martes, 5 de junio de 2018

Algunas buenas razones para liberarse del trabajo (fragmento)


Anselm Jappe

Puede afirmarse tranquilamente que es el capitalismo entero el que vive una situación de crisis. No estoy de acuerdo con quienes afirman que el capitalismo goza de mejor salud que nunca, que son la sociedad o los individuos quienes van mal y que hay todavía multinacionales, empresas, que obtienen buenas ganancias –por lo menos sobre el papel, pues una parte de la riqueza es únicamente producida en los circuitos financieros que tan sólo existen en los balances. Todo el sistema capitalista, todas las posibilidades de ubicar su capital de manera que pueda explotar trabajo para revenderlo enseguida y aumentar el capital, todo lo que constituía la base del capitalismo, parece encontrarse en una grave crisis. Y esto no porque suscite adversarios implacables, no porque crea un proletariado cuya fuerza podría ponerle fin al capitalismo, como fuera durante mucho tiempo la esperanza del movimiento obrero, sino porque el capitalismo se ha barrenado a sí mismo, no por una voluntad suicida inmediata, sino porque estaba escrito, en cierta forma, en su código genético, en el momento de su nacimiento: en una sociedad que ubicaba el trabajo abstracto como fuente de riqueza, había ya un contenido, una dinámica, que debía, tarde o temprano, llevar a la situación actual. Una situación en la que el trabajo crea riqueza pero en donde del sistema productivo no necesita trabajo. La situación es paradójica: la productividad a escala mundial ocasiona miseria. Es tan paradójica que, con frecuencia, incluso se olvida considerarla, como sucede con todas las cosas que resultan tan evidentes que se pierden de vista.
 
Después de doscientos años, se ha constatado una explosión de posibilidades productivas como nunca antes en la historia. Pero otra cuestión se plantea: ¿todas estas posibilidades productivas resultan siempre positivas para la humanidad, o para el planeta? Pienso que la mayoría son quizás dañinas. Pero puede afirmarse que utilizando las posibilidades productivas existentes, era posible permitir a todo el mundo tener todo lo que era necesario con menos trabajo. Ahora bien, lo que hoy sucede va en el sentido contrario: se le quita la posibilidad de vivir a quienes no logran trabajar, y los pocos que trabajan tienen que trabajar cada vez más. Se plantea aquí la cuestión de compartir, pero no compartir el trabajo como en el slogan “Trabajen todos, trabajen menos”, sino compartir la riqueza que existe en el mundo, entre todos los habitantes del mundo, sin forzar a trabajar cuando no es necesario. Con todo esto no quiero hacer un elogio de la automatización. Existe también una crítica del trabajo que hace una especie de elogio de la automatización, al afirmar: “Ah, ¡ahora todo el mundo podría trabajar dos horas por día solamente vigilando las máquinas!”. Creo que no se trata de esto. Sobre todo, una sociedad de la automatización no tendría sentido si favorece un tipo de sociedad del ocio, en la que, en el peor de los casos, el excedente de tiempo conduzca a mirar durante más tiempo la televisión. Como ocurre con el caso de la semana de treinta y cinco horas, que probablemente tan sólo ha aumentado cinco horas por semana el tiempo que la mayoría de personas pasa frente su televisor.

La crítica de la sociedad del trabajo no es tampoco para mí un elogio de la pereza. Muchas actividades, incluso muchas fatigas, son útiles y pueden constituir una suerte de dignidad para el ser humano. Con mucha frecuencia, paradójicamente el trabajo es lo que impide la actividad, lo que impide la fatiga. Así por ejemplo, el trabajo obstaculiza actividades mucho más útiles: cuando las familias son obligadas a dejar sus hijos recién nacidos en guarderías, cuando no es posible encargarse de ancianos, etc. El sistema de trabajo impide la realización de actividades productivas como, por ejemplo, la agricultura en el mundo entero. Hay muchos campesinos que deben abandonar sus actividades, y no por razones naturales: no se trata de que sus suelos se hayan agotado, sino simplemente porque el mercado, es decir, el sistema de trabajo, le impide al campesino africano vender sus productos en los mercados locales. Porque hay multinacionales de la agricultura que pueden vender a precios más bajos gracias a que emplean menos trabajo abstracto. Evidentemente, el granjero americano se encuentra más tecnificado, por lo tanto sus mercancías contienen menos trabajo; de ahí que pueda vender a más bajo precio que los granjeros del tercer mundo. Se trata de un buen ejemplo del lado concreto y del lado abstracto del trabajo.

