domingo, 25 de marzo de 2018

El running como discurso público de la hegemonía neoliberal




Luís De La Cruz

* El running, entendido como última moda masiva, no como el simple hecho de practicar deporte, se aparece como metáfora perfecta de la vida en la ciudad neoliberal: reflejo del escapismo y el individualismo. Sin embargo, nos proponemos reflexionar acerca de que, como manifestación cultural apropiada por las élites, podría ser entendido antes como causa que como consecuencia, esto es, como parte del discurso cultural que vehiculiza la hegemonía cultural del neoliberalismo.

El pasado mes de noviembre, tal y como viene sucediendo los últimos años, los medios de comunicación españoles incluían amplios reportajes con títulos como «La élite española que compite en el Maratón de Nueva York» (El Mundo 5-11-2016). Consejeros delegados de los principales bancos, presidentes de empresas del IBEX y hasta aristócratas, se dieron cita en Nueva York, lejos de los añejos saloncitos de club de campo.
 
La exhibición atlética de las élites económicas españolas coincide con una invasión brutal en publicidad de la figura del corredor como silueta simbólica de conceptos tales como la superación , la nobleza o el esfuerzo, además de con la explosión de la práctica del antaño denominado salir a correr, hoy running, entre grandes capas de la población española.

La figura del runner se antoja, a simple vista, como una buena metáfora de la vida urbana actual: con el escapismo y el individualismo como señas vitales de la ciudadanía. Sin embargo, aquí pretendemos reflexionar como, además de reflejo de las formas de vida en la fase neoliberal del capitalismo, el discurso público alrededor del running -que no el mero hecho de salir a correr, costumbre saludable que no criticamos- forma parte del repertorio cultural que atraviesa y posibilita la hegemonía neoliberal.

El fenómeno

Durante algunos meses pasé una buena cantidad de horas leyendo páginas web, foros y revistas de running, así como documentando la aparición del fenómeno en prensa, publicidad y mercado editorial (estaba preparando un libro, no se trataba de una afición compulsiva sobrevenida). Fue sencillo observar como el campo semántico que articulaba muchas de aquellas manifestaciones era común a otras instituciones sociales que podríamos calificar como propia de las élites: superación, éxito, coaching, talento, libertad, esfuerzo, actitud, desarrollo personal...

El conjunto de palabras que aislé aparecen, de manera pertinaz, en las presentaciones en power point de las escuelas de negocios, pero también en los libros de autoayuda (los hay por decenas centrados en la práctica de correr, por cierto), y hasta en los memes que inundan las redes sociales preñados de pensamiento positivo. Se trata de un síntoma claro de que la literatura gerencial – management - está contaminando amplias esferas de nuestro día a día. La cuestión se hace carne en la figura de Josef Ajram, gurú que ha popularizado con sus libros, los memes con sus frases y sus apariciones televisivas, las altas finanzas, y que ha adoptado la imagen pública de corredor extremo (en los últimos tiempos muchos directivos han viajado del running a prácticas más exigentes y separadas de común de los mortales como el Ironman o el triatlón).

Si contemplamos el neoliberalismo como fase del capitalismo que tiene una de sus características distintivas en haber desbordado ampliamente el mundo de la producción y sus relaciones sociales, para haber impregnado inmisericordemente todos los recovecos de la vida, la utilización de uno de los deportes en esencia más populares (más allá de su caracterización como deporte, correr es una actividad inherente al ser humano), cobra sentido como agente de aculturación neoliberal.

En realidad, este es un caso de estudio particular, no debemos entender que el discurso alrededor del running es muy diferente al de, por ejemplo, la tan de moda alta cocina, que aparece constantemente asociada la creatividad en el sentido que suele adornar la figura del emprendedor. O tantos otros casos de fenómenos culturales mercantilizados y apropiados por las élites para, consciente o inconscientemente (pero en todo caso de forma coherente con la ideología dominante), apuntalar el individualismo, la competitividad o la distinción social. Hegemonía cultural, se ha llamado.

Contextualización del running

En realidad, el estudio de las relaciones sociales en el deporte en relación con las diferentes fases históricas del capitalismo es un clásico de la Historia o la Sociología. En Weber, Elías o Hobsbawm, encontraremos disecciones del nacimiento de los deportes contemporáneos como raíles de los procesos de nacionalismo o capitalismo industrial. La historiografía británica marxista prestó mucha atención a los deportes de equipo como entrenamiento vital para la nueva situación antropológica del trabajador en la fábrica. Equipos trabajando juntos, sujetos al reloj y compitiendo entre sí. Los ingenieros ingleses expandieron el fútbol por las colonias y sus mercados (en España las minas de Río Tinto y las fundiciones de Irún verían nacer equipos importantes). El deporte sirvió también de ayuda para sacar al obrero de la taberna, auténtico espacio de resistencia a los tiempos estrictos del proceso industrial.

Por otro lado, las organizaciones obreras supieron reapropiarse de los deportes de equipo como método de encuadramiento político y vehículo de solidaridad, produciéndose un intenso debate social entre amateurismo y profesionalismo -y sobre deporte mercantilizado y asociativo-, en el escenario de la sociedad de masas que emerge entorno a los años veinte del siglo pasado. Podríamos situar simbólicamente el punto final del debate en las frustradas Olimpiadas Obreras de 1936 en Barcelona, en las que habrían participado unos 6000 hombres y mujeres de 22 países diferentes de no haberse producido el golpe militar fascista el mismo día que debían haber comenzado, el día 18 de julio.

