sábado, 29 de septiembre de 2012

Una izquierda que se parece a la derecha y una derecha que se parece a la izquierda.


Ya verán después de éste proceso electoral, como esa izquierda y esa derecha, se reparten el botín, los privilegios quedaran como siempre, dentro de ellos como clase política, pero eso sí, ambos sectores, unos identificados con el socialismo del siglo XXI y otros con el capitalismo, quedaran como siempre: de rodillas frente al imperio del capital, arrastrándose como siempre frente a los que tienen el poder real y ellos conformándose con el poder formal, pero vendiendo a Venezuela.

Por Enrique Contreras Ramirez.
En algunas oportunidades he señalado, que la izquierda en América Latina se encuentra tan recolonizada, al igual que la derecha. A esa izquierda le cercenaron su capacidad creativa, no tiene pensamiento propio y se ha limitado a jugar un triste papel como es la de legitimar, las expresiones políticas, ideológicas y económicas de los grupos dominantes, al avalar en todas sus manifestaciones el poder opresor, que se ejerce a través del Estado, un Estado que no representa los intereses de los pueblos.
Es una izquierda que se desvirtúa dentro de esas instituciones para garantizar el poder de la clase que domina, la misma se encuentra integrada al sistema de dominación o bien por conveniencia o por “coincidencias” con el modo de producción que predomina, se inserta en la propuesta de manera natural y conformándose con las cuotas de poder que le da el mundo financiero global, hasta el punto que le puede otorgar el “favor” de poder manejar un país, con tal de que le corresponda a lo planificado de acuerdo a sus intereses.
Esos partidos que se dicen “revolucionarios”, “tienen el corazón en la izquierda, pero el bolsillo en la derecha”, olvidando su compromiso con los cambios estructurales necesarios para poder salir del modelo socio – económico que establece esa relación opresor-oprimido. Su discurso ideológico se disfraza, al igual que el de la derecha de utopías, para poder engañar y manipular sin que la población pueda percatarse de la realidad, por lo que hemos venido planteando con respecto a la alienación colectiva.
Esa izquierda asumió y aprendió de la derecha, a utilizar el discurso electoral, que observando las necesidades de los pueblos, construye su arenga de manera falaz, para poder seguir subsistiendo y viviendo electoralmente, de las angustias y la esperanzas que desarrollan los pueblos, como mecanismo de defensa psicológica, para compensar su desesperación por no tener un modo de vida, que le pueda satisfacer dignamente, como seres humanos sus necesidades.
Esta lamentable posición, de una izquierda institucionalizada, legaliza la dominación cotidianamente en los procesos electorales, para recibir las migajas que le otorga la derecha que dice combatir, se fusiona con ella, negocia, se vende, traiciona, engaña, pacta, se presta para pisotear los intereses de un pueblo que aspira cambios sustanciales y que cree que votando por esa izquierda puede llegar a mejorar sus condiciones de vida. Es una praxis siniestra y mal intencionada, cuyo discurso confunde dando a entender que dentro del modelo que domina, se pueden cambiar las cosas, haciendo que los pueblos asuman de manera “natural” la subordinación.
Es una izquierda, que se organiza en partidos políticos, al igual que la derecha e incluso sin diferencias sustanciales, en la concepción de lo que son los partidos políticos, pues los mismos son instrumentos reguladores y controladores del descontento colectivo. Ambos sectores, no soportan la concepción utópica creadora, revolucionaria, subversiva, pues la misma les representa un peligro en las relaciones de poder que sustentan, además de que la utopía no es posible según sus argumentos, son simplemente sueños de sectores revolucionarios disociados de la realidad en que viven, ignorando que cuando se sueña sólo, es eso, un sueño. Pero cuando se sueña con otros es el comienzo de una realidad, tal y como lo planteaba Helder Cámara.
Para esa izquierda y esa derecha, que siempre termina fusionada en pactos y arreglos, todo lo que se sale del juego electoral, que mantiene y “legaliza” la dominación imperante, queda fuera del contexto institucional y por lo tanto todo lo que atenta contra esas estructuras amañadas y tramposas son subversivas, de allí que el Estado está en obligación de aplastarlas con sus respectivos cuerpos represivos.
Ya verán después de éste proceso electoral, como esa izquierda y esa derecha, se reparten el botín, los privilegios quedaran como siempre, dentro de ellos como clase política, pero eso sí, ambos sectores, unos identificados con el socialismo del siglo XXI y otros con el capitalismo, quedaran como siempre: de rodillas frente al imperio del capital, arrastrándose como siempre frente a los que tienen el poder real y ellos conformándose con el poder formal, pero vendiendo a Venezuela.


 

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