jueves, 10 de mayo de 2012

Desde Cuba: La caída de la Unión Soviética y la responsabilidad de los oficialistas


Por Rogelio M. Díaz Moreno

En una de sus muy seguidas Reflexiones, el Comandante en Jefe, Fidel Castro, refiere cómo Stalin, en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, realizó una serie de bestiales purgas en el Ejército Rojo que implicaron el asesinato de “3 de los 5 Mariscales, 13 de los 15 Comandantes de Ejército, 8 de los 9 Almirantes, 50 de los 57 Generales de Cuerpo de Ejército, 154 de los 186 Generales de División, el ciento por ciento de los Comisarios de Ejército y 25 de los 28 Comisarios de los Cuerpos de Ejército de la Unión Soviética”. Debilitado por estas pérdidas de sus más valiosos cuadros, solo a base de un enorme sacrificio en vidas humanas y territorio patrio pudieron los soviéticos detener y revertir el avance de las hordas fascistas, hasta aplastar a la bestia hitleriana en su propia madriguera de Berlín.

Si bien el terreno militar fue el más dramático, dadas las circunstancias, los historiadores completan el cuadro de la devastación estalinista también en el sector civil e industrial. Miríadas de cuadros valiosos de la economía fueron fusilados o enviados al destierro siberiano en número que, no por polémicos, dejan de ser una manifestación de la criminalidad más destructiva que sufriera aquel gran país. Se puede encontrar más de una Reflexión del Comandante, donde menciona críticamente el daño que infligió Stalin al país de los Soviets, liquidando además con gran efectividad a los compañeros de Lenin en la Revolución de Octubre.

Naturalmente, que Stalin mismo no apretó el gatillo detrás de la nuca de los asesinados, ni los condujo personalmente al destierro. Al funesto georgiano lo acompañó un fiel aparato represor, horrorosa deformación de los órganos de seguridad que la joven república bolchevique necesitó para defenderse de la agresión de todas las potencias occidentales reunidas en su contra desde su nacimiento. Stalin fue apoyado, o mejor, aupado y sostenido, por la clase burocrática y autoritaria que Trotsky describió magistralmente en sus descripciones del devenir de la Revolución traicionada.


Está de más decir que la clase que mantuvo a Stalin en el pináculo del poder –como garantía y símbolo de su propio estatus de dominación y privilegios– se llamaba a sí misma con los apelativos más altisonantes del vocabulario revolucionario. Se consideraban, pervirtiendo los términos, como los verdaderos comunistas fieles a los credos marxistas y leninistas, que masacraban junto con sus víctimas. Esta clase contó, por supuesto, con la adulación armoniosa de un número significativo de intelectuales, escritores, periodistas, artistas, etc., que elegían conscientemente ignorar los nefastos problemas a su alrededor para complacer a sus generosos mecenas; con las honrosas excepciones de Maiakovski, Meyerhold, y algunos otros que pagaron con su vida el atrevimiento de no otorgar su fidelidad a aquellos burgueses encubiertos. La clase dominante sobrevivió al individuo Stalin, como era de esperar y, por ejemplo, impidió con un golpe de estado el intento de Nikita Jruschov de enjuiciar los crímenes cometidos por Stalin y aligerar al Estado soviético de los tenebrosos tentáculos del estalinismo.

Desde que Gorbachov protagonizara la ceremonia de poner punto final al Estado soviético, un increíble número de ingenuos o malintencionados han culpado a una fantasmal derecha oposicionista de haber subvertido el proyecto comunista. Estos rectificadores de la historia pasan por alto que los que aparentemente se volvieron millonarios de la noche a la mañana resultaron ser, en su mayoría, los mismos políticos y funcionarios que ostentaban los altos cargos y poderes en el sistema anterior. Obviamente, se hicieron sentir las dificultades económicas engendradas por la necesidad de mantenerse al día en la carrera armamentista, impuesta por el imperialismo, pero al interior de la Unión Soviética poco podían penetrar los agentes de la CIA o sus lacayos mercenarios. Si había una derecha en Moscú, no podía ni necesitaba hacer mucho más que permanecer sentada y contemplar cómo aquellos burócratas, que ayer hacían gala de una fidelidad acérrima como herramienta de escalamiento, abatieron luego el aparato, cuyo funcionamiento ya no les resultaba lo suficientemente lucrativo, para montarse en los nuevos vehículos del capitalismo, mucho más potentes y opíparos. La labor de estos sujetos infames se vio facilitada por un resultado acumulado en las décadas anteriores, esto es, la enajenación de las masas proletarias y los comunistas de base por el alejamiento y las barreras de autoritarismo impuestos por la clase dirigente. En el momento oportuno, y tras recibir la señal adecuada, los intelectuales de la nueva era adaptaron el programa correspondiente –otra vez, con honrosas excepciones– e invirtieron el discurso, sepultando todo lo valioso y heroico de la gesta socialista para hacerse eco de las nuevas modas pro-capitalistas; siempre siguiendo los nuevos movimientos de batuta de la dirección. Vaya, sin dejar de ser oficialistas. Gorbachov, como Stalin, simplemente ratificó el sueño de la clase dominante, cuya defensa acrítica era llamada hasta ese momento oficialismo, y que resultara traidora al socialismo y a los millones de mártires de la Revolución bolchevique.

