lunes, 4 de noviembre de 2019

Ecuador y Chile: El pueblo en pie de guerra



Periódico Solidaridad Obrera (Barcelona)



La imagen de rebelión, fuego y barricadas últimamente está siendo un elemento común internacional. Tras los ya crónicos enfrentamientos de Hong Kong y mirando más allá del humo de las barricadas de Barcelona hemos visto que primero en Ecuador y luego en Chile la población se ha rebelado para combatir las medidas económicas de sus gobiernos. En todos estos casos la desobediencia social es evidente, pero antes de abordar desde este lado del Atlántico las similitudes entre ambos países sudamericanos merece la pena conocer también cómo se interpreta, desde el otro lado del océano, el caso catalán.



En un artículo de la prensa colombiana [Carlos Granés: «El fuego catalán no es el fuego chileno», El Espectador, 25/10/2019] se deja constancia de que el humo de esos fuegos tiene distinto color, origen e intenciones cuando sostiene que «las llamas que aclararon las noches barcelonesas  fueron  muy  distintas.  A  diferencia  de las protestas latinoamericanas, en la capital catalana no eran los sin poder quienes le mostraban su inconformidad al poder. Allí no se trataba de indígenas  protestando  por  subidas  de  precios,  no eran opositores denunciando un fraude electoral, no eran ciudadanos exigiendo un tris de igualdad en el reparto de la riqueza. Nada de eso. En Barcelona era el poder rebelándose contra el poder, era el poder animando una rebelión que después el mismo poder tenía que sofocar, eran los ricos y los gobernantes impulsando una revolución contra los pobres y quienes no acceden a los cargos públicos: a este nivel de esquizofrenia ha llegado el proceso independentista catalán. O, mejor, ese es el nivel de esquizofrenia al que conduce el nacionalismo». Hecha esta sonrojante comparativa para quienes insisten en establecer ciertos paralelismos, pasemos a ver lo ocurrido en Ecuador y Chile.



Entre ambas protestas ha transcurrido poco tiempo, menos de dos semanas. Su detonante fue parecido, el precio del combustible y del aumento del transporte. El resultado es idéntico por ahora, primero mano dura y después paso atrás de sus gobiernos. El desenlace final, en ambos casos, está por ver.



Ecuador: el movimiento indígena otra vez en pie



Para cumplir con los requisitos del Fondo Monetario Internacional (FMI) de combatir el déficit fiscal, el gobierno de Lenín Moreno anunció el fin de las subvenciones al combustible. La decisión de someterse a los planes de austeridad reclamados era algo nuevo en este país y en tan sólo un par de horas las protestas se iniciaron en varias ciudades. La decisión del gobierno suponía un incremento del más del 120% en el precio del diésel, siendo los transportistas quienes empezaron las protestas. Luego se extendieron rápidamente porque ese aumento repercutía también en el transporte público y la población indígena fue quien protagonizó las manifestaciones más importantes y organizó la respuesta. A pesar de haber derogado la polémica ley para apaciguar a los transportistas siguieron adelante. No era la primera vez que demostraban su capacidad de resistencia y movilización. Los enfrentamientos con la policía iban en aumento y la rebelión social vivida en distintas poblaciones llevó a Moreno a decretar el estado de excepción y a sacar a los militares para intentar contenerla infructuosamente pese a los muertos que originó. Oficialmente hay reconocidos siete asesinatos.



Lejos de amedrentarse el movimiento indígena repitió la estrategia de otras ocasiones, consistente en caminar desde cada comunidad para ir bloqueando las principales vías de comunicación. Ante la que se le venía encima, el gobierno tuvo que trasladar su sede central desde Quito hasta Guayaquil y terminar cediendo. En un país que había vivido ajeno al empuje neoliberal y al juego trilero que utilizan los gobiernos en sus balances económicos ese paso atrás se ha interpretado como una victoria y las movilizaciones se suspendieron enseguida, no sin antes pactar una mesa de diálogo entre el gobierno y los representantes del movimiento indígena.


Algunos colectivos libertarios ya han dado la señal de alerta para que no se confíe en ningún representante político. Avisan de que la solución no pasa por ellos, si no por rechazar las políticas neoliberales del FMI que están enriqueciendo a la oligarquía y que son responsables de una reducción salarial de hasta un 20% que ahonda aún más en la pobreza a la clase obrera.

Chile: hasta aquí habéis llegado

El caso chileno es parecido, pero guarda diferencias con el ecuatoriano. En Chile la subida del transporte público ha sido directamente la gota que colmó el vaso. El incremento del billete de metro hasta los 30 pesos chilenos fue el detonante porque el precio del transporte repercute notablemente en la economía familiar, llegando a suponer hasta un 30% de los ingresos en las familias más empobrecidas. Aquí todo empezó en la capital, Santiago, y luego se ha extendido a Valparaíso, Concepción y La Serena, aunque las mayores movilizaciones han tenido lugar en la primera ciudad del país. En Santiago miles de estudiantes destrozaron decenas de estaciones, atacaron comisarías y edificios públicos y privados, como el de la multinacional eléctrica Enel.

En su afán por cumplir las pautas marcadas también por el FMI los distintos gobiernos han ido apretando cada vez más la tuerca hasta que se han pasado de rosca. De nada ha servido que su presidente, Sebastián Piñera, diera el mismo paso que su homólogo ecuatoriano sacando a la calle a los militares. Declaró el Estado de Emergencia con toques de queda y empeoró aún más la situación por el infausto recuerdo que se tiene de ellos. Ya han asesinado a 19 personas, pero las protestas continúan, congregándose más de un millón de personas en Santiago el pasado 25 de octubre. Al igual que en Ecuador, tampoco ha servido de nada la retirada de la polémica ley. Aquí sus cámaras representativas se reunieron urgentemente para revocarlas en tiempo récord. De nada ha servido porque la población, en referencia a las décadas que se lleva soportando el orden neoliberal, insiste en que «no es por 30 pesos, es por 30 años».

El estallido social se debe a que pueblo chileno ya está harto de abusos, humillaciones y desigualdades. Más del 80% de los mayores de 18 años está endeudado porque los bajos sueldos no les dan para vivir ante la carestía de la luz, del agua, de los elementos básicos. Además, el sistema público de salud está en crisis, el de pensiones pretende trasladarse paulatinamente al sector privado y la falta de recursos en la educación va en aumento.

Al igual que en Ecuador, ahora se intenta contener las protestas derivándolas hacia mesas de trabajo cuanto antes, pero aquí, a diferencia con el otro país, no hay interlocutor único. Lamentablemente empiezan a oírse voces cercanas a la izquierda marxista. Con su habitual verborrea en torno a la democracia participativa y a una nueva Asamblea Constituyente intentan hacerse sitio. Por contra, el movimiento libertario, que lleva tiempo organizándose contra el régimen neoliberal, tiene claro que la lucha debe darse desde los barrios, creando asambleas horizontales y autónomas que promuevan la autogestión. De momento, el pulso sigue en la calle.

[Publicado originalmente en el periódico Solidaridad Obrera # 375, Barcelona, noviembre 2019.]


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