lunes, 11 de febrero de 2013

Venezuela: Bolivariana o hobbesiana


Por Felix Rodrigo Mora
http://esfuerzoyservicio.blogspot.com/

Venezuela vive en una guerra civil de facto, no entre opresores y oprimidos sino en el seno del pueblo. Quince años después del inicio de la “revolución bolivariana”, obra del “socialismo del siglo XXI”, cada año unas 19.000 personas (otros analistas elevan ese número a 21.000) mueren víctimas de la violencia interpersonal, de la delincuencia. Es una cifra aterradora, escalofriante.
       
Las comparaciones son odiosas pero en el caso de “España” el número de homicidios está en torno a los 400 anuales, con una población de 44 millones, mientras el país latinoamericano tiene unos 29.
       
La gente se mata entre sí por cualquier cosa pero sobre todo por dinero. El dinero es tan ansiado e idolatrado por un número muy elevado de las gentes de Venezuela que no dudan en agredir con voluntad homicida a sus iguales para conseguirlo.
       
¿Es esa una sociedad deseable, revolucionaria? Y, yendo más a lo analítico y reflexivo, ¿cómo y por qué se ha creado ese orden terrible en que los miembros de las clases populares se asesinan los unos a los otros, cuando deberían ayudarse y apoyarse, quererse y servirse?
       
Sin duda lo que realmente hay en Venezuela es una sociedad hobbesiana. Esto es, fundamentada en las formulaciones pavorosas de T. Hobbes, el filósofo y politólogo inglés del siglo XVII, para el cual el estado natural de los seres humanos es “la guerra de todos contra todos”, dado que el individuo es “lobo” para el individuo.
       
Hobbes vincula la violencia “natural” con el Estado, pues sostiene que éste es el único capaz de protegernos de los iguales, siempre ansiosos de expoliarnos, agredirnos, violarnos y matarnos. El Estado nos salva, es el bien, mientras que nuestros semejantes son el enemigo, el origen de todo terror, el mal absoluto. Lo mismo creía Nietzsche, discípulo de Hobbes, así como Stirner, el anarquista individualista[1], y, con ellos, todo el fascismo, cuya ideología se resuelve en una formación: el Estado es el todo y el pueblo ha de ser su vasallo.
   
    
La pregunta clave resulta ser: ¿es pensable un socialismo fundamentado en el odio mutuo, en la codicia más desenfrenada, en la agresión, en una grave ausencia de ética y valores, en una deshumanización casi universal? No, parece que no.
       
Lo que Hobbes dice, en realidad, es que debemos odiarnos, ofendernos y atacarnos los unos a los otros para que así el ente estatal tenga una razón de ser, porque si reinara la fraternidad en actos, ¿qué excusa tendría el Estado para existir? Es más, en tales condiciones todo ente estatal tendría los días contados.
       
Hobbes, el muy bellaco, no expone lo que es sino lo que debería ser conforme a su ideología de amante enardecido del Estado. Desea más Estado, mucho más Estado, y necesita pretextos para que éste se expanda.
       
En Venezuela lo que existe es una dictadura militar encubierta con el velo del parlamentarismo. Chavez es teniente coronel y, en tanto que tal, caudillo de la “revolución bolivariana”. El ejército gobierna paternalistamente al pueblo, y le da algunas ventajas materiales, a costa de la renta petrolera: consigue dólares y euros en el mercado mundial y, una parte de ellos, los derrama sobre el pueblo. Es, pues un “socialismo” sustentado en el mercado. Curioso.
       
Un socialismo con dos pilares de lo más sorprendentes, la gran empresa del capitalismo de Estado, la petrolera PDVSA[2] y el ejército.
       
En 1998, cuando Chavez llegó al gobierno, había 4.500 homicidios anuales. Cuatro años después la cifra se elevó a 11.300. Después… ya no hay cifras oficiales, pues el gobierno de hecho militar presidido por Chavez prohibió darlas.
       
