domingo, 25 de febrero de 2018

Contra la monetarización y sus supuestas alternativas (incluido el “petro” y demás cripromonedas)



Revista Al Margen

Desde los lejanos tiempos neolíticos, a partir de la sedentarización y el desarrollo de la agricultura y la ganadería, en los años de buenas cosechas o de notable fertilidad del ganado, se producían acumulaciones de existencias que -al menos eso pensaban ciertas personas de aquella época- no podían resolverse únicamente mediante el trueque. Esa situación propició el nacimiento de determinadas formas de intercambio simbólico y la aparición de formas arcaicas de moneda. Esa moneda siempre venía condicionada por una cuestión de confianza en el emisor, dado que su valor real de cambio solía ser siempre superior e independiente de su valor de uso, un valor de uso que -dado que las monedas no se comen- era prácticamente nulo.
 
Andando el tiempo se generalizó y ritualizó el intercambio de productos por monedas. Muy posteriormente se dio un nuevo paso con la introducción del papel moneda, especie de pagarés de valor material todavía menor que el del metal y más metafísico (páguese al portador...) y así hasta ahora mismo en que desde el inicio del tercer milenio y la generalización de la sociedad cibernética, se están produciendo cambios significativos en aras de una cada vez mayor “virtualización” del dinero. Cada vez más va desapareciendo su condición material y la mayoría de transacciones ya se producen de manera virtual, sin necesidad de soporte físico alguno. Incluso un estadio intermedio como eran las tarjetas de plástico de crédito y débito, está desapareciendo por momentos, siendo sustituidas por la pantalla táctil del teléfono móvil que conecta directamente con la entidad bancaria respectiva y elimina tiempos muertos, intermediaciones, costes y claro está, trabajadores bancarios.

También a partir del comienzo del tercer milenio y de la progresiva universalización de las comunicaciones a través de las redes de internet, han aparecido determinados tipos de monedas virtuales –bitcoin, ethereum, ripple, dash [y en Venezuela el petro, promovido por el Estado]– que prometen una rentabilidad muy superior a la de los depósitos bancarios que en estos momentos es prácticamente nula. Más allá del hecho de la fragilidad de un soporte que en cualquier momento puede convertir las supuestas ganancias en algo tan virtual y volátil como la propia moneda, nos encontramos con fuertes movimientos especulativos y de blanqueo de capitales dentro de un contexto que recuerda intensamente otras situaciones de burbuja, tan frecuentes en la economía capitalista de mercado. En cualquier caso, junto a la previsible ruina de los pequeños inversores más codiciosos e ingenuos, siempre habrá quien obtenga ganancias al pescar en río revuelto. Los grandes capitales, como de costumbre, no se verán afectados: la Bolsa de Chicago ya ha anunciado que lanzará una emisión del mercado de futuros sobre bitcoins y la hiperplataforma de ventas Amazon ya estudia que sus transacciones puedan hacerse en esta moneda. A pesar de ello, todas estas llamadas criptomonedas pueden hacer honor a su prefijo (kripto=oculto) y, en lugar de hacer referencia a lo inabordable de su acceso para los hackers, se refiera a la posibilidad de ocultarse y desaparecer en cualquier momento para, teniendo en cuenta la velocidad a la que se suceden los cambios en la sociedad capitalista y lo efímero de tantas de sus propuestas, dar paso a nuevas formas de intercambio, más rentables si cabe para los de siempre.

Frente a todo este montaje universal, de monedas supuestamente alternativas, coexisten multitud de pequeñas y variadas experiencias empeñadas en humanizar los intercambios entre las personas y luchar contra el consumismo desaforado. Centradas en pequeñas comunidades –lo pequeño es bello– desarrollan imaginativas propuestas que van desde cooperativas autogestionadas de producción y consumo que diseñan sus propios sistemas de intercambio a colectividades en pueblos y barrios que han comenzado, con la colaboración del pequeño comercio local, a implementar formas imaginativas y solidarias de vivir en lo posible más allá del euro. Con recursos y margen de maniobra limitados, tropezando con numerosos obstáculos, demuestran que frente a la dictadura de los grandes capitales, algo se está moviendo y poco a poco, de manera lenta pero constante, están estableciendo islas y archipiélagos de intercambios y ayuda mutua que vienen a negar la letra de aquel viejo tema musical: “sin dinero ya no hay rock&roll”, pues no, sin dinero sí que puede haber rock&roll y ganas de vivir a raudales.

[Publicado originalmente como Editorial de la revista Al Margen # 104, Valencia (Esp.), invierno 2017. Número completo accesible en http://rojoynegro.info/publicacion/al-margen-n%C2%BA-104-invierno-2017-0.]


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nos interesa el debate, la confrontación de ideas y el disenso. Pero si tu comentario es sólo para descalificaciones sin argumentos, o mentiras falaces, no será publicado. Hay muchos sitios del gobierno venezolano donde gustosa y rápidamente publican ese tipo de comunicaciones.