domingo, 9 de marzo de 2014

Roberto Mata, Taller de Fotografía: Testimonios de la represión

Roberto Mata, Taller de Fotografía

“Le tengo miedo al momento en que se acaben los novenarios, las llamadas y la prensa pierda el interés. Al momento en que yo tenga que volver a levantarme temprano a recordarla. Este dolor no va a pasar nunca”. Saúl, el padre. Pa, como le decía Geraldine. Geraldine jugaba fútbol sala, posición delantera. Pero la Guardia Nacional le llegó de sorpresa por la retaguardia, con las motos y sus luces apagadas, el miércoles 19 de febrero en Tasajal, Valencia. La manifestación era a dos cuadras de allí. Ella estaba frente a su edificio, caceroleando. Hubo un disparo, eso la advirtió. Intentó escapar y se cayó. Vecinos cuentan sobre dos guardias. Uno le dijo al otro “¡Dispárale!” y ese otro se negó. Entonces el de la voz de mando le disparó a Geraldine en el piso con una escopeta de perdigones. Al rostro. A un metro de distancia. Delgada, espigada, deportista, dicharachera, estudiante de Citotecnología de la Universidad Arturo Michelena, 23 años, “la bujía de la familia”, entró a la emergencia de la clínica diciendo “Apúrense, háganlo rápido, que siento que se me quema el cerebro”. El disparo fue al ojo derecho, pérdida inmediata. El izquierdo tampoco se salvaría, aclararon después los médicos. El daño cerebral fue irreparable. Geraldine pasó por dos cirugías. La segunda tomó ocho horas. Esa noche fue la más larga de la vida de Saúl. Entre las barricadas y una sensación de toque de queda no oficial, logró llegar únicamente hasta la mitad del camino. Tuvo que esperar al día siguiente para poder estar con su hija. El sábado 22 de febrero a las 12:35 pm, frente a su madre, un cura y Saúl, Geraldine fue desconectada. Saúl tenía esperanzas de ver a su única hija recuperada. “Me quitaron todo. Ya no tengo nada”, dijo después, durante un rosario. La casona de más de cien años de la mamá de Saúl es el lugar donde Geraldine contaba chistes malos, de esos tan malos que al final hacían reír. Hoy toda su familia, la de piel y la de sangre, agradece cuanto Geraldine les hizo reír. Saúl Moreno, 55, bienes raíces, padre de Geraldine.




“La intención de los colectivos era amedrentar, asustar a los manifestantes, que la gente no saliera, pero a mí me dispararon frente a mi casa”. Dos hombres en una moto intentaron atravesar una barricada en El Trigal, Valencia, el lunes 24 de febrero. Gustavo les advirtió que no había paso, dieron media vuelta y le dispararon. No hubo palabra de por medio, pero sí hubo tiros al aire. El daño ya estaba hecho. Gustavo lleva doce días hospitalizado. Una arteria reconstruida, dos bypass y una herida abierta para que drene el edema. “La bala entró por la batata y se alojó en el tobillo”. Allí permanece. Desde que comenzaron las manifestaciones, él y su esposa se mudaron de Naguanagua a casa de su familia en El Trigal. Las barricadas no los dejaban entrar ni salir. Llevan tres semanas sin trabajar. La niña de nueve años tampoco ha podido ir al colegio. Sin poder trabajar, Gustavo se dedicó a marchar y protestar. Cree en el apoyo a los jóvenes, en el futuro de su hija. En las noches, la Guardia Nacional pasa iluminando casa por casa, ventana por ventana, viendo quién es capaz de asomarse. Se vive un estado de sitio. ─ ¿A qué le temes? ─ A la Guardia Nacional y a los colectivos. A los ciudadanos nadie nos protege. Los vecinos nos protegemos entre nosotros mismos. Esta solidaridad yo nunca la había visto. ─ ¿Estás armado, Gustavo? ─ Tengo una trompeta y unas pancartas que hablan de la escasez, la inseguridad, la violencia y la inflación. A la madre y a las dos hermanas de Gustavo les tomó tres días poder salir de su casa, específicamente de la cuadra, para visitarlo en la clínica. Las barricadas las mantenían incomunicadas. “Mi preocupación es que hay tensión de ambas partes. Pero una de las partes tiene armas y está matando a la gente”. Gustavo Salazar, 42, Administrador comercial



“Cierro los ojos y veo perfectamente la bomba venir directo a mí. Es como una lata de atún que echa chispas

La Guardia Nacional hizo un ataque sorpresa a estudiantes que colocaban palos y escombros para armar una barricada el 19 de febrero, en Altamira. Agazapada en el desnivel de la Torre Británica, esperó tenerlos a unos diez metros de distancia para de frente, disparar bombas lacrimógenas.

