lunes, 27 de mayo de 2019

Debate (A) – Contra la adopción de términos ajenos: Somos ácratas, no demócratas



Anónimo

La mitificación de la democracia es producto, a nuestro parecer, de la confusión generalizada que hace que también haya quien se considere de izquierdas o que haga suyos conceptos tan genéricos como el de movimientos sociales. Si en este texto queremos tratar este tema no es por casualidad sino porque asistimos, hoy en día, a una lucha que, a falta de palabras que expresen con exactitud aquello que sentimos, acaba demasiadas veces por reforzar las estructuras que de entrada pretende combatir, reforzando los imaginarios con los que estas estructuras se conforman. Con este texto pretendemos hacer una invita-ción al análisis con la intención de desmitificar algunos conceptos y así poder situarlos donde estos se merezcan estar. Sacarlos de la ambigüedad a la que estamos acostumbradas y significarlos o resignificarlos para acer-carnos a decir aquello que sentimos y pensamos, forzándonos a pensar un poco más aquello que decimos.
 

Democracias y demócratas

Nosotr@s no somos demócratas, no somos antidemócratas. Estamos en la búsqueda y en la lucha por la construcción de una sociedad en la que las relaciones humanas no vengan mediadas por el dinero ni por el ejercicio de poder sobre las otras, ésta es nuestra intención. Encasillarnos en una crítica a la democracia sería igual de válido, pero a la vez igual de impreciso, que erigirse como antipolicía o antitelevisión. Aun así, pensamos que hace falta hacer un análisis de lo que supone hoy en día la democracia, ya que viendo como la lógica en la que ésta se sustenta se filtra en muchos de los discursos de algunas de nuestras compañeras, se nos vuelve muy difícil una ruptura real con el sistema de dominación actual. Atacamos la democracia porque es la forma más precisa y perversa que toma el capitalismo a la hora de gobernarnos. Atacamos la democracia porque su potencia desmovilizadora consiste, en buena medida, en movilizarnos dentro de los amplios márgenes que no la cuestionan. Atacamos la democracia porque no hemos renunciado a cambiar el mundo, porque aún no nos damos por vencidas y somos capaces de desear situaciones colectivas que desconocemos y porque intuimos que la vida no se sitúa dentro de los márgenes de lo que hoy día es posible.

Es cierto que algunas de nuestr@s compañer@s más cercan@s dirán que esta visión de la democracia es una visión equivocada y que esto de la democracia es, en esencia, otra cosa. No pretendemos iniciar un debate a nivel semántico, no es una cuestión de términos o adjetivos, nuestro debate pretende profundizar en como el ideal democrático se filtra en nuestros discursos y dinámicas neutralizándolos e imposibilitándonos descubrir formas de organización comunitaria que vayan más allá de las que ya conocemos y no nos satisfacen; que vayan más allá de la posibilidad de mejorar las condiciones de miseria humanas en las que vivimos creando rupturas reales con el modo relacional capitalista y patriarcal. Es más, a aquéllas que creen que la democracia es otra cosa, que piensan que nuevamente nuestras enemigas nos han robado esta bella palabra para designar su contrario, a todas ellas les decimos que están equivocadas. Las únicas que tergiversan el término son aquéllas que dicen oponerse a su forma actual. Es decir, no son nuestr@s enemig@s sino algunas de nuestr@s compañer@s de viaje las que nos confunden con su lenguaje ambiguo, haciendo que sigamos pensando según los términos de aquello que pretendemos combatir. Si lo que queremos es hacer caer el sistema de dominación actual –y es lo que queremos– nos hará falta esclarecer nuestro posicionamiento respecto a la forma en la que este dominio se manifiesta actualmente, para encontrar, de esta manera, la mejor forma de confrontarlo y superarlo.

Nos decidimos a hacer un análisis sobre los problemas que observamos en el uso y abuso de términos como diálogo, consenso, paz o participación, fruto y a la vez soporte de la lógica sobre la que descansa la democracia, conceptos de los que se nutre y a los que alimenta. Es por esto que nos decidimos a hablarlo abiertamente; somos iconoclastas y estamos decididas a romper con todo aquello que precediéndonos se nos demuestre errado; estamos predispuestas y dispuestas a abrir nuestra crítica a aquellos pun-tos que merezcan ser debatidos; hacer caer todo a aquello que deba caer, aunque en algún momento nos haya ayudado a apoyarnos. Estamos en la búsqueda constante de las mejores formas con las que atacar al Estado conscientes que el pensamiento –y la acción que de éste deriva– no es jamás radical en lo absoluto sino en la capacidad de adecuarse a las circunstancias cambiantes: ahora nos toca criticar la democracia porque es la forma que toma el enemigo actualmente, pero sabemos que las herramientas que ayer nos ayudaron a combatirlo pueden sernos totalmente inútiles mañana.

