domingo, 25 de junio de 2017
Recordando a víctima de la represión: “El orgullo no es por ser héroe, sino porque iba a ser médico”
Marcos Valverde (Correo del Caroní)
El hombre, ni tan calvo, ni tan gordo, vecino de la calle de la familia respira profundamente y señala: “¿ves la chaguarama y los mangos de más allá? Ahí vas a encontrar la casa”. Más adelante, otro vecino, se queda unos segundos en silencio. El respiro. El silencio. Hay un impacto momentáneo cuando se pregunta por la casa de los Puga, la familia cuyo hijo del medio estuvo acá el 14 de mayo, Día de las madres. Estuvo. Por última vez, además, antes de que dejara de ser un anónimo y su nombre fuese detonante de indignación nacional. Él, que creció aquí, en Manoa, San Félix. El niño entusiasta que estudió preescolar, primaria y bachillerato en el Colegio Nuestra Señora de Fátima. El impacto más desgraciado del 24 de mayo en el Decanato de la UDO de Ciudad Bolívar. El ahínco hecho persona. Los 22 años que se esfumaron con un balazo en la cabeza. Augusto Puga.
En la casa están los habituales de estos días: César, el padre; Carmen Teresa, la madre; y David, el hermano menor. El mayor, que ahora vive afuera, estuvo ese Día de la madre: fue la sorpresa, el mejor regalo. Los tres hijos reunidos. No podían pedir más. La familia en pleno. Nada les haría siquiera imaginar lo que vendría una semana y media después. Porque todo parecía perfecto. Todo. Así lo explica ahora, de negro, Carmen Teresa.
Él se graduó de bachiller en el 2013. En el 2014 ingresó en la Universidad de Oriente, por Enfermería. Vimos que cuando era niño atendió una perrita que no podía parir. Se puso una bolsa plástica en las manos y le sacó los perros. En estos días estaba estudiando Anatomía: El viernes 27 iba a presentar el primer parcial de Anatomía. Ese domingo compartimos, comimos, jugamos. Recuerdo que la noche anterior: él me escribió: Bendición, mamá. Te quiero. Le dije: Dios te bendiga. Mamá, no me has dicho que me quieres. Sí, sí te quiero, hijo.
La noche anterior”. Carmen Teresa interviene poco. Prefiere asentir. Mira a David (idéntico a Augusto Sergio, por cierto). Con “la noche anterior” se refiere a la del 23 de mayo de 2017. La anterior al día que impuso en la sala de la casa un altar improvisado: un casco amarillo (del paramédico que atendió a Augusto). Unos lentes (que, como tributo, le dejó un amigo en la urna). Una Biblia (que una señora le regaló el mismo día de su asesinato). Una bandera de Venezuela. Un birrete y una medalla (de su graduación de bachiller). Una vela. Y un pendón: Augusto Sergio entre nubes.
Esta mañana, la del jueves 22 de junio, estuvieron en una misa en la redoma La India. Una misa en honor a Augusto. Allí escuchó algunas cosas. Las mismas que ha escuchado desde hace un mes: héroe. Valiente. Qué va. Dice que no. Él no quería ver a un héroe o a un valiente: él quería ver a su hijo como médico. Por ello, esa “noche anterior” le escribió un mensaje: “Cuídate, no andes de noche por allá. Las cosas no están bien en el país”. Lacónico, respondió: “Ok, papá”. Fue la última vez que se comunicaron. Eso fue “la noche anterior”. César toma la palabra. De negro, también.
Siempre hemos estado a bajo perfil. Si mi hijo hubiese sido un guarimbero, yo me callo la boca. Pero no andaba en eso. Les decía a mis hijos: no anden por allí, porque viene un coño e’ madre de esos (policías) y les pega un tiro. No era el héroe que dicen, ni el libertador que pretenden usar. Yo no puedo hacer nada, no puedo evitarlo. Si la muerte de mi hijo era designio de Dios, que es algo que no se me mete en la cabeza, pero si era un propósito y si de algo sirve esa muerte, que sirva para acomodar lo que pasa en el país. Pero el orgullo que siento por mi hijo no es por héroe, sino por lo que iba a ser. Yo ponía la boca grande cuando hablaba de él porque era un estudiante que sabía. Lo de héroe no lo va a calmar ni me lo va a devolver.
