y el disenso. Pero si tu comentario es sólo para descalificaciones sin argumentos, o mentiras falaces, no será publicado. Hay muchos sitios del gobierno venezolano donde gustosa y rápidamente publican ese tipo de comunicaciones.