lunes, 26 de marzo de 2018

Debate (A): La revolución social pendiente




Revista Libre Pensamiento (Madrid)



* Editorial de la edición # 92 de la revista, publicada en el otoño de 2017.



Han pasado poco más de cien años desde que en octubre de 1917, la Revolución Rusa tuvo lugar, pero, sobre todo, han pasado treinta años desde que en 1989, se produjo la caída del Muro de Berlín y con ello, el desmoronamiento, la desintegración, el desprestigio definitivo, el fracaso a nivel de opinión pública mundial, del comunismo autoritario marxista y de Estado. Las críticas, sublevaciones, rechazos, disidencias... a esa forma de ejercer el comunismo han existido casi desde sus orígenes, desde que se produjo el asalto al “palacio de invierno” por el partido bolchevique, y fueron ejercidas, en primer lugar, por quienes también defendían el comunismo pero libertario, es decir, por el movimiento anarquista, evidenciando así en la práctica las enormes diferencias entre esas dos corrientes de pensamiento y acción que configuraron la creación de la Asociación Internacional de los Trabajadores en 1864.



Por su parte, las respuestas a las críticas siempre han sido la represión, masacre, aniquilamiento de cualquier tipo de disidencias en el interior como en el exterior (majnovismo, Kronstadt, desapariciones, deportaciones en Siberia, destierro en los Gulags para realizar trabajos forzados, aplastamiento de las colectividades libertarias y revolución social española en 1936, invasión de Hungría en 1956, tanques para abortar la Primavera de Praga en 1968...).



Informes como el de Ángel Pestaña en 1922 contra la ideología totalitaria bolchevique; la película alemana de 2006 “La vida de los otros” de Florian Henckel von Donnersmarck evidenciando el control terrorífico de la policía secreta (Stasi) en una sociedad de miedos e intrigas; el libro El fin del homo sovieticus de 2015 de la premio Nobel de literatura, Svetlana Aleksiévich, cuando describe la faz interna de la revolución...; son solo algunos ejemplos que reflejan lo que fue la revolución comunista al crear finalmente una “nueva” sociedad jerarquizada, autoritaria, arbitraria, como lo había sido la zarista, en la que la disidencia se pagaba con la muerte, la deportación o el exilio; una sociedad con una nueva clase social enriquecida y privilegiada formada por los cuadros dirigentes del partido comunista, que intentó homogeneizar al resto de la población erradicando todo vestigio de pensamiento libre.



Pero no nos centraremos en lo que sería la revisión crítica o la lectura libertaria de esta revolución, por el contrario, fijaremos nuestro interés en lo que supuso, lo que todavía supone la caída del Muro de Berlín, para la credibilidad hoy de las luchas revolucionarias, incluso las meramente reivindicativas, del movimiento obrero junto a sus organizaciones, porque ese hecho significó el entierro casi definitivo de todo el cuerpo ideológico de las izquierdas con las consecuencias que ello conlleva de cara a seguir planteando la transformación social, de cara a seguir soñando que la Utopía es posible.



Lo importante no son las explicaciones, justificaciones, interpretaciones, excusas... que desde el mundo marxista, sus intelectuales, artistas, historiografía hagiográfica... dieron o están dando sobre el porqué del fracaso del comunismo marxista sino cómo fue y está siendo percibido por la mayoría de la población mundial, cómo se ha integrado en el imaginario colectivo, qué significó para el statu quo político de la época. Y, en este sentido, no hay duda, para la población, representa el fracaso de la ideología de izquierdas (metiendo en ese mismo saco a todos los movimientos y organizaciones de izquierdas sin más matices); la pérdida de los pocos referentes ideológicos que quedaban; la pérdida de la credibilidad de los valores y señas de identidad de lo público, lo común, lo colectivo, del apoyo mutuo, que la izquierda había representado históricamente.



Por el contrario, el capitalismo, el neoliberalismo, se convirtió en hegemónico, pudo expandirse sin oposición alguna, fue acogido con las manos abiertas por sectores muy importantes de la clase trabajadora, que suscribieron un endeudamiento asfixiante, que sucumbieron e hicieron del consumismo su ideal de felicidad, evidentemente soportado y alentado por los grandes medios de comunicación de masas y hoy por las redes sociales.



Es más, la sensación mundial es que ya no es posible ningún cambio, que no se puede hacer nada, que la historia se ha acabado, que el final está aquí y el poder absolutista (envuelto en la bandera de la democracia parlamentaria) está en manos del neoliberalismo omnímodo, del capitalismo globalizado y la grandes corporaciones transnacionales todopoderosas, dudando de los miles de años que llevamos evolucionando como especie y como sociedad.



Abriendo un pequeño paréntesis, lo mismo que el fracaso de la revolución rusa no le afecta solo al partido comunista sino que se generaliza a todo lo que genéricamente podemos incluir como “izquierdas”, sucede ahora con la proclamación de la república catalana, el independentismo, la aplicación del artículo 155 por parte de los partidos constitucionalistas, etc. En este envite, con el desarrollo político de los acontecimientos, ha perdido, no solo el movimiento soberanista o independentista sino todas las personas y organizaciones de izquierdas (sin matices) que planteen cualquier revisión del modelo de sociedad que tenemos. Se ha fortalecido el españolismo, el patriotismo, el centralismo, el autoritarismo, la añoranza de un franquismo totalitario, los grupos de extrema derecha, la justificación y enaltecimiento de la represión y uso legítimo de la fuerza policial por parte del Estado, se está abriendo el camino del enfrentamiento entre el vecindario...



