viernes, 19 de julio de 2013

Por una Universidad Autónoma y Autogestionada

Nelson Mendez

* Texto de la intervención en el “Foro sobre la Universidad Autónoma y Sostenible”, realizado en la Escuela de Psicología de la Universidad Central de Venezuela el 19/07/2013.


Buenas tardes y mi agradecimiento a quienes organizan este evento por permitirme la oportunidad para exponer de viva voz algunas reflexiones sobre ciertos temas vinculados a la controversia que el actual conflicto ha reactivado, en torno a qué debe ser la educación universitaria en Venezuela. En tal sentido, y dentro de lo que se puede en los 20 minutos disponibles, tocaré aspectos a mi parecer claves, pero que se están dejando de lado. Además, bosquejaré algunas ideas para avanzar hacia la utopía posible de la universidad autónoma y autogestionada, propuesta de transformación que surge desde el anarquismo, visión filosófica, política y social con la cual me identifico.

Alma Mater o alma rentista

Un tópico fundamental que nada o muy poco se ha asomado en las recientes disputas académicas criollas es el de la vinculación entre la universidad y el rentismo petrolero.

Como ha ocurrido con todas las instituciones del país, el desarrollo cuantitativo y cualitativo que pudo tener la educación superior desde mediados del siglo XX se fue haciendo cada vez más tributario de la consolidación de una sociedad cuya dinámica ha girado en torno a los vaivenes del ingreso petrolero, donde la universidad ha justificado su condición de receptor de recursos porque contribuye a una relativa movilidad social ascendente, a través de la formación masiva de profesionales que son la base de una “clase media” que recibe su tajada de la renta a cambio de contener la protesta social y servir de ilusión justificadora al orden imperante.

Por cierto que no ha dejado de haber ideas y acciones en busca de superar ese rol subalterno como ornamento de la modernidad y mecanismo para que algunos accediesen a sus beneficios, papel que habiéndose anunciado con la construcción de la Ciudad Universitaria de Caracas entre los años ‘40 y ’50, se manifiesta plenamente después de 1958, con la democracia puntofijista, desde la cual por un lado se apadrina la explosión de crecimiento cuantitativo de las décadas siguientes, y por el otro se ahogan los esfuerzos por hacer de la universidad algo que no fuese prioritariamente una incubadora de titulados satisfechos y semi-ilustrados.

Esa función de máquina reproductora de ilusiones de movilidad social y de conformismo para integrarse en una sociedad que parasita de los hidrocarburos, se ofrecía con el calificativo de “democratización del ingreso a la universidad”, en términos que son en esencia muy similares a lo que hoy se cobija bajo el remoquete de “inclusión social”. En tales circunstancias, no es extraño que los partidos políticos cuya hegemonía depende de la estabilidad del rentismo petrolero (antes AD y COPEI, ahora el PSUV) procurasen garantizar que la universidad siguiese así, para lo cual nada mejor que establecer modos de control burocrático-partidista, previniendo que la autonomía universitaria pudiera ser un camino por el cual se avanzase a una clase de institución diferente.

Si bien la crisis económica y política de la década de 1980 debilitó el control que AD y COPEI habían tenido sobre las casas de estudios superiores, el poder pasó allí a una burocracia de académicos-gerentes (mucho mas lo segundo que lo primero), quienes para cimentar su hegemonía no dudaron en entrar por el aro del papel social ya establecido. Caso parecido es el de la burocracia afiliada al PSUV que toma las riendas en la mayoría de las universidades a partir de 1999, pues su discurso y práctica de “construir una educación superior para el pueblo” es versión burdamente maquillada de la vieja oferta del populismo rentista, con la única novedad de usar la promesa de “inclusión social” como coartada para liquidar lo que queda de autonomía universitaria.

Autonomía: ¿pretexto o condición?

El ideal contemporáneo de autonomía universitaria se ha construido de modo destacado a partir de experiencias que nacieron en Latinoamérica, con un hito inicial en Córdoba, Argentina, en 1918. Recoge un aliento que ya animaba a la primitiva universidad europea del Medioevo, que nace como comunidad libre de estudiantes y profesores reunidos por la común afinidad en la construcción del saber, que solo después de una ardua lucha fue sometida a los controles autoritarios del Estado y la Iglesia. Pero la pertinencia de tal concepto para la actual discusión no depende solo de la fidelidad a tradiciones históricas, sino que implica un punto cardinal respecto a la posibilidad de construir una universidad distinta hoy y aquí.

