sábado, 27 de julio de 2019

Recordando lo imprescindible: Votar, acto político tan inútil como perjudicial para l@s oprimid@s



Antonio Galeote

Un dato, que debería hacer reflexionar a todos los que nos sentimos de alguna manera como parte del movimiento libertario, es la ausencia, casi total en la actualidad, de movilización en contra de las elecciones y pidiendo la abstención y el boicot. Lejos están los tiempos en que las organizaciones libertarias hacían llamamientos a no participar en las campañas electorales y, sobre todo, explicaban y argumentaban estos llamamientos.

Es sorprendente, desde un enfoque libertario, que se haya prescindido en los últimos tiempos de uno de los planteamientos más lógicos, razonables y coherentes que han mantenido siempre todas las organizaciones vinculadas a los movimientos antiautoritarios, asambleístas y auogestionarios. Es la denuncia del principal instrumento propagandístico del sistema basado en la explotación económica de la mayoría por una minoría. Para ocultar esta realidad, para esconder que todas las formas del capitalismo están basadas en ese hecho fundamental que es la explotación para la obtención de un beneficio económico, se creó la farsa de las elecciones. Es una parte esencial del sistema capitalista.
 
De hecho, el mantenimiento del capitalismo como método de organización social ha sido y es una cuestión de fuerza. Hasta ahora, esta fuerza se ejercía en el nivel de los estados y, a partir de ahora, en un plano internacional. Es la globalización. Pero la base, la esencia, sigue siendo la misma: la minoría que controla la gestión de los recursos económicos y se apropia de la mayor parte de ellos a costa de la miseria de una gran mayoría, compra y organiza un mecanismo represor, que es la fuerza que necesita para mantener la situación. Así, tiene ejército, policías y cuerpos represivos similares. Da igual en qué nivel territorial actúe el capital. Si se plantean problemas en un Estado, se eliminan la disidencia y la protesta mediante la fuerza. Y lo mismo se hace en el plano internacional, con el sometimiento por la violencia de amplias zonas del planeta, mediante amplias coaliciones militares internacionales.

Sin embargo, el sistema necesita encubrir la realidad. Es una cuestión de imagen. Necesita presentar un rostro que no sea el suyo, es decir, que no sea el de la violencia, la explotación y la represión. Entonces entra en juego lo que llaman la democracia. Deciden montar una farsa, un gigantesco teatro para manipular sociedades enteras. Los que controlan la economía, las finanzas y el conjunto del poder económico, y por tanto los medios de comunicación, cada vez más importantes en la fase actual del capitalismo, dan otra vuelta de tuerca. Se trata de convencer a todos de que los ciudadanos somos los que controlamos la situación. Ésta es la gran ficción, la realidad virtual del actual capitalismo.

El papel de los medios de comunicación

Decimos que el papel de los medios de comunicación es fundamental porque son los que crean la denominada opinión pública. Sobre este asunto habría que aclarar ese malentendido tan generalizado según el cual los periodistas son unos profesionales independientes que deben decir la verdad en los medios para los que trabajan. Hagamos una comparación: ¿verdad que un ingeniero de una compañía que fabrica automóviles no diseña los vehículos más seguros, más sostenibles y más asequibles para los clientes, es decir para los ciudadanos, sino que planifican los vehículos que proporcionarán un mayor beneficio económico para la empresa? Pues en el periodismo ocurre exactamente igual. Los periodistas no publican la verdad, sino lo que conviene a los intereses económicos y políticos –viene a ser lo mismo– de la empresa propietaria del medio para el que trabajan. Y en el asunto del que tratamos ahora, una de las funciones de estos medios es convencer a los ciudadanos de que el sistema es democrático, y de que las elecciones son la traducción de esa democracia.

Mediante esta nueva farsa, se genera la imagen de que esto no es una dictadura básicamente económica. Quieren mostrar una cara más amable. Esto es una democracia, es decir, gobiernan los que han sido elegidos por los ciudadanos. Naturalmente, hacen falta partidos políticos, leyes electorales e ideólogos y medios de comunicación de masas que generen esta imagen. De hecho, es una cuestión de dinero, y el sistema es consciente de que se trata de una inversión muy rentable. El objetivo es dar a la opinión pública la imagen de un sistema participativo, crear la ficción de un rostro amable y democrático de un sistema basado en el totalitarismo económico y la explotación.

