viernes, 20 de marzo de 2015

El mito del descenso de la pobreza

























Humberto Decarli

Recurrentemente el oficialismo ha anunciado nacional e internacionalmente la caída de la pobreza después del año 2000. Siempre lo aseveraron tajantemente soslayando la metódica empleada, muy similar a los gobiernos puntofijistas para bajar esos dígitos.

El señalamiento de la mejoría de la herramienta para medir la desigualdad, el coeficiente de Gini, se gritó de manera bien estridente y se sostuvo que fue un logro del socialismo. Sin embargo, no quisieron mostrar que en época de bonanzas financieras (Venezuela ha tenido cuatro: la de 1918, la de 1973, la de 1978 y la de 2004, la primera del café y el cacao y las restante por el excremento del diablo), en forma reiterada se refleja una baja en las cifras de la pobreza.

Ocurre que la ingente entrada de petrodólares permitía a la élite dominante permear algunos recursos a la población utilizando el dispositivo clientelar manejado por los adecos y copeyanos en el pasado pero mejorado magistralmente por el chavismo en el presente. Las misiones, sendas asistencialistas por excelencia, fueron empleadas para crear en el imaginario popular el interés del Estado por luchar contra este flagelo. Fueron vectores de redistribución de la manera más tradicional ya usados en Venezuela.

No obstante, como lo han precisado tanto el informe de Provea presentado en las sesiones de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, como el exhaustivo estudio del  Proyecto Condiciones de Vida de la Población Venezolana 2014 (ver http://www.rectorado.usb.ve/vida/presentaciones), los últimos datos expresan una situación parecida a la del año 2000 cuando el país se encontraba en una coyuntura de apremio por el precio del barril hacia abajo.

Ahora bien, cómo se puede explicar que esa inmensa masa monetaria ingresada a Venezuela no ha permitido alcanzar progresos en la lucha contra la pobreza. La respuesta es sencilla: los métodos clientelares solo funcionan circunstancialmente pero no de manera permanente. Es un esfuerzo puntual pero no estructural.

En este orden de ideas, podernos ver el deterioro del sistema de salud y el grave déficit de dos millones de vivienda como signos del fracaso por el logro de una mejor distribución de los bienes y servicios de la nación. Resultados irrisorios si tenemos en consideración la entrada de millones de dólares por concepto de la renta petrolera.

El populismo emplea a los pobres como estandarte para conseguir apoyo electoral. Para ello utiliza las vías paternalistas para el agradecimiento por parte de la gente hacia el Estado y hacerla más dependiente de él. No apunta a disminuir el número de proletarios porque sería contraproducente. Ya experiencias históricas como el peronismo demostraron la naturaleza superflua de esta postura al igual que los regímenes estalinistas como el de Cuba y Corea del Norte.

Una respuesta contundente y eficaz pasa por desarrollar prácticas sociales donde las personas tengan plena confianza en sí misma sin esperar mesías o un aparato estatal que les ayude caritativamente; determinar que solo una economía fundada en el esfuerzo y el trabajo pueden permitir el incremento del nivel de vida; apelar a la autogestión como instrumento de liberación, son entre otros, caminos para el combate contra las carencias.    

El estigma del “efecto Venezuela” como lo denominó Pérez Alfonzo o la llamada enfermedad holandesa (metáfora para referirse al rentismo), ha perseguido al país y en especial para quienes han ejercido el poder. Este ha funcionado conforme ese juego ilusorio de bienestar expresado en época de bonanzas pero que se reduce cuando los precios del barril disminuyen.


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