El bando que en el debate venezolano actual ha insistido en asumirse como “defensor de la autonomía” es el que encabeza esa burocracia académico-gerencial ya mencionada y aún al mando en algunas universidades públicas (ciertamente las más importantes en lo cualitativo, ya no en lo cuantitativo), con el respaldo evidente de la oposición electoral que, como de costumbre, busca réditos en su afán de desplazar al chavismo del gobierno. Para tal burocracia, defender la autonomía es en última instancia salvaguardar la propia posición en el poder institucional, pues entienden (¡y tienen razón!) que el ataque oficialista es una maniobra para desplazarlos por funcionarios académicos sumisos a los dictados gubernamentales. Aquí lo importante es aclarar que esa visión, que reduce la autonomía a la preservación de mecanismos viciados y viciosos para elegir autoridades institucionales, no es la que interesa si en verdad se quiere avanzar a la construcción de una universidad que piense y actúe positivamente sobre sí misma y sobre el país.

Que estos autonomistas de Rectorado en verdad solo se preocupan por la preservación de su status burocrático, sin pretender cuestionar el modelo de universidad del rentismo petrolero, se evidencia en lo que ha sido su desempeño en la gestión institucional en los pasados 20 ó 25 años, donde se las han arreglado para postergar cualquier propuesta real de cambio, que sin embargo no dejan de mencionarse sacramentalmente en programas electorales, discursos de orden e informes finales de comisiones. Por supuesto, nada mejor hay en el bando oficialista, donde escudándose en la repetición de los mantras de la “inclusión social” y “la universidad del pueblo, con valores socialistas”, vemos a una caterva de personajillos que en su momento han sido cabal representación de la burocracia más gris; en el pasado como universitarios seudo-autonomistas, y de 14 años para acá como subalternos gozosos del “rodilla en tierra” y la obediencia debida al autoritarismo supremo y eterno.

Autonomía y Autogestión

Entonces, ¿por qué autonomía luchar aquí y ahora?...  Desde el anarquismo se ha propuesto que por aquella autonomía que para esta u otras organizaciones sociales deriva de la autogestión.

En un trabajo en coautoría con el Prof. Alfredo Vallota (publicado en 2006), nos referíamos a la autogestión como un modelo organizacional que busca «romper con las tradicionales pautas de dominio jerárquico dentro de las instituciones, propugnando una distribución horizontal del poder, que conlleva un incremento de la participación y compromiso de los individuos con la tarea colectiva y un ejercicio de la libertad responsable.» O dicho de un modo conceptualmente más preciso: «la autogestión es un proyecto o movimiento social que, aspirando a la autonomía del individuo, tiene como método y objetivo que la empresa y la economía sean dirigidas por quienes están directamente vinculados a la producción, distribución y uso de bienes y servicios. Esta misma actitud no se limita a la actividad productiva de bienes y servicios sino que se extiende a la sociedad entera, propugnando la gestión y democracia directa como modelo de funcionamiento de las instituciones de participación colectiva.»

Siendo así, ¿cómo caracterizar a la universidad autogestionaria? Repitamos lo que al respecto ha dicho el Prof. Ángel Cappelletti:

«- La universidad autogestionaria debe ser autónoma, es decir independiente del poder político y del Estado, cualquiera que sea. Pero debe ser igualmente independiente del poder económico y en ningún caso puede ser concebida como una empresa ni financiada por el capital privado. Es evidente que no puede ser órgano pedagógico de una iglesia u organización religiosa, ni aceptar un credo o profesión de fe, un libro sagrado, una autoridad que defina la verdad dogmática y moral.

- La universidad autogestionaria debe ser gratuita y abierta a todos por igual.

- La universidad autogestionaria debe estar regida por la comunidad de los profesores y los estudiantes y no puede admitir ninguna intervención exterior, ya provenga del Estado mismo, ya de las fuerzas de presión, ya de los partidos políticos. Para ello es preciso que genere órganos capaces de neutralizar esa intervención foránea y que produzca inclusive lo que podríamos llamar "anti-lideres".

