martes, 27 de septiembre de 2016

Ahora y siempre, EL ANARQUISMO POR LA TIERRA Y POR LA LIBERTAD



Revista Mingako

* Dos textos publicados en el nuevo número de esta revista chilena, enfatizando la plena vigencia del clásico llamado anarquista.

Volver a poner los pies sobre la tierra

La tierra es aquella materia llena de vida que permite crecer y prosperar a plantas  y animales. También es el nombre que le asignamos a nuestro planeta. Pero, estos no son sus únicos significados, pues son tantos como puntos de vista existen. Así, por ejemplo, desde la óptica del Estado y el Capital la tierra será un lugar donde obtener una ganancia al sembrar  un monocultivo, construir una fábrica de celulosa, instalar una minera o proyectar un negocio inmobiliario. Para una Machi la tierra no tendrá valor económico, sino que será aquel espacio sagrado en donde habitan los Ngen y desde donde brota el Lawen. Para un habitante de la mega-urbe podría ser algo que mancha la ropa y es foco de infecciones, mientras que para un campesino podría ser el sustento de su familia. Para un naturista un remedio ideal para dolores y afecciones a la piel, mientras que para un político el lugar ideal para instalar una carretera. La agricultura industrial que prometió, a través de una fe ciega en la ciencia y la tecnología materializada en modificaciones genéticas, agrotóxicos y monocultivos, acabar con el hambre en el mundo ha fracasado, hoy al menos 1.000 millones de personas padecen hambre, más que nunca en la historia. Para esta agricultura la tierra es un simple sustrato, un lugar que sirve para sostener las raíces de las plantas. En ese sentido no importa la vida que ella albergue, lo único importante es que tenga los suficientes nutrientes para una buena producción lo cual se consigue  adicionando agro-químicos. Para las agriculturas que surgen desde ideas y prácticas ancestrales o actuales más críticas el suelo no es un simple sustrato, es una compleja estructura de seres vivos que interaccionan y cooperan generando las condiciones para que plantas, árboles y otros seres se desarrollen. Un puñado  de  tierra sana y rica en contenido biológico tiene más seres vivos que todos los humanos.


La agricultura industrial que prometió, a través de una fe ciega en la ciencia y la tecnología materializada en modificaciones genéticas, agrotóxicos y monocultivos, acabar con el hambre en el mundo ha fracasado, hoy al menos 1.000 millones de personas padecen hambre, más que nunca en la historia. Para esta agricultura la tierra es un simple sustrato, un lugar que sirve para sostener las raíces de las plantas. En ese sentido no importa la vida que ella albergue, lo único importante es que tenga los suficientes nutrientes para una buena producción lo cual se consigue adicionando agro-químicos. Para las agriculturas que surgen desde ideas y prácticas ancestrales o actuales más críticas el suelo no es un simple sustrato, es una compleja estructura de seres vivos que interaccionan y cooperan generando las condiciones para que  plantas, árboles y otros seres se desarrollen. Un puñado de tierra sana y rica en contenido biológico tiene más seres vivos que todos los humanos.

La importancia de la tierra ha estado presente en toda la historia de la humanidad, y también en los periodos revolucionarios. Sin tierra simplemente no hay vida, no hay nada. No es casualidad que el grito “Tierra y Libertad” haya estado en boca de miles de indígenas, campesinos y obreros en distintas luchas y resistencias contra la autoridad a lo largo del planeta. Grito que contiene el espíritu que comprende que sin Tierra es imposible la Libertad, y sin Libertad es imposible relacionarse de forma plena con la Tierra. En la actualidad, frente a los grados de devastación que está sufriendo nuestro planeta, así como por la limitación de la libertad de las comunidades a través de la mercantilización y control de cada esfera de la vida cotidiana, el grito de “Tierra  y  Libertad” parece mantener toda su potencia y vitalidad.

Hoy en día son pocos los que se atreven a negar el actual grado de destrucción que está sufriendo el planeta. Incluso las castas burocráticas, científicas y empresariales comienzan a aceptar esta realidad. Pero esto, lejos de  tranquilizarnos, nos debe mantener alertas. El capitalismo, que siempre se está disfrazando y reinventando, también ha percibido esto, y con un disfraz verde pretende ahora venderse en formato sustentable, biodegradable y reciclable. Poco a poco el Estado y el Capital han ido integrando el discurso “ecologista” en sus planes. Pero cualquier alternativa “ecológica” que se desarrolle de forma autoritaria y en un ámbito elitista es una falsa alternativa. Cualquier opción, llámese como se llame, que prometa un futuro verde para quienes lo puedan pagar, y que por tanto siga reproduciendo los privilegios de una clase sobre otra, sigue siendo nada más que combustible para el capital. La misma opresión con un barniz ecologista.

