sábado, 25 de enero de 2020

La ludopatía como morbo social: En expansión el juego patológico




Periódico Acracia (Madrid)

No se habla de ello en medios sanitarios oficiales pero la patología adictiva relacionada con el juego está creciendo de manera galopante sin que a las instituciones parezca importarles, a fin de cuentas los impuestos obtenidos de este tipo de “ocio” son bastante cuantiosos.
 
Montserrat Gómez García profesora de Adicciones Comportamentales en la Universidad de Barcelona ha realizado un estudio sobre el tema en el que afirma: “se considera que hasta un 90% de los jugadores patológicos presentan ideación suicida y cerca del 20% de los adictos al juego en tratamiento refieren intentos de autolisis, lo que constata que la tasa de suicidio entre los ludópatas es seis veces superior a la de la población general”.

Al “juego patológico” no se le incluye en los protocolos de prevención del suicidio. De hecho, no hay datos al respecto. Hace veinte años, cuando el problema no era tan acuciante, se construyeron protocolos de intervención bastante eficaces aunque no existían alternativas para compensar el daño generado en las familias de las personas afectadas. No se hablaba casi en ningún caso de tasa de suicidio. Sí que, obviamente, se mencionaban los trastornos psicológicos que se podían derivar de esta patología, generalmente problemas con las drogas, el alcohol, depresión y ansiedad. Se establecía que si se trataba terapéuticamente el trastorno primario, el juego, desaparecían los trastornos secundarios. Esto generalmente era así, aunque como hemos mencionado antes, en ningún caso se hacía una valoración exhaustiva de los daños colaterales producidos por el trastorno: deudas, desconfianza, problemas económicos, pérdida de empleo o desintegración familiar, entre otros.

“Según el último informe sobre adicciones comportamentales del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones —Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre drogas—, entre la población española de 15 a 64 años, el 0,4% de las personas sufre un uso problemático del juego y un 0,3% tiene un posible trastorno del juego —usando solo las definiciones DSM-V de la Asociación Americana de Psiquiatría—. Son más de 200.000 personas.”

Se habla del juego como trastorno primario pero podíamos también, como
hipótesis, establecer que el trastorno de juego puede ser secundario a problemas derivados de la vida cotidiana como estrés, fracaso escolar, precariedad laboral y económica, desestructuración de las redes de apoyo social, depresión o ansiedad.

En síntesis, puede ser un trastorno primario por el simple hecho de existir la posibilidad de jugar como fuente de ocio o evasión, a la misma altura que el abuso del alcohol o de las drogas. Con el agravante que tanto el alcohol como el juego son legales y mucha gente se lucra a través del dolor ajeno. Y un trastorno secundario debido al malestar social existente que se traduce en la búsqueda de evasión inmediata.

Las alternativas del gobierno de turno son “jugar bien”, “si bebes no conduzcas” y “prohibido fumar en lugares públicos”; estos mensajes nos están diciendo que usemos con mesura las drogas legales que son fuentes de riqueza.

Una vez más el negocio somos nosotras y nuestro sufrimiento psicológico. Evidentemente, esa no es la cuestión ni desde luego la solución, estamos hablando de dos conductas “legales” alienantes, a través de las cuales los sujetos que las utilizan manejan emociones negativas y frustraciones derivadas de una vida cotidiana insatisfactoria y opresiva. Además, si enfermamos por su causa, es nuestro problema: “haber controlado”.

Parece más que probable que el Gobierno no va a tomar soluciones eficaces al respecto, por un lado porque somos negocio, segundo porque nos prefiere alienadas y distraídas con conductas perniciosas para la salud que nos convierten en esclavas de nuestras dependencias, incapaces de sublevarnos contra una sociedad que nos destruye psicológicamente.

La alternativa más factible y próxima a nuestras posibilidades de acción pasa por organizarnos en los barrios, por ayudar a las víctimas y a sus familias desde el apoyo mutuo, por concienciar a nuestras vecinas de la catástrofe que suponen las salas de juego para las personas más vulnerables, y, desde luego, por el acoso y expulsión de esos locales, convirtiendo las localidades en las que vivimos en zonas libres de su influencia dañina.

[Publicado originalmente en el periódico Acracia # 3, Madrid, enero 2020. Número completo accesible en https://drive.google.com/file/d/116M_ny0rDB-_UObUNZjkRrzSVD326Skn/view.]


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