viernes, 5 de mayo de 2017

Empeño autoritario de Maduro ha matado a 35 venezolanos en un mes de protestas



Marcos Valverde (Correo del Caroní)

Todo pudo evitarse accediendo a contarse. Pero las mieles del poder han podido más y en un mes Nicolás Maduro ha echado a rodar toda la capacidad inventiva de la que él y sus adláteres son capaces para impedir, a toda costa, perder el gobierno. Tal empeño ha extremado las prácticas represivas que se vieron en 2014 y han dejado, además de los 35 muertos, por los menos mil heridos y más de mil 700 detenciones.

Como si la escasez, como si los casi 28 mil asesinados de 2016, como si el cercenamiento del derecho constitucional al referendo revocatorio presidencial, como si la tramoya para anular los comicios regionales y como si el hambre matando venezolanos no fuesen suficiente, a finales de marzo el gobierno de Nicolás Maduro se inventó una nueva: un golpe de Estado contra la Asamblea Nacional.

Por la vía de una sentencia, y en abierto favorecimiento al Poder Ejecutivo, el Tribunal Supremo de Justicia determinó que el Parlamento democráticamente electo por 14 millones de venezolanos el 6 de diciembre de 2015 estaba en desacato. Y a pesar de que 24 horas después hubo el famoso recule a raíz de la declaración de Luisa Ortega Díaz diciendo por todo el cañón que aquello era un golpe de Estado, la sociedad democrática y la oposición organizada actuaron. Como lo siguen haciendo, en la calle. En esa circunstancia, el país cumple un mes protestando. Ese el mes en el que Nicolás Maduro ha desplegado todo el poder que transita por las vías de un control abusivo del Estado. En otras palabras, del autoritarismo.

¿Todo por qué? Porque ceder implicaría perder el poder. Frente a ello, la oposición ha mantenido la bandera de cuatro coordenadas básicas: el respeto a las competencias de la Asamblea Nacional, elecciones generales, apertura del canal humanitario y liberación de todos los presos políticos. No puede -no debe- importar que bravatas mediante, Maduro y adláteres pretendan apocar el ánimo de protesta: la calle no se abandona. Por eso, la represión. Por eso, 35 personas han sido asesinadas, según cifras del Ministerio Público, y más de 1.700 han sido detenidas, de acuerdo con el Foro Penal. Todo en este mes convulso.

Seguidillas y subibajas

A muchos les suena a derrota. A claudicación. A que de nada ha servido. A que para qué seguir. Pero el costo para el Gobierno ha sido altísimo. Tome en cuenta a Luisa Ortega, quien fue, digamos, la que abrió el chorro de los pronunciamientos, y otros connacionales: el hijo del defensor del Pueblo, el diputado del Gran Polo Patriótico Eustoquio Contreras y hasta el director de orquestas Gustavo Dudamel, quien, aunque a capriccio, ya le mandó un mensaje a Maduro en si mayor: frena la represión.

Tómese en cuenta, además, lo que vino desde afuera: la Organización de Estados Americanos, con Luis Almagro en la vocería, señalando que aquí hay una dictadura. O la Organización de Naciones Unidas (ONU) pidiendo en no pocas ocasiones que se respete la separación de poderes. O Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, México, Paraguay, Perú y Uruguay preocupados porque aquí están matando gente. Por hablar del hemisferio, nomás. Hay, además, la parte menos formal del asunto pero igualmente trascendente en las intenciones: Juan Luis Guerra, Zeta Bosio, Ricky Martin, Jencarlos Canela, Nicky Jam, Zion & Lennox y J. Baldwin y hasta la Tigresa de Oriente, sin contar al futbolista Paolo Maldini, han pedido la paz para esta guerra, Gilberto Santa Rosa dixit. Pero no es un asunto de guerra: es de la negación absoluta y empecinada de la democracia: la terquedad de mantener, a como dé lugar, el control institucional.

El porqué

Ese empecinamiento no es fortuito. Mantener las instituciones (salvo la Asamblea Nacional) ha sido un trabajo meticuloso por parte de Nicolás Maduro porque es lo único que puede tener a su favor. El respaldo popular lo perdió dilapidándolo entre la ineficacia y la corrupción de moño suelto que caracteriza su gestión. La muestra de ello ha sido este mes. Este mes de, al menos mil heridos y 33 muertes. Una más escabrosa que la anterior. Tanto por sus formas como por lo inadvertidas que han pasado para el Gobierno: mientras hay asesinatos, Nicolás Maduro, guapo y despreocupado, baila.

Ha sido el mes de la monja y del guardia. Del hombre desnudo entre lacrimógenas. De una mujer frenando la tanqueta. De un Maduro regordete desafiando ahora con una Constituyente. De los rumores inclementes y sin filtros ni frenos. De los asesinatos que se pudieron evitar nada más llamando a elecciones. Desde Jairo Ortiz, muerto el 6 de abril, hasta Gerardo Barrera, muerto este jueves, todos, seguramente, estuvieran vivos si se hubiese llamado a elecciones. Nada más. Pero no.



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