lunes, 19 de febrero de 2018

Debate (A): La liberadora conjunción hombre-máquina



Alfredo Vallota

La conjunción hombre-máquina obliga a modificar la lucha social anclada en superar una situación que a todas luces se presenta como fuera del tiempo histórico. No se trata de saber si podemos tener una buena vida, porque sabemos que podemos tenerla, sino determinar de qué manera la vamos a implementar. Es posible asegurar una renta anual planetaria suficiente para garantizar la satisfacción del mínimo de las necesidades de todos, aunque cabe una seria consideración para determinar cuáles son esas necesidades. El problema en este tiempo es cualitativo, concretar un estilo de vida que la materialice, con nuevas formas de agrupamiento humano que permitan superar la justicia (que implícitamente encierra una idea de limitación cuantitativa) por la idea de solidaridad, en una nueva comunidad, organizada espontáneamente, ya que la falta de medios suficientes para la subsistencia no puede ser más excusa para la opresión. Es decir, estructurar una sociedad en el que el mínimo de tareas obligatorias se organice voluntaria o mancomunadamente y podamos disponer no ya de las 8 horas de ocio que reclamaban los viejos luchadores, sino de muchas más. La Venezuela de hoy es uno de los ejemplos más toscos de la absurda situación de anacronismo en el enfoque de soluciones, ya que se dispone de cuantiosos recursos para que toda su gente tenga una vida sin necesidades y se encuentra en una de las situaciones de mayor miseria del último siglo.
 
Me atrevo a decir que el hombre y la tecno-ciencia tiene ante sí un horizonte indefinido, si pensamos que hasta los hallazgos técnicos ya no se deben a resultados casuales sino que enfrentamos un futuro en el que es posible la construcción sistemática de artefactos para resolver todo tipo de problemas y casi podríamos decir que las invenciones son a pedido. Entonces, es hora de hacer realidad lo que decían George y Louise Crowley:
«El hombre pasará de una situación en la cual la sociedad no puede sostenerse sin instituciones coercitivas, como el gobierno y la legislación, a un estado de humanidad en el que estas coacciones institucionalizadas resultarán superfluas y, por tanto, desaparecerán.» (Anarchy #49, p.76)

Éste sería el resultado de culminar la propuesta lanzada en la Modernidad, cuando el saber por el saber aristotélico tradicional se transformó en el saber hacer promovido por Descartes. De esta forma, lo teórico se conjugó con la práctica, la técnica superó el abismo que la había separado del saber y pasó a ser la que le da sentido y, frente al ser natural de las cosas, el hombre pudo inventarles nuevos modos de ser. Se gestó así una eficaz combinación de propuestas teóricas, herramientas lógicas, procedimientos prácticos y herramientas materiales para la ejecución de tareas concretas en la transformación de la naturaleza, que permitieron que hoy se puede mantener una industria con sólo el trabajo del 5% del personal antes empleado, trabajando al mismo nivel y con el mismo rendimiento.

Cuando se han alcanzado logros más que suficientes, es necesario estructurar un nuevo modelo de sociedad que permita disfrutar de esas ventajas, haciéndolas accesible a todo le mundo, sin que el único objetivo sea el beneficio de unos pocos, sean capitalistas, revolucionarios o iluminados religiosos. Lo que hemos de corregir es el ánimo que conduce y ha conducido la tecno-ciencia hasta hoy, que no ha sido otro que asegurar la mayor proporción de beneficios al sector dominante, cualquiera que sea.

Cuando nos disponemos a pensar en esto, en las maneras de distribuir la riqueza y los bienes que la tecno-ciencia nos brinda, abundan los prejuicios y las expresiones cargadas de sentimientos negativos, que hacen difícil la búsqueda de soluciones: ¿Dar dinero a los haraganes?  ¿Darle lo mismo a los que ganamos honradamente nuestro pan trabajando que a los vagos que leen filosofía o tocan guitarra? ¿Distribuir por igual el dinero obtenido con el esfuerzo entre los zánganos y los trabajadores? Al escuchar esto apreciamos la perversa identificación que se hace entre el trabajo y el dinero, así como entre la satisfacción de necesidades y el dinero, por lo que hemos llegado a relacionar el trabajo y la necesidad con la mediación del dinero, sin atender a que es el dinero el que hace posible el lucro, la explotación y la necesidad.