Desorientado y con un pito en el oído, Carlos fue alejado del lugar por un lazarillo desconocido. No sabía dónde había recibido el impacto, se revisaba los dientes, se revisaba la cara, no veía.

Luego entendió todo. “Si voy a perder el ojo lo perderé”, pensó.

Estando en la ambulancia recibió una llamada. “Bendición, mamá. Estoy perfecto. En un rato voy a la casa”. La conversación fue a ciegas. Carlos decidió no mortificar a su mamá.

Antes de entrar a quirófano, firmó un documento donde aceptaba que podría salir de la cirugía sin ojo y con una prótesis. Salió con el ojo pero la hemorragia interna fue tal, que todavía los médicos no pueden ver hacia adentro. Ni él hacia afuera.

Una gota cada hora, otra cada ocho, otra cada doce, todas distintas. Semana y media después, el pronóstico es que es muy difícil que recupere la visión. El ojo está prácticamente muerto. Al escuchar eso, Carlos lloró, lo hizo por primera vez. Sin embargo, no pierde la esperanza.

Si pudiese sentarse con el guardia que le disparó, le preguntaría si esto es una guerra contra los estudiantes o si cree que los estudiantes tienen una guerra contra ellos. Le preguntaría qué siente con lo que está pasando. “No he visto a mis perros, ni los vídeos donde salgo herido, ni televisión, ni mi teléfono, ni el sol, ni el cielo. Debo tener los ojos cerrados todo el tiempo”. Desde qué salió de la clínica, Carlos se fue a casa de su papá. Ha estado durmiendo con él, juntos en la misma cama. Algo de lo que no tenía el más mínimo recuerdo. - ¿Qué te preocupa, Carlos? - Me da más miedo no poder vivir a Venezuela, que no poder verla.

Carlos Tejeda, 22, estudiante Ingeniería Civil Universidad Metropolitana.



“Me quebré. Externamente nadie lo notó, fue sólo interno. Yo no me puedo quebrar”. Desde que comenzaron las manifestaciones en Altamira, Giuseppa Quinci ha trabajado todos los días hasta la una de la mañana. Carga tres celulares y un radio, a través del cual se comunica usando unas 60 claves.

Giuseppa fue la primer médico en llegar al lugar donde estaba Roberto Redman en el piso y con un tiro en la cabeza. Con un lenguaje encriptado notificó vía radio lo que tenía enfrente.

Los vecinos, que son sus vecinos porque vive en la zona, no entendieron lo que dijo, aunque lo que estaba a la vista no necesitaba traducción.

Las lesiones en el cerebro se manifiestan en la postura de los brazos. Reconocer eso fue el momento de quiebre para Giuseppa.

Hace 14 años, cuando comenzó en Salud Chacao, las enfermedades crónicas y accidentes de tránsito eran su quehacer. Ahora, durante estos días de protestas, no sólo asiste diariamente a lesionados por gas, perdigones y golpes, sino también llamadas por ataques de pánico.

La sensación de miedo intenso por un hecho que haya ocurrido o no, mantiene a muchos vecinos de la zona en zozobra.

Giuseppa es médico internista, pero su adicción es la emergencia. Cree que estar en la calle es la verdadera manera de ayudar, confía en su capacidad de acción. Está entrenada para eso. Del 12 al 27 de febrero, ciento veintiséis personas han sido atendidas por ella y su equipo. “Mi trabajo es estar para quien lo necesite sin juzgar los hechos. Para dar respuesta debo desprenderme de simpatías, afinidades y miedos”. Giuseppa Quinci, 45, coordinadora de servicios médicos de Salud Chacao.



La talla de pantalón de Alejandro es 31, ésa que no se consigue con facilidad. Ésa fue una de las razones para que, cuando el sábado 16 de febrero una paramédico le cortó el pantalón sin ninguna contemplación, le doliera.