El caso es que la relación entre el deporte y las nuevas fases del capitalismo que emergen tras la Segunda Guerra Mundial parecen estar mucho menos estudiadas. Durante la segunda mitad del siglo XX, los grandes deportes ingleses de la industrialización van perdiendo progresivamente peso en la práctica habitual de la gente, aunque sigan siendo inmensos fenómenos culturales, mucho más cercanos a espectáculos planetarios en su fase globalizadora y ligada a los mass media, que a prácticas deportivas. Sin embargo, y de manera significativa tras las crisis del petróleo de los años setenta, el número de licencias federativas de deportes individuales -como las diferentes variedades atléticas de correr- va en aumento y, sobre todo, el gimnasio se convierte en una posta ineludible en cualquier barrio.

El jogging, aún menos competitivo y más grupal que la encarnación más asociada al running, es hijo de la sociedad estadounidense posbélica. Durante los años sesenta se ha consolidado el nuevo urbanismo disperso para la clase media blanca que hoy nos es tan familiar a través de las películas, y que es respuesta subvencionada por el gobierno, a través de la construcción de carreteras y créditos a bajo interés, a la desindustrialización, la paranoia securitaria y el creciente miedo de las clases medias a los centros urbanos. Son los tiempos del televisor como centro del hogar, el automóvil como supuesto agente democratizador y los electrodomésticos como salvadores de la mujer, tal y como supo ver Betty Friedan en La mística de la feminidad.

El advenimiento de una sociedad sedentaria, alejada del trabajo manual y motorizada, hizo saltar las alarmas de sociedades cardiológicas e instancias gubernamentales. Aparecieron entonces numerosos métodos de acondicionamiento físico para la ciudadanía de mediana edad, entre los que se llevó la palma el elaborado por Bill Bowerman, conocido por ser unos de los padres del jogging...y uno de los fundadores de Nike.

El running y el capitalismo actual

Durante los años setenta, una parte de las clases medias norteamericanas regresaron a los centros urbanos, que por causa de la desinversión eran ahora chollos inmobiliarios. El fenómeno ha sido denominado por el geógrafo Neil Smith revancha urbana, en alusión a la de expulsión de las clases bajas que habían ocupado los centros (gentrificación). Sin duda, muchos de aquellos pioneros regresaron con las zapatillas de correr en los pies, dando al running la característica inequívocamente urbana que hoy viste.

Tras los frenéticos sesenta, la resaca moral del sida se ha instalado encabalgada con las políticas neoliberales de Reagan y Thatcher. La contrarevolución cultural llegará acompañada de una creciente moralización corporal, que deviene en culpabilización de lo feo y entronización de la virtud encarnada en el cuerpo joven y saludable. Podríamos registrar reflejos culturales tales como los políticos corriendo en las campañas electorales, innumerables productos de entretenimiento (¿quién no ha bailado frente al televisor con Flashdance o Dirty Dancing?)...o el cuerpo esculpido en gimnasio del engominado yuppie de los segundos años ochenta y noventa.

Hoy, la figura del yuppie ha caído en desgracia. Su arrogante estampa se hace ahora detestable, tras la última crisis del capitalismo, pero sus valores continúan dominando incólumes el imaginario del éxito social a través de la figura del emprendedor. El emprendedor, instaurado como nuevo héroe social, se hace aceptable a través de sus hábitos progresistas. Muchos de los emprendedores apelan a la Responsabilidad Social Corporativa, ejercen la caridad -al menos acuden a carreras solidarias-, son conscientes de la necesidad de cuidar el planeta y saben construir una imagen pública atractiva, que incluye la comida sofisticada, los espectáculos urbanos y la exhibición de sus avances deportivos.

De esta manera, lo que el correr tiene de deporte popular queda enterrado en el discurso público que nos inunda bajo un manto que es instrumental a la reproducción del statu quo. La Fundación Créate, que organiza la conocida Carrera del emprendedor, se dedica también a impartir talleres de emprendeduría en colegios. Suma y sigue.

En los meses de preparación del libro que saqué sobre estos asuntos, son muchos los corredores que me han manifestado su hartazgo por toda la parafernalia marketiniana e hipercomercializada que se ha adosado a la actividad de correr. Lo cierto es que, siendo realistas, la correlación de fuerzas hace complicado afirmar que esté en sus manos modificar el campo semántico asociado al running hacia una versión más insumisa con la hegemonía cultural neoliberal. Sin embargo, señalar estos hilos que nos atraviesan socialmente, quizá puedan ayudar en el camino de hacer una impugnación más global, que nos permita liberar nuestros deportes y nuestro día a día. Y hacerlos de nuevo nuestros.

[Nota final de El Libertario: Para discusión adicional sobre este tema, ver la entrevista al autor de este post, publicada con el título de “Contra el running. ¿Acaso hay que correr hasta morir en la ciudad postindustrial? (Entrevista a Luis De La Cruz)” en https://periodicoellibertario.blogspot.com/2016/10/contra-el-running-acaso-hay-que-correr.html.]

[Artículo publicado originalmente en la revista Libre Pensamiento # 90, Madrid, primavera 2017. Número completo de la revista accesible en http://librepensamiento.org/wp-content/uploads/2017/08/LP-90-WEB2.pdf.]


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