Si las necesidades humanas se pueden satisfacer sin trabajo, entonces el dinero que se paga por el trabajo debería dejar de ser el instrumento determinante de la distribución de beneficios. Los beneficios quizás se relacionen con los bienes disponibles, con la capacidad tecno-científica, con las necesidades o con otros factores, pero de ninguna manera con el dinero que se reciba por el trabajo invertido para producirlo. Hoy el provecho de una empresa está más relacionado con la inversión tecno-científica que con el esfuerzo físico de sus trabajadores. Si seguimos haciendo depender del trabajo la satisfacción de las urgencias de la gente y el trabajo obtiene su porción de beneficios según su participación en la producción de riqueza, inexorablemente millones de trabajadores van a la miseria, la inanición, la degradación y la muerte. La situación es mucho más urgente, seria y grave que cualquier otro aspecto negativo que pueda tener la tecno-ciencia. Nuestra calidad humana ha sido devastada por una supervivencia de viejos valores, pero ha llegado el momento de que aprendamos a vivir nuevamente como seres humanos y no como esclavos del trabajo y la necesidad. Este cambio, el verdadero problema del siglo XXI, ha sido posible gracias a la tecno-ciencia e impone una modificación radical de toda nuestra estructura social, institucional, educativa y política. La alternativa trabajar-producir-consumir o sufrir penurias se ha transformado radicalmente porque el problema es distribuir lo que las máquinas pueden hacer, trayendo como consecuencia la necesidad de modificar los principios que rigen actualmente toda la institucionalización adoptada.

Curiosamente, en las sociedades primitivas, pre-estatales, la distribución nunca fue un problema, y en cambio lo era la producción. En las nuestras, el problema no es producir sino distribuir y por ello no siempre la visión del pasado reciente bolivariano, marxista, liberal, socialista o cristiano, puede aportar soluciones al presente ya que los problemas son otros. En esto, dentro de las corrientes tradicionales del socialismo, el pensamiento anarquista es quien ofrece mejores perspectivas porque nunca sacrificó el ideal supremo de la libertad y la autonomía a la solución de problemas coyunturales, sin prejuicios ni ataduras para pensar nuevas formas de convivencia(Al respecto, ver lo expuesto en N. Méndez y A. Vallota: Bitácora de la utopía, Ediciones de la Biblioteca UCV, Caracas, 2001).

Nos hemos vuelto masoquistas y, de tanto ensalzar el trabajo pareciera que no podemos vivir sin él,  teniendo una buena vida, ociosa y creativa, en la que el trabajo sea una opción más del gusto personal y la solidaridad. Claro que es difícil vencer los prejuicios y condicionamientos para pensar en una organización social sin necesidad de trabajar, mejor dicho, sin la obligación de trabajar, como condición para satisfacer nuestras necesidades, aunque esto representa el verdadero desafío, que no es otro que construir autónomamente nuestra propia existencia haciéndonos responsables hasta de  nuestra propia cara. La cuestión de hoy no es si la tecno-ciencia puede hacer que el hombre supere sus necesidades sin trabajar, el viejo sueño cartesiano, sino reclamar los beneficios derivados de haberlo logrado gracias al sacrificio de millones de hombres que nos antecedieron. El siguiente y más desafiante problema, y mucho más interesante, es indagar qué ha de ser lo que de sentido a esta nueva existencia que la meta-tecno-ciencia ha delineado.

Tal es el verdadero dilema de nuestro tiempo, a pesar de que en muchas regiones del planeta, como en América Latina, todavía nos mantengan en la indigencia haciéndonos creer que la solución está en conseguir una chamba o un laburo mal pagado. El verdadero desafío del futuro es plantearnos qué hacer con el tiempo libre sin morirnos de hambre en el intento. Podría ser que la tradicional flojera o fiaca que se nos atribuye, esa capacidad que tenemos para inventar la vida sin hacer nada productivo, fuera condición favorable para pensar ese futuro en el que, si utilizamos los servicios de nuestros siervos, los sistemas automatizados, con inteligencia y valentía, tenemos la oportunidad de construir una civilización verdaderamente superior para todos. Propuestas para hacerla hay, pero sería asunto de otra reflexión.

[Texto extraído del trabajo más extenso, títulado "La técnica y el desafío del siglo XXI", publicado originalmente en la revista El Cuervo # 31, Universidad de Puerto Rico - recinto Aguadilla, 2do, semestre 2004.]


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