Alejandro asegura que el disparo que le dieron en la pierna mientras conducía su moto, a un metro de distancia y con una escopeta de perdigones, fue un accidente.

Los médicos le sacaron más de veinte perdigones y el tapón del cartucho, que también penetró en su pierna.

Diez centímetros de diámetro tiene la herida que le hicieron.

Alejandro cree que si eres un efectivo antimotines de Policía Nacional, tienes tres días sin dormir, estás forrado en un traje pasando calor y recibes instrucciones básicas, no aprecias las consecuencias del uso del arma que te ordenan utilizar y te han lanzando piedras por horas, es posible que cometas un accidente.

Ese accidente.

Cuando se le pregunta cómo se ve dentro cinco años en Venezuela, la respuesta no le gusta. Por esa razón sale a protestar. “La última vez que manifesté fue en 2007, por la libertad de expresión. Ahora lo hago por mi futuro. Quiero ser independiente, desarrollarme profesionalmente. No quiero vivir casa de mis padres por siempre”. Alejandro no sabe protestar en moto así que, por precaución, ese sábado decidió marcharse de la Av. Luis Roche, en Altamira. Lo hizo en el sentido menos indicado: vía autopista.

Asegurarle a un oficial armado “Yo me voy a mi casa. No estoy protestando” no fue un salvoconducto.

Recibió el disparo a una distancia inesperada y terminó unos metros más adelante, soltando su moto y buscando el apoyo de otros Policías Nacionales que lo cargaron por las piernas y lo llevaron a los paramédicos.

Existe la posibilidad de que Alejandro pierda parte de la movilidad del tobillo. Sufrió una pérdida de masa muscular que no se recupera: sólo cicatriza. Vienen dos meses de muletas, fisioterapia y reposo. Siente calambres.

La herida pica, arde.

A través de las redes sociales se informa sobre todo lo que está pasando. Trata de no deprimirse.

Alejandro se mantiene en pie, aunque en muletas. Como el país. -

Alejandro Herrera, 25, décimo semestre de Administración.



“Después de diez, los estudiantes detenidos se convierten en un número. Hay que tener una coraza emocional. Las emociones te interrumpen”. Un amigo de Laura fue detenido el 12 de febrero. De inmediato ella se puso a buscarlo con una intensa campaña en Twitter y, además de conseguirlo, pidió nombres de otras personas en la misma situación.

Desde ese día y hasta la una de la tarde del 24 de febrero, Laura ha contabilizado 644 detenciones a nivel nacional. A la fecha, más del 50% de los privados de libertad ya han sido liberados.

Muchos familiares desesperados por sus estudiantes detenidos le entregaron con esperanza nombres, cédulas y último lugar donde fueron vistos.

Entre el 12 y el 14 de febrero Laura durmió escasas tres horas. En un momento dado, llegó a 350 nombres y ningún paradero. 350 jóvenes que no quieren abandonar el país, que están dispuestos a hacer algo. Tenía la responsabilidad de conseguir algo que calmara a esas familias.

En 2007, durante una protesta en la UCAB, Laura hizo su primera lista de detenidos. Cuatro estudiantes. Todos sus nombres en un Post-it. Ahora usa un cuaderno y le pasa todo la información a Fabi, quien lleva el registro en una gran hoja Excel.
Nombre. Apellido. Fecha. Lugar de detención. Lugar de transferencia. Fecha de presentación a tribunales. Estatus. Fecha de liberación. Privación de libertad. Medidas cautelares. Los que están en azul ya están liberados.

La clave de la cuenta de Twitter de Laura la tienen tres personas más. Si ella está sin Internet y necesita mandar una nueva información, envía un mensaje de texto y se lo publican. Confirma y reconfirma. Le aterra publicar un dato errado.

El nombre de un detenido publicado en Twitter hace bulla suficiente como para minimizar el riesgo que corre en manos de las autoridades. En eso cree Laura, para quien el "gracias" de una madre por haber encontrado a un hijo es el combustible que la mantiene en marcha.

Para tratar de dormir pensando en algo distinto, Laura hizo una pausa el domingo. Vio una película. Escogió "This is the end". Laura Solórzano, 27, egresada de Filosofía


“Te cuesta respirar, te pica la piel, sientes ganas muy fuertes de vomitar, ceguera y mucho ardor en la cara. Desde el sábado estoy usando máscara”. El miércoles 12 de febrero José no fue a la marcha, no sintió el llamado. Asistió en horario habitual a sus clases de Macroeconomía y Matemáticas. Pero en la noche todo cambió.