¿Por qué vale la pena mantener la historia a la vista y aprender sus lecciones? Vienen a la mente las palabras del General en Jefe, compañero Raúl Castro, en la sesión veraniega del año 2011 de la Asamblea Nacional: “Más de una vez he expresado que nuestro peor enemigo no es el imperialismo ni mucho menos sus asalariados en suelo patrio, sino nuestros propios errores y que éstos, si son analizados con profundidad y honestidad, se transformarán en lecciones” y “el mayor obstáculo que enfrentamos en el cumplimiento de los acuerdos del Sexto Congreso es la barrera sicológica formada por la inercia, el inmovilismo, la simulación o doble moral, la indiferencia e insensibilidad”.

El Primer Secretario del Partido ha ratificado así que los intereses, externos o internos, que se decantan por el capitalismo en Cuba no tienen arraigo ni fuerzas suficientes para forzar ese cambio. Con toda la perversidad de la que ha sido capaz el imperialismo, con agresiones terroristas, bloqueo, persecuciones, difamación, etc., con todo el deterioro económico que ello ha conllevado, no ha logrado más que reforzar el apoyo a su Gobierno de un pueblo por naturaleza independiente y orgulloso; la contrarrevolución interna tampoco ha logrado más éxitos. Lo más peligroso para la nación cubana, para el socialismo y la soberanía que deseamos en estos lares, son esas mentalidades de simulación y doble moral, el inmovilismo, el autoritarismo y otros males por los que estamos seriamente amenazados. Ahora, ¿de dónde brotan esos males, si no de las estructuras mismas que implican poderes y privilegios para funcionarios y burócratas parásitos del pueblo? ¿Quiénes sacan las mayores ventajas del secretismo, ese otro mal tan flagelado por Raúl, sino aquellos que medran con la corrupción, el desvío de recursos, el abuso de la autoridad, desde elevadas posiciones? ¿Debe un revolucionario ponerse del lado de Raúl, o de esa clase? La lucha de la Contraloría contra estos agentes ha permitido el truene de unos cuantos de esos personajes que parecieran antaño intocables, ministros, presidentes de gobierno a distintas instancias regionales, y así por el estilo, pero obviamente falta mucho por hacer y, sin la participación de todos los ciudadanos revolucionarios conscientes, este combate decisivo no se podrá ganar.

Tal vez el obstáculo más grande que enfrente el pueblo trabajador para emprender esta lucha sin cuartel, a la que ha llamado el compañero Raúl, es que estos personajes tienen la cobertura perfecta en las casacas del oficialismo. Vamos a situar un contexto concreto, aterrizar un panorama específico: ¿cómo es posible encarar a Lindoro Incapaz, respaldado por el compañero Pepín, del nivel central? Pareciera una misión suicida para la torpe Flor de Anís, el desgastado Maraca, el buenazo de Chicho. Pues bien, existen mecanismos y armas que tenemos los trabajadores para vencer en esta imprescindible batalla. Vladimir I. Lenin delineó un par de ellas, así que podemos y debemos aprender también de unos espacios donde los intelectuales revolucionarios y críticos deben tener, precisamente, un importante rol.

Para empezar, habría que acudir a una política mediante la cual el nombramiento de los funcionarios a cargo de los asuntos públicos –ya sean económicos o estatales– tiene que estar sujeto a procedimientos democráticos. No nos repliquen con el ridículo argumento de que estamos propulsando el multipartidismo: las elecciones en Cuba demuestran que es posible montar ejercicios democráticos socialistas sin esa noción.

Estos funcionarios, de más está decirlo, deben estar sujetos al escrutinio público. Como segunda política, sus actos, decisiones y medidas deben ser del conocimiento inmediato de la población. No más sombras de camuflaje sobre las orientaciones, medidas y requisitos procedentes de un misterioso “arriba” para su imposición sobre el cliente, el solicitante, el trabajador, no: esta planilla con este sello la ordenó Fulano; Mengano es el responsable de administrar el recurso que hace falta para emprender tal inversión. Ya Fulano y Mengano tendrán que responder porque, no les quepa duda: la tercera política implica que tienen que encarar al pueblo en rendiciones periódicas, que servirán para su parabién o despido, en dependencia de la calidad de su gestión. Ahí tenemos otro camino que nuestro socialismo ha preparado, pues las reuniones de rendición de cuenta y la revocación de representantes son un pilar del Poder Popular. Falta ahora que se extiendan a aquellos otros funcionarios y dirigentes cuyas potestades sobrepasan a las del delegado local.

Con un funcionamiento así, será difícil, por no decir imposible, que los sujetos oportunistas y de doble moral puedan burlar al pueblo revolucionario. En caso de que algunos de estos pretenda convertir una posición aventajada en su feudo particular, las oportunas denuncias de los males sufridos por los trabajadores y la población en general, investigadas por periodistas responsables y publicadas por ellos –ya sea en los periódicos oficiales, ya sea en sus blogs personales– le cortarán muy pronto el paso a aquello que constituye, según ha dicho Raúl, el principal peligro que enfrenta hoy nuestra Revolución. Evoquemos el papel del Comandante en Jefe Fidel, que no ha temido situarse en ese terreno de la oposición en más de una ocasión, para denunciar y criticar el recurrente flagelo del burocratismo y la corrupción, disfrazados de oficialismo. No creo que un intelectual revolucionario tenga a menos ocupar un puesto honrado por Fidel, a menos que sea de los que utilizan la casaca oficialista para beneficiarse en el reparto del pastel de beneficios y privilegios que sus distorsiones permiten.

En resumen, y parafraseando un refrán popular: De las aguas (hipócritamente) oficialistas, líbrenos Dios; que de las capitalistas, nos cuidamos los trabajadores.

Publicado en el blog del Observatorio Crítico

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