El capital crea los partidos, colocando al frente de estas estructuras a unos dirigentes que, en la práctica, son simplemente unos empleados de las grandes corporaciones económicas y financieras. Se organizan unas votaciones mediante las cuales parte de los dirigentes y miembros de los partidos se convierten en diputados, concejales y similares, que también están controlados por el poder real, o sea, por las compañías y sociedades que dominan la economía y que, de hecho, son los dueños de los partidos. Lógicamente, los representantes del pueblo, como el sistema denomina a estos empleados del capital, obedecen a sus amos y defienden sus intereses.

Las grandes campañas de comunicación y de lavado de cerebros organizadas alrededor de esta farsa son de gran calibre, dado que se trata, ni más ni menos, que de convencer al conjunto de la población, al conjunto de los explotados, de que son ellos los que eligen a sus explotadores. Por tanto, que no se quejen. Esto es una democracia, y mediante la farsa de las elecciones, la gran mayoría vota a los empleados de sus explotadores, que entran en las instituciones para perpetuar la explotación y conseguir de esta forma que el sistema siga funcionando en beneficio de la minoría dominante. El sistema dice algo así como «no se queje porque, después de todo, los ha elegido usted, ya que esto es una democracia».

Los políticos, una clase parasitaria

En este esquema, los políticos son unos intermediarios entre los que realmente mandan (los jefes de los grandes consorcios económicos y financieros) y los ciudadanos, los votantes. A cambio de hacer esta función, les permiten robar. ¿A quién? A los ciudadanos, a sus votantes, naturalmente. A veces, se les va la mano y pretenden robarle también a sus amos, y entonces son inmediatamente marginados e incluso encarcelados. Los políticos son una clase parasitaria que, como pago por ejecutar las órdenes de los ricos, sus amos, roban de donde pueden. Y a esta gente, a estos ladrones, es a los que se vota en las elecciones. Últimamente, se han dado algunos casos en los cuales el sistema funciona sin algunos de los intermediarios, y son los empresarios los que gobiernan directamente, como en la Italia de Silvio Berlusconi o los EEUU de Donald Trump, pero por ahora son excepciones.

Las elecciones son, por tanto, un elemento fundamental en la organización del sistema de explotación, porque lo legitiman, lo convierten en una democracia, donde –dicen– el poder es del pueblo, que lo ejerce mediante el voto. Es una gran farsa, que cuenta con el apoyo de múltiples publicistas y teórico s de la democracia. De esa manera se legitiman y, además, pretenden diferenciarse de otros sistemas, que llaman dictaduras. Es una nueva mentira. La realidad es que los esquemas son los mismos, aunque en las dictaduras las elecciones se hacen dentro de un partido único. Viene a ser lo mismo, porque los que deciden sobre el aparato productivo o son multinacionales o son funcionarios del partido único, que tienen las mismas prerrogativas y los mismos privilegios y capacidades de decisión sobre los medios de producción que si fueran los dueños, los empresarios. Todo es lo mismo. Sólo hay diferencias de matiz. Las diferencias entre EEU U, Rusia y China son de fachada, no de fondo.

Es por tanto evidente que las elecciones juegan un papel fundamental en los sistemas capitalistas de la llamada democracia parlamentaria. Son uno de los ejes. Cada varios años, y en los distintos niveles (locales, regionales o estatales), se convoca la llamada fiesta democrática. Es decir, la comedia mediante la cual unos ciudadanos son convencidos por la propaganda de los medios de comunicación del sistema, por los ideólogos de este mismo sistema y por sus gestores políticos, a los cuales les interesa este asunto, dado que viven de esto.

Los ciudadanos, una vez convencidos, votan, y de esta manera legitiman al sistema que los explota, le dan legitimidad democrática. Hay que insistir en que votan a los intermediarios (los políticos) que los grandes complejos económicos y financieros multinacionales utilizan para imponer sus decisiones a través de los partidos, que cumplen la función de aparatos ideológicos y electorales financiados por el sistema para formar la columna vertebral de esta farsa.

Los explotados votan a los que les explotarán

En cualquier caso, nos encontramos así ante un escenario realmente paradójico: los explotados votan a los que les explotarán. Básicamente, esto son las elecciones. Las multinacionales financian a los partidos, los partidos presentan a los candidatos electorales, que son gente al servicio de esas mismas multinacionales. Y los ciudadanos votan. Con estos votos, y con la correspondiente comedia de las negociaciones, las investiduras, etc., el capitalismo da un barniz democrático a la explotación de la mayoría por una minoría cada vez más minoritaria pero más rica, más poderosa. Esto es la democracia. Según ellos, el pueblo gobierna porque el pueblo, mediante el voto, elige a sus representantes, que constituyen el parlamento, al cual elevan a la categoría de representante de la denominada soberanía popular.

[Versión resumida de artículo publicado en el periódico Solidaridad Obrera # 374, Barcelona, julio 2019.]


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