jueves, 18 de julio de 2019

El problema no es el clima, el problema es el sistema capitalista y su cultura del crecimiento sin fin y sin límites


Desiderio Martín

Walter Benjamin, en una de sus tesis sobre la filosofía de la historia, para explicar la(s) causa (s) del desastre de la humanidad, a la vez que el desastre de dicha humanidad en el planeta en la cual desenvuelve su devenir, recurrió a un cuadro de Klee que se llama “Angelus Novus”.

“Representa a un ángel que parece estar a punto de alejarse de algo a lo que está clavada su mirada. Sus ojos están desencajados, la boca abierta, las alas desplegadas. El ángel de la historia tiene que parecérsele. Tiene el rostro vuelto hacia el pasado. Lo que a nosotros se presenta como una cadena de acontecimientos, él lo ve como una catástrofe única que acumula sin cesar ruinas sobre ruinas, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer los fragmentos. Pero desde el paraíso sopla un viento huracanado que se arremolina en sus alas, tan fuerte que el ángel no puede plegarlas. El huracán le empuja irresistiblemente hacia el futuro, al que da la espalda, mientras el cúmulo de ruinas crece hasta el cielo. Eso que nosotros llamamos progreso es el huracán”.
 

Hoy la pregunta que empezamos a hacernos es: ¿qué vemos nosotros? Pues vemos lo mismo que el ángel, solo que interpretado de otra manera. Vemos los destrozos que causa la historia y entendemos que son acontecimientos “inevitables” de un proyecto que en su conjunto está bien. Es decir, vemos la “Modernidad”, de un modo de vida occidental, consumista, depredador, violento, desposeedor de riquezas materiales e inmateriales, desigual, cruel e injusto.

Los desperfectos, los destrozos, los cadáveres, la no vida para la inmensa mayoría de la población mundial... son daños “colaterales” o consecuencias no deseadas de la acción inexorable del progreso y la modernidad.

Hablamos de una lógica propia del avance histórico: como “ángeles buenos” que somos todas las personas quisiéramos detener el horror, despertar a los muertos y recomponer sus fragmentos... pero no podemos porque el viento de la historia (el progreso...) nos empuja hacia adelante.

El progreso tiene que ser cuestionado, porque frivoliza el sufrimiento humano al declararle efecto colateral o el precio que pagamos por un modo de vida, a la vez que el progreso multiplica el sufrimiento: los mayores medios técnicos, el conocimiento ilimitado, la progresión técnica. Jamás había sido la que es y las muertes por hambre, sed, condiciones higiénicas, recursos, culturas... no disminuyen sino que se agravan. Las desigualdades aún más.

La capacidad destructiva que ha desarrollado el progreso, llega hasta el punto de amenazar al planeta y, en consecuencia, la Vida de todas sus especies (amén de los daños no reversibles del momento).

Interrumpir la lógica del movimiento “progresista”, se hace necesario -no solamente urgente por la denominada “emergencia climática”-, si lo que queremos es poner en valor la vida, el cuerpo y el territorio y dejar de buscar alternativas falsas (capitalismo verde, transiciones justas las cuales no va a permitir el capitalismo...) como las que representa el ecofascismo: se garantiza la continuidad de la vida de ciertos sectores, pero se expulsa a otros.

Las personas tenemos que cambiar la lógica del “progreso” que no es sino la lógica del capitalismo y para recomponer el metabolismo social, hay que redistribuir de manera radical la riqueza, decrecer en nuestros modos de producir y de consumir y poner las obligaciones que tenemos como cuerpo humano y como especie, en los cuidados de todo el cuerpo social y la especie. Terminar de manera radical con la acumulación y con la explotación, es la única garantía de que la Vida pueda tener algún significado positivo

[Artículo publicado originalmente en el periódico Rojo y Negro # 336, Madrid, julio-agosto 2019. Numero completo accesible en http://rojoynegro.info/sites/default/files/rojoynegro%20336%20julio.pdf.]


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