Del lado del trabajo concreto: el campesino en África puede hacer el mismo trabajo que hacía hace treinta años, porque el trabajo concreto sigue siendo el mismo. Del lado del trabajo abstracto, su trabajo tradicional vale mucho menos que antes porque los empresarios lograron, fruto de la competencia, hacer el mismo trabajo, obtener el mismo producto, gastando mucho menos tiempo. Muy concretamente puede decirse que es el lado abstracto del trabajo el que mata a las personas, que mata a quien realiza el trabajo concreto. En muchos casos la sociedad del trabajo está consagrada a una especie de no-actividad forzada, como sucede cuando fábricas, u otras posibilidades productivas, son simplemente cerradas, destruidas al no ser suficientemente rentables. En consecuencia, pienso que es necesario salir de la sociedad del trabajo para dar inicio a la realización de actividades útiles. La crítica del trabajo no quiere decir necesariamente cultura bohemia, culto a la pereza. Se trata de la necesidad de liberarse del culto al trabajo. En efecto, el sistema del trabajo capitalista no habría sido nunca eficaz si no hubiese impulsado constantemente un verdadero culto al trabajo, aquello que históricamente se denomina “ética protestante del trabajo”, para la cual el trabajo, la fatiga, la actividad en cuanto tal, constituyen una forma de nobleza del ser humano más allá de todo contenido. En todas las sociedades capitalistas, la fatiga existe no porque se pretenda cumplir algún objetivo, no por estar en la obligación de trabajar ocho o diez horas por día, no por apuntar hacia algo considerado como deseable. En la sociedad capitalista industrial es el hecho de trabajar, como tal, lo que es apreciado. Incluso en el plano moral. Es así que los desocupados son con frecuencia considerados como personas inútiles, dañinas. Muchos de ellos sienten vergüenza de no tener trabajo, mientras que si trabajasen en una fábrica de bombas o de llaveros estarían muy orgullosos por el hecho de “trabajar”. Como si no fuera preferible no trabajar, en vez de participar en la producción contemporánea. Porque el orgullo tradicional de los trabajadores consiste simplemente en haber logrado vender su fuerza de trabajo, sin interrogarse sobre su contenido. Ahora bien ¿por qué resulta más honorable trabajar en una fábrica en la que se fabrican bombas o automóviles que encontrarse en la situación de las mujeres, por ejemplo que “no trabajan”, y que se ocupan de los niños y de la casa?

El culto al trabajo en el sistema capitalista se ha encargado de valorizar cierto tipo de actividades, solamente teniendo en cuenta el gasto de energía vital destinado al trabajo, dejando de lado el contenido. En el capitalismo, hay que desprenderse de esto y apreciar el trabajo más allá de todos los contenidos. Se dice con frecuencia que el desempleo constituye una afrenta contra la dignidad humana. Francamente no veo en donde está la dignidad en el hecho de lograr venderse. La dignidad residiría más bien en el hecho de tener el derecho a acceder a todos los recursos para organizar la propia vida. Lo que implica que una política de crítica social, el día de hoy, de oposición a la sociedad capitalista, no debería pedir la creación de nuevos empleos, o de soñar con un imposible retorno a la sociedad del pleno empleo, sino más bien exigir para todo el mundo, individual y colectivamente, el derecho de acceder directamente a los recursos, terrenos, talleres, fábricas o al saber inmaterial, con el fin organizar colectivamente la producción allí en donde es verdaderamente necesario. Porque una buena parte de la producción actual no es, por supuesto, absolutamente necesaria y podría ser detenida. Armamentos, burocracia, autos que deben ser cambiados tres años después de su adquisición.

Pero cuando se hace este tipo de proposición hay siempre alguien que protesta: “¡Pero entonces no habrá más empleos, más puestos de trabajo si se detiene esta forma de producción!”. Se debe responder a esta objeción: “¡Sería mucho mejor para la sociedad si se pudiese asegurar su supervivencia con mucho menos trabajo!”. ¡Y naturalmente a costa de esta ley social que hace de la venta de la propia fuerza de trabajo la condición para el acceso a la riqueza social!

[Parte final del folleto del mismo título, que en versión completa está disponible en https://drive.google.com/file/d/1DKOAyRSm9AgfM1OhVWe2HqpWPGfD7oRw/view.]


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