sábado, 20 de julio de 2019

La crisis climática no se discute, se destruye



Javier Andaluz

Hemos declarado la emergencia climática, con todas sus consecuencias. Sabedores de que el productivismo y el sistema capitalista nos dirigen a un colapso sin precedentes, hemos decidido tirar del freno de mano. Desde la juventud por el clima, hasta algunas organizaciones sociales, ambientales y sindicales reconocemos que tantos años de victoria del capitalismo más devorador nos ha conducido a una situación de emergencia sin precedentes. La comunidad científica nos avisa de que apenas quedan 11 años para limitar el incremento de la temperatura global por debajo de 1,5 ºC. Serán precisamente los países mediterráneos los más impactados en el entorno europeo.

La buena noticia es que aún queda un poco de tiempo, pero para ello es necesaria una transformación mundial sin precedentes. Una acción que debe de ser capaz de garantizar alcanzar la neutralidad de las emisiones mundiales antes de 2050. Un hecho que, sumado a las responsabilidades históricas de países como España, debe situar al conjunto de la Unión Europea en una descarbonización total antes de 2040. Sería hipócrita no reconocer que el ritmo de reducciones necesario para limitar el calentamiento global a 1,5 ºC es enorme, más que la caída de la industria soviética en los 90, pero profundamente transformador. Debemos poner fin al productivismo, al capitalismo y a todos los “ismos” que oprimen a las personas y al planeta.
 
A nivel práctico podría suponer una reducción de las emisiones del 7 al 10% anual en los países europeos. Un reto que solo se puede lograr estableciendo un calendario de cierre de sectores fósiles que culmine en 2040. Sin olvidar que el único escenario compatible con limitar el incremento de la temperatura global por debajo de 1,5 ºC ya establece para 2050 un decrecimiento en la demanda energética del 32% respecto a los niveles de 2010.Un porcentaje que deberá ser el doble en los países enriquecidos para atender a la responsabilidad histórica y dejar recursos disponibles para aquellos que tienen menos.

En efecto, será necesario dar una respuesta a las familias que verán cómo sus oficios y empleos ligados con los fósiles desaparecerán. Un hecho que no puede convertirse en la excusa perfecta para frenar la ambición climática, un discurso en el que se siente muy cómoda la patronal que enarbola mejor que nadie el chantaje laboral. Como en otras ocasiones, solo aquellas organizaciones de trabajadores y trabajadoras que estén a la altura podrán adaptarse a esta nueva situación, y estar a la altura en muchos casos significará cerrar nuestros puestos de trabajo antes de que la fuerza de los hechos y los intereses del patrón nos obliguen a cerrarlos.

La reducción de la jornada de empleo, tecnología, la introducción de mecanismos de redistribución en sectores cada vez menos dependientes de la mano de obra, o la formación en nuevos nichos de empleo pueden ayudar a esta transición. Pero no serán lo suficientemente transformadores, la crisis climática solo se solucionará mediante un cambio radical del sistema económico.

Por poner un ejemplo, bien conocidas son las soluciones que aportan las energías renovables, el potencial renovable del país o su facilidad de instalación hace que sean sin duda de los sectores más importantes donde trasvasar una importante mano de obra. No vale únicamente con el cierre del carbón o una sustitución tecnológica, el problema energético es más profundo y se relaciona con la escasez de recursos y con las estructuras de poder que mantienen el sistema.

La lucha climática, es también una oportunidad, ya que, por ejemplo, la transición energética es a su vez una herramienta de construcción colectiva, propuestas cooperativas basadas en la descentralización de la producción energética deben de servir para restar poder a las grandes corporaciones energéticas introduciendo una gestión ciudadana de recursos tan fundamentales. Sin olvidar tampoco, que en esta transición energética debemos de asegurarnos del cierre de las centrales nucleares tras la caducidad de sus permisos.

Hay que admitir cómo la ciencia en algunos momentos choca con la realidad. Aunque seamos conscientes del enorme riesgo de la crisis climática, todo cambia si eres la persona afectada por esa transición. Frente al peligro del futuro cercano se antepone la inmediatez y la inseguridad de verte privada de tu puesto de trabajo. Este hecho humano y comprensible hace que en muchas ocasiones la solidaridad nos obligue a tomar malas decisiones. Necesitamos estar preparados, pues aunque no queramos el cierre de las grandes fábricas de automóviles, de grandes industrias, de distribución de mercancías...está asegurado. Estas desaparecerán bien porque afrontemos la lucha climática cerrando nuestros puestos de trabajo o bien porque los recursos se hayan agotado sin encontrar ninguna alternativa. Sólo una de esas opciones podrá permitirnos garantizar la existencia de un futuro para las generaciones presentes y futuras, y el tiempo que tardemos en tomar esas decisiones solo servirá para adquirir una hipoteca mayor y engrosar los beneficios del capital.

Somos víctimas de un fascismo especista que ha considerado a la humanidad por encima de cualquier ciclo natural, estamos secuestrando, expoliando y eliminando a una gran parte de la vida en el planeta. El cambio climático es el ruido de las campanas que anuncia la llegada de los camisas negras y la necesidad del despertar de los milicianos, antes de que el propio planeta nos diga Bella Ciao. No hay marcha atrás, y enfrentaremos pérdidas, que lucharemos queden restringidas a lo laboral, respetando una vida digna para todas. Pero, en el día de hoy, tras declarar la emergencia climática, tenemos que poner en el centro que la reducción de las emisiones es el único camino para luchar contra la opresión.

[Artículo publicado originalmente en el periódico Rojo y Negro # 336, Madrid, julio-agosto 2019. Número completo accesible en http://rojoynegro.info/sites/default/files/rojoynegro%20336%20julio.pdf.]


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