miércoles, 13 de diciembre de 2017
La crítica al poder como elemento del pensamiento político anarquista
Sebastián Endara
“El materialismo niega el libre arbitrio y llega a la constitución de la libertad; el idealismo, en nombre de la dignidad humana, proclama el libre arbitrio y sobre las ruinas de toda libertad, funda la autoridad”.
Mijaíl Bakunin
Comencemos diciendo que “la anarquía es una figura, un principio organizativo, un modo de representación de lo político”. (Colombo, 2014, p.78). Este principio se expresa en el rechazo a la jerarquía [4] como consecuencia de su oposición a todo tipo de imposición que afecte la libertad y la capacidad de las personas de decidir autónomamente, los modos de convivencia e integración social en los que se desenvuelven. Detrás de esta postura se puede advertir la concepción de un tipo de ordenación que no se basa en la obediencia y la obligación, sino en el consenso y la responsabilidad.
Naturalmente desde este enfoque también se modifica un conjunto de rasgos que hacían impensables la posibilidad de una organización sin algún nivel de subordinación y jerarquía, al dejar de concebir el orden como resultado de la coacción [5]. Al contrario, a partir de las ideas de consenso, responsabilidad y libertad, se renueva la inquietud por alcanzar una forma de vida equitativa y equilibrada en la estructuración de una plataforma de organización que no responda a la forma asignada por la comprensión tradicional del poder gestionado desde una determinada legitimación de la autoridad, sino por la simple asociación libre y voluntaria, que al no surgir del principio de sometimiento, se propone de hecho como explícitamente insumisa [6].
Es probable que el carácter contestatario de las organizaciones horizontales frente a la hegemonía de la estructuración política verticalista, haya ensombrecido su praxis alternativa así como sus fértiles reflexiones sobre la configuración de mecanismos coherentes -pero inusuales-, para viabilizar una auténtica democracia. Esto de alguna manera explicaría la utopización descalificadora de la cual ha sido objeto tradicional, toda postura que directa o indirectamente haya planteado o plantee la destrucción del orden establecido, pues lo establecido sería incapaz de asumir su deconstitución desde su propia “topología social”.
Desde esta perspectiva “el cambio” solo es posible pensarlo en términos del perfeccionamiento de lo dado; y su superación, solo desde un lugar de enunciación y pensamiento sin cabida en la totalidad del orden establecido, convirtiendo cualquier postura que insista en ello, en utópica, o en otras palabras, irrealizable desde el ordenamiento existente, en la medida que plantea su derogación.
Esto no significa que el orden establecido no haya prediseñado un proyecto de reproducción y perfeccionamiento infinito de sus condiciones de existencia. De hecho, “como deseo o plan ideal”, la utopía también habría sido usada para imponer el sueño de lo establecido. No obstante, parafraseando a Robert Nozick, la diferencia entre una y otra “utopía”, radicaría en que en “un mundo libre no se podría imponer la utopía de uno, sobre la del resto”, por lo que existiría una involución retardataria, hasta cierto punto natural, dentro de sistemas basados en el autoritarismo y el sofocamiento de la libertad, que a través de diversas disciplinas del control, anulan la posibilidad de entender que la autoridad “no es” el alma de la organización social, tal como pensaba Errico Malatesta. En esa medida el anarquismo plantea la posibilidad de una sociedad organizada lejos del principio de la autoridad, entendiendo por autoridad la facultad de “imponer” una voluntad. Según Antonio Monclús, de este debate surgirán tanto los autoritaristas, es decir aquellos que creen que la organización no puede existir sin autoridad, como los libertarios o aquellos que creen en la capacidad de organización social a partir de la libertad. Nótese que el énfasis no está asentado tanto en la extinción de la voluntad, necesaria en cualquier proceso de organización, sino en la “negación de la imposición” de uno sobre otro.