Cuando por primera vez en la Historia la mayoría de las personas viven sobre el asfalto, en las urbes del mundo, parece más necesario que nunca volver a poner los pies sobre la tierra. Y es que entre tantas sustancias sintéticas y relaciones sociales superficiales hemos perdido aquella sensibilidad que nos conectaba con el resto de los seres vivos que habitan este planeta. Ocupar con respeto la tierra para suplir nuestras necesidades es fundamental, crear comunidades en contacto con nuestro planeta y los otros seres que lo habitan también. Cumplido estará el objetivo de esta publicación si podemos aportar en el restablecimiento de esa esencial conexión. Con los pies descalzos sobre la tierra húmeda comenzamos a transitar por ese camino en donde la autoridad se  desvanece y la auto-regulación  surge como el natural orden/caos que guía el curso de nuestras vidas.


Tierra y Libertad, Un viejo desafío

“Tierra  y  libertad”  fue  una  de  las  consignas anarquistas más antiguas. No se oye mucho en estos días, pero este grito de guerra fue fervientemente usado por los movimientos revolucionarios de México, España, Rusia  y Manchuria. En el primer caso, el movimiento que usó esas tres palabras como arma y como guía tenía un importante  trasfondo  indígena.  En  el  segundo  caso, l@s trabajador@s español@s que hablaban de “Tierra y libertad” eran, a menudo, recién llegad@s a la ciudad que todavía recordaban la existencia feudal que habían dejado atrás en el campo. En Rusia y Manchuria, l@s revolucionari@s que vincularon ambos conceptos, eran principalmente campesin@s. Esta consigna no tenía un significado importante para la clase obrera en general, formada en las fábricas y barrios obreros, sino para l@s explotad@s que acababan de comenzar su tutela como proletari@s. Los reformistas de las luchas antes mencionadas interpretaron “Tierra y libertad” como dos solicitudes políticas distintas: tierra o algún tipo de  reforma agraria que redistribuiría parcelas a l@s campesin@s pobres para que pudieran subsistir en un mercado monetizado u ofrecer la oportunidad de participar en los órganos burgueses de gobierno.

La consigna tierra, conceptualizada de ese modo, se ha vuelto obsoleta y la de libertad, también bajo la interpretación liberal, ha sido universalizada y ha resultado ser insuficiente. Teniendo en cuenta que tanto l@s anarquistas como otr@s campesin@s y obrer@s radicales que se alzaron junto a ell@s nunca sostuvieron la interpretación liberal de libertad, ¿no deberíamos sospechar que cuando hablaban de tierra estaban refiriéndose también a algo diferente? Desgraciadamente, l@s anarquistas se proletarizaron y dejaron de hablar de “Tierra y libertad”. Cada vez menos numeros@s, mantuvieron su evocadora concepción de libertad que no demandaba la  inclusión  en el gobierno sino su completa destrucción. Sin embargo, su idea de tierra sucumbió al paradigma liberal. Era algo que existía fuera de las ciudades, que existía para producir comida, y que sería liberada y organizada racionalmente tan pronto como l@s trabajadores de los supuestos centros neurálgicos del capitalismo —los centros urbanos— derrocasen al gobierno y se reapropiaran de la riqueza social.

Por más que algun@s anarquistas han intentado rechazarlo, este olvido del primigenio concepto “tierra” todavía entra dentro de la dicotomía que externaliza la tierra de los centros de la acumulación capitalista: son l@s anarquistas que de una forma u otra “regresan a la tierra”, abandonando las ciudades, creando comunas, cooperativas rurales, o embarcándose en intentos de resalvajización. La verdad es que el movimiento de “regresar a la tierra” y las comunidades rurales de las generacionesanteriores, organizadas según un amplio espectro de estrategias de resistencia, se ha convertido en una experiencia invaluable que l@s anarquistas no han sabido absorber colectivamente. A pesar de que este tipo de experimentos continúan hoy en día y que constantemente se inauguran nuevas versiones, la tendencia general ha sido un fracaso, y necesitamos reflexionar largo y tendido sobre por qué.

L@s anarquistas no indígenas que han decidido aprender de las luchas de los pueblos originarios han jugado un rol importante a la hora de mejorar la solidaridad conalgunas de las principales batallas actuales contra el capitalismo, y también han contribuido a la práctica de nutrir relaciones íntimas con la tierra de un modo que nos fortalece en nuestras luchas de hoy. Pero cuando contraponen tierra a ciudad, creo que fallan a la hora de comprender la raíz de la alienación, y la limitada resonancia de su práctica parece confirmarlo.