Una sociedad semi-militarizada de facto, con un aparato policial muy poderoso (y muy corrupto), sólo puede tener esos índices de violencia social por una razón: porque el régimen mismo la alienta, cuando no la organiza él mismo. No cabe duda de que si hubiera voluntad de poner fin a la guerra civil de “todos contra todos” el Estado chavista podría hacerlo.
       
Pero en ese caso el pueblo tendería a unirse contra el chavismo, contra su paternalismo dadivoso, mentalidad limosnera, despotismo dieciochesco y caudillismo vociferante, contra su “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Podría unirse para pelear por tener el poder de decidir directamente por sí, sin aparato estatal ni clase empresarial (esa a la que Chavez denuesta sólo para protegerla mejor y hacerla aún más rica, muchísimo más rica), en un orden de asambleas populares y con autogestión integral de la economía.
       
El régimen militar chavista, al adoctrinar a la gente en la exclusividad de los bienes materiales, de la riqueza física y de los goces del estómago ha creado las condiciones ideológicas para el desencadenamiento de la guerra civil en curso. Si sólo importa el dinero, el bienestar, el consumo y la riqueza, y eso es lo que el chavismo repite a las masas un día sí y otro también, ¿por qué no tomarlos de donde sea y por los medios que sean?, ¿por qué no quitárselo al de al lado tras descerrajarles unos tiros?
       
El chavismo, pues, llama “socialismo” a lo que es la esencia misma del capitalismo, el ansia de riquezas. En eso sí es marxista, pero no lo es en su apología del aparato estatal, dado que Marx dijo que el Estado, en condiciones de propiedad privada contemporánea, es “ESTADO CAPITALISTA” (así lo denomina) con el ejército como columna vertebral, que debe ser derribado por la revolución proletaria.
       
Ahora tenemos que el “ESTADO CAPITALISTA” de Marx se han transmutado en “Estado socialista” con Chavez, ejército incluido. Es algo milagroso y portentoso…
       
Todo esto es una ridiculez que va a acabar muy mal. A quienes van de buena fe les animo a que rompan con el chavismo antes de que se vean arrastrados al descrédito más espeluznante. A la izquierda pro-capitalista le ruego que siga loando a Chavez pues así se desenmascarará, quizá del todo y para siempre, sólo en un par de añitos...
       
En Venezuela se está manifestando un hecho mil veces repetido en la historia: cuanto más poderoso es un Estado y más se inmiscuye en la vida de las clases populares, más se degradan y embrutecen éstas en lo intelectual, convivencial y moral. Quienes confunden socialismo con hiper-estatismo son, por tanto, los enemigos principales del pueblo, los adversarios más temibles de la revolución popular integral, hoy más necesaria que nunca en Venezuela, contra el chavismo, el capitalismo y el imperialismo, y sobre todo contra el Estado, matriz sempiterna de capitalismo.

[1] Una de las poquísimas críticas fundamentadas y responsables al chavismo es el libro “Venezuela: la Revolución como espectáculo. Una crítica anarquista al gobierno bolivariano”, de Rafael Uzcátegui, editorial La Malatesta. Pero, como expone el mismo Rafael, casi todo el anarquismo latinoamericano respalda a Chavez. Eso manifiesta la delicada situación del movimiento libertario, en buena medida invadido por la ideología socialdemócrata y, por tanto, estatista y militarista. Claro que quienes leen a Stirner, ese proto-fascista, creyendo que es anarquista manifiestan lo que son, meros agentes de la reacción más extrema, o, en el mejor de los casos, majaderos sin remedio.

[2] Quienes identifican capitalismo de Estado con “socialismo” deben ser refutados mostrando lo obvio, que en las empresas de capitalismo de Estado, en Venezuela y en todo el mundo, los trabajadores hacen huelgas, igual que en las de capitalismo privado. Y las hacen porque están explotados. La izquierda preconiza el capitalismo de Estado porque quiere apoderarse para sí de todos los medios de producción, creando un nuevo capitalismo, hiper-poderoso, como se observa hoy en China.

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