Por lo tanto, la opción por una organización social que prescinda del Estado (y su lógica jerárquica de ordenamiento y de gobierno), como plantea el anarquismo, no necesariamente conlleva el caos, el desorden, ni la confusión; el anarquismo no es una anomia, simplemente no admite una organización basada en la relación dominante - dominado. Muy por el contrario, este tipo de organización en red, horizontal, implica un nivel de precisión hasta en las minucias, con lo cual se hace necesaria la participación activa de todos los asociados en el mantenimiento de un proceso donde impera la democracia directa, no necesita de líderes y está efectivamente en manos del pueblo, y más específicamente, en la figura del individuo, sin que con ello se deba malinterpretar, -gracias a inspiraciones liberales y neoliberales-, que un individuo está opuesto a la sociedad, como un misántropo. Al contrario, el individuo es un producto social, la sociedad es la condición necesaria del individuo. Por lo que el poder enmanos del pueblo compuesto por personas, por individuos deliberantes, significa la instauración de la “capacidad” de una sociedad viva, de proponer sus propias reglas, superando a la figura del Estado como la expresión más aberrante de la monopolización del poder.
En este punto, no es inútil recordar que democracia significa “poder del pueblo”. Una breve inspección etimológica nos ratificaría que este poder convertido en uno de los fenómenos cualitativos de mayor significación para el “desarrollo” de la humanidad, no tiene nada que ver con el poder violento, solipsista e irreflexivo de los ‘potis, jefes o líderes que aparecieron con las primeras hordas y la incipiente articulación de la vida social, sino con una organización evolucionada, una organización colectiva de participación equitativa, de disputa, de acuerdos y consensos en relación con aquellos asuntos que son de importancia para todos. Para el primer poder mencionado, digámoslo así, bruto, los griegos tenían, según el investigador Mariano Grondona, el término arkhein del que proviene la palabra arkhos de la cual probablemente se desprenden algunas definiciones vinculadas a este sistema de poder, como monarquía (el poder de uno) u oligarquía (el poder de algunos). A su vez, para el poder colectivo entendido como capacidad popular, fundamentada en la razón y la libertad, se utilizaba la palabra kratos, de donde provienen términos como democracia (el poder del pueblo) en donde, al menos en teoría, es virtualmente imposible aquel poder de los potis, “el despotismo”, puesto que el fundamento racional de la democracia se asienta en la introducción del nomos o norma abstracta acuñada por los miembros de un pueblo con el objetivo de ordenarse y auto organizarse. Pero como bien afirma Eduardo Colombo, “el elemento determinante en la creación griega de la democracia o de la política, no es el reino de la ley, o de la igualdad ante la ley –isonomía–, o del derecho, sino la posibilidad de cuestionar la ley, de poder pensar y decir no, de criticarla y de cambiarla. El nacimiento de la libertad política va acompañada de la apropiación colectiva del principio instituyente (Colombo, 2014, p.107) [7].
Notas
[4] Jerarquía. (De hierarquía). Gradación de personas, valores o dignidades. Organización por categorías o grados de importancia entre diversas
personas o cosas. Cada uno de los niveles o grados dentro de una organización.
[5] Coacción. (Del lat. coactĭo,-ōnis). Fuerza o violencia que se hace a alguien para obligarlo a que diga o ejecute algo.
[6] Inobediente, rebelde. Rechazo a integrarse en una determinada organización, o a cumplir determinado requisito que le es exigido a un ciudadano,
normalmente desde el Estado, amparándose en razones de conciencia.
[7] De manera muy lúcida Colombo muestra que “la libertad, tanto pública como privada, fue aceptada por amigos y enemigos como una de las bases del régimen democrático; y, evidentemente, también fue reconocida una de las condiciones de esa libertad: la isonomía o igualdad frente a la ley, que se expresaba como una libertad positiva bajo la forma de isegoría, que se puede traducir como «igualdad en el ágora» y que recubre el derecho de todo ciudadano a dirigir la palabra al demos reunido (igualdad de palabra). La igualdad fue siempre la proposición inaceptable, el blanco de todos los enemigos de la democracia, además del hecho de que nunca existió plenamente en la práctica, “allí donde subsisten desigualdades en la fortuna, las relaciones, la autoridad política”. (…) De esta manera la forma política del poder en un régimen democrático se opone, en teoría, a lo que podría llamarse la autoridad del amo (despotikê arkhê, o en latín potestas)”.
[Sección de un artículo mas extenso, titulado "La postura política anarquista; o una puerta al pensamiento utópico contemporáneo", que en versión completa es accesible en https://publicaciones.ucuenca.edu.ec/ojs/index.php/REP/article/view/605/pdf_1.]

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