miércoles, 26 de febrero de 2014

Opinión: Indignación en el País Cuartel

La muerte es la que ronda en las calles de Venezuela, nadie apuesta a otra cosa diferente. En medio de este caos, lo único que me queda claro es que la gente no vive a diario sino que muere un poco cada día. Pareciera que la sentencia de todos los venezolanos está escrita con fecha reciente.

A pesar de que el índice de analfabetismo indica un 0%, el leer y escribir no manifiesta ese complejo y necesario tópico de educar a un país, por ende me desligo de eso y de cualquier asunto panfletario que crea que la educación es que la gente sepa que si juntas vocales y consonantes se forma una palabra.

Salir a la calle con la sensación de inseguridad es una tortura diaria, un malestar que acompaña a todos los que salen a transitar su sector. La inseguridad nos aqueja por varias problemáticas que son consecuencia de una mala jugada: la falta de educación, ese es un asunto sin arreglar. A pesar de que el índice de analfabetismo indica un 0%, el leer y escribir no manifiesta ese complejo y necesario tópico de educar a un país, por ende me desligo de eso y de cualquier asunto panfletario que crea que la educación es que la gente sepa que si juntas vocales y consonantes se forma una palabra.

Aquí las empresas cierran todos los días por falta de divisas y el empleo de todos pende de un hilo finísimo; la inflación es más alta cada vez, el dinero y los incrementos salariales son inútiles para satisfacer el encarecimiento de los productos más básicos. El dólar oficial marca 11 bolívares y el dólar negro se cotiza en 87; este último es por el que se rige el país, pues el control cambiario es cada día más riguroso: el gobierno nos controla el bolsillo y, por tanto, la voluntad.


Encender el televisor para conseguir información veraz es un asunto fallido. Siempre he criticado a algunos medios por tergiversar la verdad, pero en este caso, ni siquiera se presenta una noticia a medias; la irresponsabilidad de la mala información proviene del gobierno, quien amenaza constantemente con juicios legales a todo aquel que quebrante su política de censura. Esta misma situación se repite con la radio y los periódicos que, por si fuera poco, gracias a la falta de divisas no se imprimen porque no hay papel.

Como consecuencia de un mal gobierno hemos tenido una semana agitada. La violencia que se ha desatado en el país no es ni siquiera la que se menciona en los medios; tanto es así, que la incertidumbre es considerada la única noticia veraz y la represión es la política pública más eficaz. Con este panorama, parte de la población insiste en salir a protestar porque existen innumerables razones para unirse: la escasez, la violencia, el militarismo, el desatino del Presidente, la violación de Derechos Humanos, la inflación, el control cambiario, el desempleo, la crisis de salud, la decadencia del sistema educativo, el neoliberalismo, el mal sistema carcelario, la crisis económica, la pobreza… en fin, estamos tan mal, que si existiera algún progreso del gobierno, sería totalmente opacado por las consecuencias de este atraso generalizado.

La gran mayoría de los que nos unimos a la protestas tenemos conciencia de lo que ocurre y repudiamos a los que buscan la violencia. También repudiamos las protestas que se venden como ‘la salida’, porque no caemos en trampas ni le damos razones al gobierno para criminalizar a la disidencia con eso de tener un plan conspirador para tumbar al Presidente; además, esos radicalismos se los dejamos a los desesperados, a los que no construyen país, a los que piden intervención gringa, a los que la soberanía les parece un adorno patrio.

Debido a la desinformación de los noticieros, quienes reportan los avances del mundial de fútbol en vez de la situación real, las redes sociales intentan hacer el trabajo de informar y así se llenan las cuentas de fotos y anuncios con los desaparecidos y detenidos, esos que nos llenan de temor y reviven la posibilidad de que se esté practicando la tortura. En varias fotos de las que circulan he podido reconocer a un par de amigos, en otros, sin ni siquiera conocerlos, reconozco una parte de mí. El llanto de sus madres se escucha cerquita, el lamento de sus padres se siente en las puertas de los tribunales de justicia esperando buenas noticias de los jóvenes. Esto le parte el alma a cualquiera.

Entre tanto desconcierto los “ismos” salen a relucir, se comienza a pedir el nacimiento de líderes imposibles y se apunta a una fe en la milicia, ya sea para que reaccione y se una a la disidencia o para que defienda a la revolución chavista. Es triste ver cómo la esperanza de algunos todavía está puesta en los cuerpos armados, pues ellos no saben de paz ni de ciudadanía, su naturaleza es la antesis de la estructura civil. Por otro lado, existe una temerosa cautela en aquellos izquierdistas que tienen miedo a criticar este proceso decadente sólo por no ser tildados de burgueses o porque no lo metan en el saco de los adeptos de la derecha. Acabar esta censura ha sido una responsabilidad ignorada por aquellos que pertenecen a la izquierda caviar.

En todos los lados se manifiesta la necesidad de un líder; el chavismo se aferra a Maduro convencido de que apostarle su gobierno, es volver a las políticas de antaño. Por otro lado, la oposición se pasea entre la representación serena de Henrique Capriles o el ardor de Leopoldo López; hay gente que prefiere verse en ambos. Esta dinámica tiene una lógica que no merece estigma alguno, pues el país está acostumbrado a que debe medirse todos los años en unas elecciones; por ende, consideran un deber ciudadano encontrar un líder por quien votar. De lo que no se han dado cuenta, es que entre esta búsqueda innecesaria se desvanece el ideal del ciudadano, en el que la lucha se hace desde cada individuo, desde sus trincheras, desde sus verdades, desde su propio cambio. Lo que no saben es que están buscando algo que ya tienen, porque sus mejores líderes son ellos mismos, que entre los escombros intentan reconstruir un país con las uñas donde el miedo no tenga cabida nunca más.

Mientras realizo este escrito me distrae el olor a bomba lacrimógena. Me distraen los gritos de la gente, el humo y el sonido de disparos. Me distrae la idea de que aquí no hay ninguna izquierda, ni ninguna revolución, que estamos sumergidos es un profundo caos que no atañe a ideologías de ningún tipo.


Siempre que salimos a protestar ya tenemos las batallas perdidas, la disidencia está acostumbrada a que son 15 años de militarismo y que seguir en la pelea se ha convertido en un asunto de fe. Sabemos que el resultado de todos los procesos es la implementación de más leyes y el cerco de las libertades; pero también sabemos que no cuesta nada sumarnos a una batalla más para ver si esta vez gana el ciudadano de a pie, el verdadero pueblo y no esa elite que se lucra de todo el conflicto. De todo este escenario no sabemos lo que lo que viene, es difícil medir consecuencias. Lo único que tenemos claro, es que para seguir en este país hay que lucharlo, hay que quererlo y hay que vivirlo aunque duela.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nos interesa el debate, la confrontación de ideas y el disenso. Pero si tu comentario es sólo para descalificaciones sin argumentos, o mentiras falaces, no será publicado. Hay muchos sitios del gobierno venezolano donde gustosa y rápidamente publican ese tipo de comunicaciones.