María Galindo
Cuelgan de todas las oficinas del Estado boliviano gigantografías de plástico que indican que están en la lucha contra la violencia contra las mujeres. El sol, la lluvia y el trajín se encargan de empolvarlas, de arrugarlas y de darles el toque de papel mojado que todos y cada uno de esos anuncios tiene. La necesidad del aparato estatal de lavarse las manos, más que evidente, es trágicamente cómica.
Están matando en este país de manera frecuente, constante, cotidiana los hombres a las mujeres y el Estado no tiene nada que ver con eso. La idea detrás del cartel con la que cerramos el año es: señor, caballero, joven, enamorado o marido, si por algún motivo usted mata a su esposa, a su amante, a la mujer en situación de prostitución que contrató o a la enamorada, la Policía se encargará de que el asesinato quede en la impunidad.
La complicidad del Estado es ésa: cada hombre asesino goza de impunidad porque la Policía y el aparato judicial garantizan esa impunidad. Una impunidad que se convierte, por la fuerza de la repetición, en derecho; cada hombre es dueño de su vida y de la vida de su pareja sexual, ése es el mensaje que todos los días da el Estado a la sociedad. Con su ridículo letrerito, entonces, sólo están tratando de camuflar el verdadero mensaje estatal. Maridos, hermanos, amantes están matando a sus compañeras de vida. Reclamándoles sumisión y obediencia. Reclamándose propietarios de sus vidas y de sus cuerpos. Reclamando servidumbre doméstica y sexual. Lo que está sucediendo es que ella, la muerta, dijo no. Dijo: no soy tuya. No soy tu esclava, no quiero, no te debo obediencia, no te debo fidelidad, no te debo la vida, no te debo explicaciones, no te debo sacrificios; quiero mi libertad. Ella, la muerta, era estudiante, comerciante, periodista o desempleada. Mujeres de todas las edades, de todos los oficios y de todos los sectores sociales, estamos afirmando con sangre nuestra libertad, nuestra autonomía, nuestros sueños de estudiar, de trabajar, de romper y decir basta. Se trata de una masacre política contra las mujeres. Masacre porque las muertas son cientos; política porque el motivo que está en juego es la condición de libertad de las mujeres. Política porque está acompañada de impunidad garantizada por el Estado y porque está acompañada de discurso machista oficial estatal, religioso y educativo. Todos los días los curas y los políticos proclaman la propiedad de los hombres sobre las mujeres bolivianas como discurso oficial.
Mujeres Creando inició un proceso contra Corimexo por violencia mediática y el proceso no prospera porque se trata de una empresa que tiene el poder del dinero y el poder político de instalar el discurso de que las mujeres somos equivalentes a un sillón.
La esposa del alcalde de La Paz, protagonista de esa publicidad, sale a los colegios -imagino con fondos municipales- a reforzar ese discurso, diciendo que todo en la vida se resuelve con un buen partido, que la cosificación de tu cuerpo es tu llave de libertad, que ella es un modelo de éxito a ser imitado. Firma autógrafos para las adolescentes y a eso le llama taller educativo.
¿No pasó ella de ser la modelo del sillón de cuero, a ser el sillón de cuero del alcalde? Es decir, ¿no pasó a ser ella hoy la mejor representación del poder del alcalde? ¿No valdría la pena que ella decodifique ese lugar de cosa y de emblema de poder para las adolescentes paceñas que buscan a ciegas el amor?
¿De dónde está saliendo el discurso asesino contra la libertad de las mujeres bolivianas? De cada esquina, de cada púlpito, de cada aula, de cada casa, de cada aparato de televisión.

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