“Enterarme por redes sociales que otros estudiantes ponían el pecho por mí y por todos los venezolanos, me hizo salir, incorporarme, dar la cara”.

Desde entonces lleva una semana asistiendo a las protestas. No ha vuelto a clases. Ha dormido poco y comido peor. Aún así, no está cansado.

"Mi morral tiene agua, vinagre, trapo, Maalox. Me siento de la Cruz Roja, mi rol es ayudar". José ayuda, socorre, asiste.

“Tengo una responsabilidad con el país. Si no salgo yo que soy joven y tengo la fuerza y la adrenalina, entonces para qué estudiar. Desde que tengo seis años lo único que conozco es este gobierno, no conozco otro, pero sé que esto no es lo correcto”.

En todas las concentraciones la oferta sin demanda es “gas del bueno”. José devuelve las bombas lacrimógenas o las mete en tobos con agua, para neutralizarlas. Aguanta hasta 55 minutos respirando el gas. Después va a la retaguardia.

No sabe si el gas lacrimógeno vencido (abril 2013) que asegura se está usando contra estas protestas, le ha causado algún efecto extraordinario. Es una experiencia inédita. No puede comparar.

José ha sido testigo de guardias nacionales con lágrimas en los ojos, oyendo planteamientos de estudiantes, cara a cara. Entiende que reciben órdenes aunque también reconoce que no todos lloran, no importa lo que les digan las pancartas.
Cada vez que sale a marchar se comunica con sus padres en Maturín y Ciudad Bolívar. Avisa. Notifica. Desde el interior del país le ruegan que no vaya.

José Villegas, 21, estudiante de Administración.

LACRIMÓGENA*
Atención:
ES PELIGROSA SU UTILIZACIÓN DESPUÉS DE LA FECHA DE VALIDAD
FAB: ABR/2008
VAL: ABR/2013 *Texto tomado del cartucho de la bomba lacrimógena recolectada por José en Chacao el 16 de febrero de 2014.



Fabián va a vivir con tres perdigones en el cuerpo, uno muy cerca de la columna. Su ropa en total tiene siete perforaciones. A quemarropa. Por la espalda.

Después de ver cómo la Guardia Nacional agarró a dos fotógrafos, no quiso ser el tercero. Bajó su cámara y corrió. Sintió el calor del disparo en el cuerpo.

Su bisabuelo, en Hungría, fue fotógrafo. Su abuelo, quién vino a Venezuela huyendo de los nazis primero y del comunismo después, fue fotógrafo personal de Pérez Jiménez en los años cincuenta. Su padre hizo fotografía aérea para el extinto Ministerio de Agricultura y Cría.
Fabián no es fotógrafo. Aunque hace y sabe cómo hacer muy bien todo lo relativo a la fotografía de conflicto, sólo intenta tener un registro de lo que pasa en el país. "¡Entreguénlo, entreguénlo!", gritaba la Guardia Nacional a los vecinos que lo socorrieron mientras manchaba de sangre todo el lobby de un edificio de Chacao.

Nunca exigieron las fotos, lo querían a él.

Los vecinos hicieron resistencia, no lo entregaron. Gasa y alcohol.

Ese mismo miércoles, el 12 de febrero pero durante el día, estuvo en Parque Carabobo. Fotografió los candelazos de las escopetas, las ráfagas de armas automáticas, el momento en que sacaron el cuerpo de Bassil. Fotografió el horror que se vivió.

Cuando gritaron que dispararan contra el de suéter gris, su suéter gris, decidió irse. No tiene muchos amigos en Facebook, lugar donde publicó sus imágenes. Siente la responsabilidad de que sus fotos lleguen a un lugar donde sirvan como prueba de lo vivido.

Fabián llegó herido a Salud Chacao, manejando su propia moto. Una vez curado se permitió desmayar. - ¿Lo volverías a hacer, Fabián? - Sí, pero con chaleco antibalas"

La cuenta de los exámenes clínicos pasó de Bs. 20.000

Fabián no tiene seguro médico.

Fabián Schwaiger, 26, Licenciado en Computación



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