martes, 17 de octubre de 2017

“Mujeres Libres”: Los ecos que resuenan en el presente



Laura Vicente

* Este texto recoge las Conclusiones del artículo de igual título publicado originalmente en la revista Libre Pensamiento # 91, Madrid, verano 2017. El artículo está basado en la ponencia presentada ante las jornadas conmemorativas del 80° aniversario de la fundación de la Federación Nacional de “Mujeres Libres”, realizadas en Madrid a principios de septiembre de 2017.

He afirmado al principio de este artículo que carecía de interés la mera reconstrucción de una realidad pasada y conmemorativa, por ello las conclusiones están orientadas a destacar la actualidad del pasado, los ecos que resuenan en el presente.

Dentro del feminismo anarquista existieron conceptos básicos como la autogestión, la acción directa y el rechazo a la política institucional que han sido claves. Sin embargo no se incorporó la noción de anarquía, en su sentido más provocador y subversivo, a la práctica subversiva llevada a a cabo en la larga genealogía relatada en este artículo. Entendemos la anarquía (siguiendo a Daniel Colson en su Pequeño léxico filosófico del anarquismo) como rechazo de todo principio inicial, de toda causa primera, de toda dependencia de las personas frente a un origen único que a lo largo de la historia ha adoptado formas diferentes (dios, nación, partido e incluso revolución). La anarquía, por el contrario, es la afirmación de lo múltiple, de la diversidad ilimitada de los seres y de su capacidad para componer un mundo sin jerarquías, sin dominación, sin subordinación, sin otras dependencias que la libre asociación de fuerzas radicalmente libres y autónomas. Esta manera de entenderla desarrolla un aspecto clave dentro del feminismo que es la construcción de nuevas subjetividades que pudieran desarrollar la capacidad de las personas para expresar el poder de que son portadoras en sí, de tal forma que pudieran reconocerse y asociarse sin necesidad de renunciar a la diferencia o a la contradicción. Sin duda este planteamiento está presente en la defe4nsa del humanismo integral de “Mujeres Libres” que no se llegó a desarrollar plenamente. Es cierto que siempre se partió de la idea de que la lucha no era en contra del hombre y que una auténtica emancipación tenía que contar con él. La emancipación humana era un frente común en contra del autoritarismo y mientras se llegaba a ese objetivo, algunas “mujeres libres” clamaron por la necesidad del apoyo mutuo y el reconocimiento de autoridad entre ellas, es decir, el establecimiento de una red de cordialidad entre las mujeres como afirmó Lucía Sánchez Saornil en 1936 (una aportación que enlaza con lo que hoy se denomina sororidad).

En el legado que “Mujeres Libres” transmitió fue especialmente valioso comprender que la opresión brotaba de todos los ámbitos de lo social y que no se limitaba solo a la explotación económica. El concepto de opresión, que incidía en cualquier tipo de institución o situación que supusiera la limitación de la libertad, se entendió como antítesis de la autoridad que nacía cuando la sociedad delegaba su poder de decisión en las instituciones y se dejaba gobernar por el Estado. Desde esta perspectiva era especialmente importante el concepto de rebelión, más que de revolución, que procedía del legado anarquista y que era entendido como subversión de los valores más profundos y enraizados en cada persona, eliminando los prejuicios basados en la cultura cristiana y burguesa. La rebelión tenía una dimensión ética que convertía la cultura y la educación en elementos fundamentales, por eso se fijaban en aspectos claves de la existencia: alimentación, familia, amor, sexualidad, relación y respeto a la naturaleza, etc. La rebelión, entendida así, tenía, y tiene, un papel protagonista en la lucha de las mujeres pero tampoco se desarrolló plenamente para integrarlo en el feminismo anarquista.

La defensa de la libertad femenina constituyó otro legado importante de “Mujeres Libres” que se fundamentó enb el desarrollo de la independencia psicológica y de la autoestima solo factible poniendo en valor, además de la lucha social, la lucha individual, la llamada “emancipación interna” por la que clamaban Teresa Claramunt y Emma Goldman. De este modo, las mujeres se convertían en sujetos de su proceso de liberación, que no solo se basaba en la independencia económica, sino en el empoderamiento y la afirmación de la personalidad femenina.

De estos planteamientos se deriva un rasgo fundamental, el antiautoritarismo, una conexión fundamental con el feminismo puesto que la defensa de la libertad en el ámbito privado y social suponían el cuest5ionamiento de la familia patriarcal, la desigualdad entre los sexos y las actitudes dogmáticas y autoritarias (amor libre, parejas igualitarias, libertad sexual, autonomía económica y personal de las mujeres…).

Estos ecos del pasado hubieran merecido más atención de la que se les prestó cuando el legado de “Mujeres Libres” empezó a conocerse a partir de la segunda mitad de la década de 1970. No se han extinguido, aún siguen sonando.


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