* * *
En el morral que Augusto tenía el día de su asesinato encontraron más evidencias de su metodología: el libro de Anatomía ordenado escrupulosamente con marcadores amarillos. Resaltadores. Un cepillo de dientes. Y los cuadernos.
En uno de ellos había una lista, escrita, deduce Carmen Teresa, a comienzos de año: “Ser médico. Crecer a nivel personal. Mejorar la paciencia. Lograr todos mis proyectos. Mantener una relación estable. Viajar y disfrutar. Buscar proyectos futuros difíciles para lograrlos. Aprender inglés e italiano. Hacer un curso en postres y tortas”.
Los últimos días giraron en torno del parcial de Anatomía: el parcial de Anatomía que no pudo presentar. Porque su anatomía la trasgredió aquella bala de un policía dentro del Decanato: ese edificio que utilizó como refugio y terminó convertido en su cadalso.
Él estaba en el rosario que hicieron por unos muchachos que habían detenido el día anterior. Fue un desastre y los persiguieron hasta dentro del Decanato. Fue un amigo, Daniel, que me llamó al momento que le habían disparado a Augusto. Que ya no podía hablar por teléfono porque se los llevaron, les cayeron a golpes. Lo golpearon tanto (a Daniel) que no puede escuchar por un oído. A otros les dieron con una tabla que tenía un clavo.
Nos fuimos para Ciudad Bolívar. Lo conseguí con media vida… yo cuando lo vi ya supe… Duró mucho: cuatro horas. A mi esposa le dio un shock. Eso fue…
Yo no quiero que agarren esto para política. Quiero que paguen legalmente. Estamos buscando que esto no quede impune. Yo estuve en la primera audiencia (la de los policías involucrados). Tuve que verlos cara a cara: volteé y los vi. Le dije a la juez que quería justicia. Que no tenemos que callarnos, que ya basta de callarnos. La mayoría bajó la cara. Hay uno que me vio de frente. No me vio con cara desafiante ni nada: solo me vio.
* * *
“¿A quién que le pase una cosa de esas va a estar de acuerdo con el sistema? ¿Cómo puedo confiar en quien mató a mi hijo? Cuando le dispararon a Augusto en la cabeza, a mí me dispararon en el corazón”, dice, con más linealidad que desespero, Carmen Teresa. Sabe que un instante, el instante en el que un policía del estado Bolívar disparó, le quitó a ella el equilibrio del resto de su vida. Augusto solo vive en el recuerdo.
En ese momento, David discrepa de los dos: “Mi hermano fue héroe, pero que utilicen su nombre sin consultarlo, no me parece. Me decía que no me podía conformar ni estudiar como los demás, sino a mi manera. Le tenía mucho respeto”.
Augusto, médico. Augusto, el cocinero y vendedor de marquesas. Augusto, el trabajador de fines de semana de una tienda de ropa del Orinokia Mall, en Puerto Ordaz. Augusto, futuro empresario. Augusto, futuro médico. Augusto, el que no podrá ser. Y César habla de nuevo.
Si le mandaban un trabajo para el jueves, nos tenía el chichón desde el lunes. Ayudaba a todos sus compañeros. Si estaban mal en una materia, explicaba para que fueran a la par con él. Quería todo ya: ser doctor, tener una clínica, todas esas cosas. Le decía: hijo, ¿por qué no estudias una carrera aquí (en Ciudad Guayana)? Estás aquí, comes de lo que nosotros comemos. Me dijo de una vez que no. Era muy metódico. En su WhatsApp tenía este mensaje: “Del desvelo vienen buenas cosas y de decepciones, sueños mejores”. Esto era él.
* * *
A modo de epílogo: cuando la conversación con los Puga termina, en los grupos periodísticos de WhatsApp los mensajes se desparraman: una nueva víctima de la represión. David José Vallenilla. Técnico superior universitario en Enfermería. Fusilado a perdigonazos por un militar en frente de la Base Aérea La Carlota. 22 años.
Como Augusto Puga.
Imposible no compartirlo.
César mira y emite un gesto de desaprobación: “Es que esto se tiene que acabar”.
22 años, los dos.
Entregados al estudio de la medicina, los dos.
Jóvenes, los dos.
El futuro, los dos.
Ya no están. Ninguno de los dos.
Los asesinaron.
A los dos.
[Tomado de http://www.correodelcaroni.com/index.php/cdad/item/57081-padres-y-hermano-de-augusto-puga-el-orgullo-no-es-por-ser-heroe-sino-porque-iba-a-ser-medico.]

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