En esta misma dirección, es todo un síntoma que la ópera “Carmen” de Georges Bizet, dirigida por Calixto Bieito, haya sido censurada para poder ser estrenada en el teatro Real de Madrid el 11 de octubre (sin escenas vejatorias a la bandera española)ignorando cómo se ha podido ver durante décadas por el resto del mundo.



El retroceso en las libertades y los derechos es generalizado y difícilmente volverá atrás. Hoy, por ejemplo, hablar de república (quien lo haga), no ya la catalana, no es aceptable; hablar de España como país plurinacional (quien lo haga) es rupturista; incluso la frivolidad de una camiseta de la selección de futbol hace que la derecha enarbole su integrismo.



El poder, el sistema, a través de su derecha, siempre saca beneficios políticos y ha vuelto a aprovechar, en este caso, la gestión de la crisis catalana, para llevarse por delante no solo al independentismo (desde luego en el resto del país) sino también a todos aquellos grupos y organizaciones que desde la izquierda planteen la reformulación del Estado autonómico, la reforma constitucional o la defensa a ultranza de los derechos y libertades, etc. Los sondeos y encuestas así lo ratifican. Como señala Antonio Méndez Rubio, el Fascismo de baja intensidad

(FBI) se va abriendo camino.



Pero la resignación no forma parte de nuestro vocabulario. No nos vamos a consolar y resignar con que la revolución ya no es posible, con que el proletariado ya hizo la suya, ya tuvo su oportunidad histórica (ahora se cumplen cien años de ella) y el resultado es el fracaso más absoluto. Vamos a seguir trabajando y planificando la revolución que sigue pendiente, la revolución comunista libertaria.



Y es que la población necesita nuevos referentes, los está buscando porque el neoliberalismo no les da todas las soluciones. La crisis sistémica es evidente, las desigualdades sociales son enormes, las guerras, los millones de personas migrantes y refugiadas, el hambre, el cambio climático, la escasez de recursos y de trabajo, la robotización... son nuevos elementos que nos están indicando que la historia de la humanidad no está definitivamente escrita, que sigue existiendo una oportunidad, que existen acicates para que la población recupere su conciencia de clase, empiece a pensar en sus propios intereses y a diferenciarlos de quienes ostentan el poder.



El camino no es fácil, máxime en estos tiempos de globalización planetaria, aunque conviene empezar por poner sobre la mesa qué condiciones se precisan para que dicha revolución sea posible y una de ellas es definir con nitidez quién es hoy la clase trabajadora, o mejor dicho, quiénes son hoy los colectivos que están dispuestos a luchar contra el capitalismo y la dominación. También será fundamental saber qué vamos a transformar en esa revolución pendiente de manera que se vayan sumando quienes no siendo o no sintiéndose aún anticapitalistas, descubran que la revolución es una exigencia social y ética.



Las claves que deben constituir los ejes de la revolución pendiente, los tenemos que inferir de las enseñanzas de la historia para no cometer los mismo errores. Una de ellas es que la tiene que llevar a cabo el pueblo, sin delegar, sin intermediación, sin políticos o partidos que interpreten el cómo, dónde, cuándo de la revolución, desde fuera del sistema, porque esos procesos siempre nos han llevado a la contrarrevolución, a la involución o directamente a lavar la cara del sistema capitalista y fortalecerlo. No vamos a caer en el error nostálgico de asaltar al poder (a través de las elecciones: Podemos, Syriza, Francia Insumisa) para instaurar un nuevo sistema que comience una nueva andadura de las tesis comunistas. La revolución es, en primer lugar, cultural, educativa, antisistema, al margen, desde el margen, contribuyendo a agudizar las grietas del sistema.



Debe desaparecer la propiedad privada y que sea el pueblo de forma colectiva, comunitaria, quien gestione los recursos, bienes, medios de que dispongamos. Hay bienes y recursos que no podemos dejar en manos privadas (agua, energía, semillas, educación, salud, cuidados, reparto del trabajo y de la riqueza, uso de robots...)



Quizás el gran aprendizaje es que no se pueden plantear modelos organizativos que sean jerárquicos, autoritarios, porque el medio y lo fines deben coincidir, porque la libertad sólo se aprende ejerciéndola. Para la revolución es absolutamente imprescindible disponer de libertad de expresión, de comunicación, de desplazamiento, de pensamiento. No podemos comprender desde ninguna lógica libertaria que las sociedades comunistas estén sometidas al autoritarismo, la represión, el engaño, la burocracia, la corrupción, la aniquilación del pensamiento libre.



La sociedad a la que aspiramos, la que nos merecemos como personas, la que emergerá con el comunismo libertario, está gestionada desde la creatividad, la felicidad, la libertad, la justicia social. La historia de la humanidad se sigue escribiendo día a día.



[Número completo de la revista accesible en http://librepensamiento.org/wp-content/uploads/2018/02/LP-92.pdf#new_tab.]




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