miércoles, 6 de enero de 2016

Opinión: Carnet de identidad


María Galindo (Bolivia)

¿Cómo puede un cura entender a un hombre que pudiendo ejercer todos los privilegios del macho desee ser tan sólo una mujer?

¿Cómo puede entender un predicador de secta cristiana que el pene también puede representar un estorbo, que un hombre puede ser penetrado por el ano y disfrutarlo, y que esa misma persona quiera llamarse María y no Mario? O quiera llamarse Concepción y no Salvador, que quiera llamarse Milagros, y no llevar encima, ni compartir el desastre de ser un hombrecito más dentro la masa de hombrecitos en decadencia. 

¿Cómo puede entender un fanático que una persona tenga sentimientos más profundos que la fe, más profundos que la cultura o la religión y quiera, y necesite  desordenar lo que nos han dicho que no se puede desordenar: el sexo con el que supuestamente vinimos al mundo?

Un hombre así, ni el cura, ni el predicador, pueden entender un lugar tan complejo de la existencia. No pueden con su simplísimo catecismo, con su simplísima prédica del bien y el mal, con su simple amenaza del infierno, responder, ni entender una realidad tan magnífica, tan plena y tan libre.

Si no pueden entender eso, ¿por qué se atreven a opinar? ¿Por qué se atreven a prohibir, a alertar, a hacer sus llamadas y frenar la libertad de ellos y ellas, los y las desordenadores del sexo?  Lo hacen porque se sienten amenzados, lo hacen porque esa actitud de libertad limita su mundo de temores. Lo hacen porque la transexualidad escapa a su control. Lo hacen porque la transexualidad es el desafío más profundo de todo el orden biológico. Lo hacen porque prefieren encubrir un pedófilo, de los cuales hay muchos en la Iglesia Católica y en las sectas, antes que respetar a un ser humano que da la cara y desde sí, y a partir de su propio cuerpo y de su propia vida, apuesta a perderlo todo, desde el nombre hasta el cuerpo, desde la profesión hasta la familia. Un Jesucristo trans que pudiendo ser una cosa renuncia a ella para ser algo imposible, innombrable, indefinible, mutante  e infinito.


Un ser humano que se baja del tren sin que haya otro tren esperándolo, eso es un trans. Alguien que con esa actitud magnetiza, llama, convoca, no a una misa, sino a que todos y todas nos bajemos también del tren y abandonemos nombres y apellidos, apariencias y sexualidades rutinarias, resecas  y aburridas, sexualidades pedófilas y sifilíticas, sexualidades prostituyentes de quienes, desde la normalidad suprema, compran prostitución para que les chupen el pene mientras se convencen de ser bien machitos. 

Eso sí es normal, sagrado y digno de bendiciones. Veo en fila al cura,  al obispo, al seminarista y al predicador consumiendo pornografía mientras venden hipocresía. 

Un ser humano trans es un ser peligroso para la sociedad porque convierte la sacralizada genitalidad en un juego quirúrgico, en un juego riesgoso. Porque cerrando orificios descubre otros nuevos, porque neutralizando protuberancias descubre otras nuevas, porque denuncia ante el Estado el hecho de  que el cuerpo humano está lleno de zonas erógenas penetrables y penetrantes, jugosas, húmedas y estimulantes. Frente a esa denuncia, que no convoca a la guerra, sino al placer, frente a esa denuncia que no convoca a la marcha, sino a la cama, frente a esa denuncia que no convoca al grito, sino al beso con lengua colectivo. 

Frente a esa denuncia, la humillación y la burla son la respuesta social de una sociedad llena de complejos machistas, llena de represiones sexuales. Una sociedad donde no sólo hay escasez de trabajo, sino también de orgasmos y de placer. Una sociedad donde hay escasez de libertad. 

La ley de identidad de género, que es la vocación de suscribir un contrato de pertenencia sexual con el Estado, es la más mínima parte de los contenidos que la transexualidad trae en su roja cartera. Lo que más me gusta de esa ley es que cuestiona la validez del carnet de identidad. Rompe el carnet, que es lo que el Estado nos exige para asignarnos una casilla de pertenencia.  Ellas, ellos dicen que deberían poder elegir el sexo con la que figuran en ese carnet. Yo digo que así, como se borró el dato de raza, así mismo se debiera borrar el sexo, la profesión y el estado civil de un carnet que es fascista y que gracias a los/las trans podemos empezar a romper y cuestionar. Asústense pues porque esto es sólo el principio: si la ley se aprueba hay fiesta; si no se aprueba hay revuelta. En cualquier caso ganamos.

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