La interpretación más radical de este eslogan no las plantea como dos elementos separados, unidos sólo por enumeración, sino que presenta tierra y libertad como dos conceptos  interdependientes, cada uno de los cuales transforma el significado del otro.Esta era la visión que al menos algun@s de l@s primer@s anarquistas querían proyectar en su grito de guerra: el contraataque a la noción occidental de tierra y la corrompida noción de libertad de la civilización.

La  tierra vinculada a la libertad significa un hábitat con el que nos relacionamos libremente, que moldea y es moldeado, libre de imposiciones productivas o utilitarias y de la ideología racionalista que éstas naturalizan. Libertad vinculada a tierra significa autogestión de nuestra actividad vital, actividad que direccionamos para alcanzar la sustentabilidad según nuestros propios términos, no como unidades aisladas sino como seres vivos dentro de una red de relaciones más amplias. “Tierra y libertad” implica ser capaz de alimentarnos sin tener que doblegarnos a ningún chantaje impuesto por el gobierno o una casta privilegiada, tener una casa sin tener que pagar, aprender de la tierra y compartir con el resto de los seres sin cuantificar valores, endeudarnos o buscar beneficio. Esta concepción de la vida supone entrar en un combate de negación total del mundo del gobierno, el dinero,  el  trabajo asalariado o esclavista, la producción industrial, la Biblia y sus pastores, el aprendizaje institucionalizado, la espectacularización de la existencia cotidiana, y otros aparatos de control que surgen del pensamiento de la Ilustración y de la civilización colonial que defienden.

En este sentido, la tierra no es un lugar externo a la ciudad. En primer lugar porque el  capitalismo  no reside en primera instancia en el espacio urbano sino que lo controla todo.  La lógica militar y productivista que nos domina y destroza la tierra en el espacio urbano  también actúa en el espacio rural.  En segundo lugar, la reunificación completa de  “Tierra y  libertad”, debe ser una posibilidad siempre presente sin importar el lugar en el que nos encontremos. Constituyen una relación social, una forma de vincularse con el mundo que nos  rodea y con el resto de seres que lo habitan, que se opone profundamente a las relaciones sociales alienadas del capitalismo. La alienación y la acumulación originaria son procesos incesantes y en constante desarrollo de una punta a la otra del planeta. Aquell@s de nosotr@s que no somos  indígenas, aquell@s de nosotr@s que  estamos  totalmente colonizad@s y hemos olvidado de dónde provenimos, no tenemos acceso a nada prístino. La alienación nos seguirá hasta el bosque u oasis más remoto, hasta que podamos empezar a cambiar nuestra relación con el mundo que nos rodea tanto de forma material como espiritual.

Del mismo modo, la anarquía debe ser un concepto contundente. Debe ser una práctica  disponible sin importar donde nos encontremos, en los bosques o en la ciudad, en una prisión o en mitad del océano. Requiere que transformemos nuestras relaciones con el entorno, y por tanto también transformar nuestro entorno; no puede ser tan frágil que requiera que busquemos  un  lugar en la naturaleza virgen para difundirla. ¿Será el anarquismo anti-civilización una secta minoritaria de aquell@s anarquistas que se vayan deliberadamente a vivir a los bosques porque no les gusta la alternativa de organizar un sindicato en la hamburguesería local o será un desafío a los elementos de la tradición anarquista que sigue reproduciendo el colonialismo, el patriarcado y el pensamiento de la  Ilustración, un desafío que se vuelva común a tod@s l@s anarquistas sin importar dónde elijan luchar?

La tierra no existe en oposición a la ciudad. En su lugar, existe un concepto de tierra  en oposición a otro: la idea  anarquista o anticivilización contra la idea occidental capitalista. Es este último concepto el que sitúa la tierra dentro de la dicotomía separatista de ciudad v/s vida salvaje. Precisamente por esto, el lema “regresar a la  tierra” está condenado a fallar, a pesar de que podamos aprender importantes lecciones y experiencias durante  su  fracaso  (como anarquistas, rara vez hemos ganado algo). No necesitamos volver a  la  tierra porque ella nunca nos abandonó. Simplemente dejamos de verla y de comunicarnos con ella.

Recrear nuestra relación con el mundo es algo que puede suceder en cualquier lugar en el que estemos, en la ciudad o en el campo. Pero, ¿cómo sucede?

[Textos publicados originalmente en revista Mingako # 3, Santiago de Chile, 2016. Número completo accesible en https://revistamingako.files.wordpress.com/2016/09/mingakoweb03.pdf.]



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