viernes, 19 de julio de 2019

Feminismo versus machismo



Petra Rabadán

El feminismo se posiciona frente al machismo de forma militante y combativa, alejado de las ideas conservadoras que no pretenden otra cosa que conservar el statu quo patriarcal judeocristiano devenido en misógino a través de los siglos y que se filtra cual lluvia fina en todos los usos y costumbres de nuestras sociedades modernas.
 

He aquí una de las cuestiones troncales para entender la resistencia de amplios sectores sociales a declararse militantemente feminista. En sociedades binarias como la nuestra que nada se entiende si no es por contraposición, ¿cómo solucionar la paradoja de ser conservador a u hombre y declararse feminista a un tiempo? La respuesta como tantas otras veces tendrá que venir de mano de la docencia, habrá que hacer hincapié en que el feminismo no es “hembrismo”, aunque desde distintos grupos de poder quieran hacerlo ver así.

El movimiento, la sociedad en su conjunto ha conseguido estigmatizar al machista (qué difícil encontrar a alguien que se declare machista y esté orgulloso de serlo), pero ni mucho menos acabar con sus prácticas, usos y costumbres, que aunque más difíciles de detectar no cesan en su resistencia al cambio. Es en este papel detectivesco, incisivo y reivindicativo donde hay que poner todo el esfuerzo, insistiendo, resistiendo y persistiendo hasta conseguir un mundo mejor. Un mundo donde más de la mitad de la población no sea tratada de facto como personas de segunda que no son soberanas ni de sus propios cuerpos.

Ser hombre y declararse feminista no debería suponer ningún problema, de la misma forma que ser blanco en los oscuros años de la esclavitud no inhabilitaba para militar en posiciones abolicionistas. El feminismo no es solo una cuestión de género como muchos intentan hacernos creer. Es una cuestión de derechos y los derechos no se debaten, no se matizan, ni requieren de explicación. El feminismo es en este momento en que todas las ideologías parecen perniciosas y censurables por cualquiera que no milite activamente en una de ellas, un movimiento transversal que viene a iluminar los más oscuros pasajes de nuestra cotidianidad, que por normalizados y repetidos en el tiempo transitamos sin prestar la menor atención.

Es fácil asumir como propias reivindicaciones básicas como la igualdad de derechos y oportunidades, tan fácil como desear la paz en el mundo al ganar un concurso de belleza, pero otra cosa muy distinta es plantarse con honestidad frente al espejo y evaluar con la minuciosidad de un dermatólogo revisando cada uno de nuestros lunares, cuál de las innumerables manchas que arrastramos desde el nacimiento puede ser letal para una vida plena.

El feminismo aparece entonces ofreciéndonos una imagen de nosotras y nosotros mismos extraña, incómoda, una identidad machista con la que no nos identificamos, pero que nos acompaña todo el tiempo asomando la patita cada vez que bajamos la guardia.

Ser mujer no es un antídoto que nos proteja de ejercer el machismo, pero ser feminista me prepara para combatirlo dentro y fuera de mi yo, porque no es que el feminismo haya venido a rascar donde picaba, el feminismo ha venido a rascar donde ni imaginaba que podría picarme.

[Artículo originalmente publicado en el periódico Rojo y Negro # 336, Madrid, julio-agosto 2019. Número completo accesible en http://rojoynegro.info/sites/default/files/rojoynegro%20336%20julio.pdf.]


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