- La universidad autogestionaria se constituye en un centro de contestación permanente de la sociedad global, pero, ante todo, de sí misma. Estudiantes y maestros critican de un modo continuo, madura y responsablemente, tanto la forma como el contenido de la investigación y del proceso enseñanza-aprendizaje.

- La universidad autogestionaria se basa en una estrecha vinculación de la tarea investigativa con la docente. Más aún, puede decirse que tiende a identificar la docencia con la investigación, partiendo del supuesto de que el momento esencial en la formación del estudiante es buscar la verdad y crear saber más que recibir conocimientos pasivamente.

- Como consecuencia de todo ello, la universidad autogestionaria suprime exámenes, calificaciones, premios y castigos académicos, etc., reflejo y fruto de la competencia capitalista y de la lucha a muerte por el dinero, y promueve entre los estudiantes el sentido de la aventura, la fascinación del descubrimiento, la sed del saber por el saber mismo y el gozo de la creación. Los exámenes son sustituidos por la evaluación que el grupo hace de sí mismo y por la mutua evaluación de sus componentes.»


Universidad y Utopía

Ahora bien, ante tal proyecto de universidad libertaria suele esgrimirse como objeción el calificativo de “utópico”, en el desdeñoso sentido de delirante o irrealizable, ante lo cual el Prof. Silvio Gallo ha respondido que ciertamente es utopía, pero vista como un ideal que incentiva y orienta la búsqueda, los planes y la construcción de alternativas. Dice Silvio Gallo: «Trabajar con la idea de una utopía de universidad libertaria es esencialmente reflexionar y discutir las bases de una educación libre y liberadora, de cómo esa educación se comportaría en el ámbito académico, para con eso, construir todo un proyecto de universidad, delinear los contornos de una realidad que será el objetivo de un extenso trabajo social. No sería ningún devaneo perdido en el limbo.»

En tanto comparto lo que dice, continuaré citando a este autor brasileño: «La universidad libertaria deberá ser el local de distribución social de la verdad. Así no se puede concebir que solo tengan acceso a ella algunos pocos privilegiados: probablemente no será posible que toda la sociedad tenga acceso directo a ella, es por eso que deben ser pensadas formas alternativas de contacto. La Universidad debe ir a donde el pueblo está. Los conocimientos deben ser revertidos para toda la comunidad. En fin, el objetivo más importante de la universidad libertaria es: formar mujeres y hombres libres. Esa será la función primordial y principal de la universidad, de la cual depende la estructura social. Y debemos tener en mente que… formar mujeres y hombres libres significa formar personas que asuman su libertad y se dediquen a trabajar en pro de la sociedad, a favor de la libertad de todos. La función de la universidad será liberar a la sociedad del yugo de la dominación por el saber y ayudar al trabajo social en el sentido de superar cualquier forma de opresión.» Cierro la cita apuntando que para Gallo, como para mí, ese objetivo es del todo válido hoy, ante la crisis de la universidad capitalista privada o de Estado, y no tiene porqué postergarse para un futuro indeterminado.

Pienso que solo la unión entre autonomía y autogestión hará viable una universidad cuyo objetivo sea la producción, difusión y el goce del conocimiento en un ambiente propicio para pensar, debatir y experimentar con libertad; esto solo es posible cuando se construye como entidad ajena al control opresivo de cualquier instancia de poder jerárquico institucionalizado, llámese Estado, Iglesia o empresa capitalista. En la situación venezolana actual, solo enrumbándonos hacia esa clase de autonomía será factible ir a una universidad que, para sí misma y para el país, encuentre modos de contribuir a superar los hechizos con los que desde hace tantas décadas nos adormece el rentismo petrolero.

Referencias

° “Anarquismo y Universidad” (2011). Dossier con 24 artículos sobre el tema (incluyendo los citados de A. Cappelletti y S. Gallo), accesible en sección “textos” de la web de El Libertario www.nodo50.org/ellibertario

° N. Méndez y A. Vallota (2006). “Utopía colectiva y autonomía individual: la perspectiva anarquista de la autogestión”, accesible en sección “textos” de la web de El Libertario
www.nodo50.org/ellibertario


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