Lo democrático

La democracia tiene hoy el Poder. Llamamos Poder a la capacidad de ejercer la voluntad propia sobre otras personas, ya sea por activa o por pasiva, sea por imposición o por persuasión. En un régimen dictatorial se ejerce, mayoritariamente, por la fuerza, en un régimen democrático mediante la persuasión, la seducción y la creación de verdades absolutas, dejando cada vez menos espacio para un cuestionamiento real. Si nos interesa estudiar el Poder es porque lo queremos combatir, y dándonos cuenta de la mutación que sufre el gobierno capitalista en un escenario dictatorial respecto a uno democrático, tenemos que buscar las evidencias que reafirman y reproducen este Poder, no sólo en las evidencias más flagrantes sino en las pequeñas sutilezas y capilaridades que le dan auténtica consistencia. Es por esto que atacamos la democracia y el imaginario, aparentemente amplio, que la conforma.

Podemos definir la democracia como el final de un proceso de exterminio de la disidencia, como el principio de homogeneización cultural una vez que la gran mayoría de la población ha aceptado el funcionamiento del aparato de dominación; en el momento en que el Poder ya se ha vuelto hegemónico. No puede haber democracia mientras aún queden imaginarios colectivos lo suficientemente firmes como para hacer tambalear el Poder, mientras aún haya una posibilidad de transmisión cultural más allá de la dominante. La democracia no se puede realizar sin un exterminio físico, no tan sólo de la resistencia sino también de la cultura de la resistencia. Entre democracia y dictadura encontraríamos la diferencia, a modo cuantitativo, en el nivel de represión que cada una precisa para poder conseguir sus mismos objetivos, sucediéndose la una a la otra según las necesidades del Estado. No es que la democracia no reprima con la misma intensidad que la dictadura sino que lo hace con una precisión mayor y de manera más acotada, adaptada a la nueva realidad social. A diferencia de lo que podría opinar una gran mayoría, pueden coexistir en el tiempo –y de hecho así lo hacen– en la forma de estados de excepción. El estado de excepción es la suspensión del orden jurídico con carácter provisional y extraordinario que los Estados decretan al ver peligrar su gobierno sobre la población. Durante la democracia hay multitud de colectivos que viven en estado de excepción permanente viéndose privados de «derechos fundamentales». No entraremos aquí, no es éste el debate, sobre nuestro posicionamiento respecto de los derechos que disponen la mayoría de la ciudadanía: personas migradas «sin papeles», personas presas, locas, tildadas de terroristas, enfermas terminales, niñez, etc.

La dictadura se trata pues de un estado de excepción generalizado mientras que la democracia –por no hacerle falta esta generalización– se vuelve selectiva aplicando su mano dura tan sólo a aquellas capas de población que precisa doblegar o que no es capaz de silenciar mediante el ocio y el consumo: prisión, reformatorios –o el eufemismo de los centros reeducativos–, psiquiátricos... De lo que se trata, al fin y al cabo, es de preservar las bases del sistema capitalista: la propiedad privada y la disociación entre política, economía y vida. Aislando o exterminando aquello que pueda ponerla en cuestión.

Si la diferencia entre dictadura y democracia sólo fuese a nivel cuantitativo podríamos afirmar que entre éstas no habría una auténtica diferencia y que, por tanto, aquéllas que luchan por alcanzar una «verdadera» democracia no irían desencaminadas. Lo que nosotras observamos es que, además de la diferencia que opera a nivel cuantitativo, éstas presentan una diferencia abismal en la forma de gobernar y es aquí donde nos detenemos para demostrar que ya estamos en una auténtica democracia. En una dictadura la represión es explícita porque lo que busca es evidenciar la capacidad que tiene para ejercer su poder. En este sentido la dictadura busca aterrorizar a su oposición haciendo pública su «mano dura» hacia sus enemigos, es decir, gobernando mediante una estrategia puramente conductista.

Por otro lado, la democracia busca la complicidad, la participación, y en este caso su estrategia de gobierno se basa en la adhesión de la población a sus dictámenes mediante la seducción, la integración y, indispensablemente, la educación. La democracia no acepta la figura del enemigo porque ésta se erige como «final de la historia». Por tanto, no concibe que nada, más allá de lo que clasifica como patológico, pueda desear un orden que la supere o la cuestione.

Acabar con la disidencia

En una democracia el Poder necesita legitimarse, en una dictadura el Poder precisa ejercerse. En una dictadura hace falta acabar con la enemiga, en una democracia hace falta neutralizarla. Una no puede existir sin la otra, son complementarias y es por esto que la democracia supone un estadio superior en la consecución de los objetivos capitalistas y resulta mucho más peligrosa, si no a nivel de ver peligrar nuestra integridad físi-ca, si frente a la dificultad de dibujar imaginarios de emancipación con-trahegemónicos. Los dos sistemas son totalitarios, el uno por imposibili-tar físicamente salirse de los márgenes establecidos y el otro por acaparar la totalidad de los imaginarios colectivos fagocitándolos, no dejando un espacio para otro lugar, otro mundo, que supere el capitalismo. Mientras que en una dictadura el malestar social se dirige hacia la búsqueda de complicidades con las que derruir el Poder, en una democracia, al no haber un horizonte de superación este malestar es reconducido hacia la esfera íntima, hacia la gestión individual. En una democracia ya no es preciso afianzar el Poder porque éste ya ha sido introyectado.

[Párrafos extraídos de un texto incluido en 1ª puñalada a la democracia. Recopilación de textos anarquistas, que en versión completa es accesible en https://vozcomoarma.noblogs.org/files/2019/05/Pu%C3%B1alada-a-la-democracia-imprimir.pdf.]


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