jueves, 12 de abril de 2012

Género: La tarea del planchado


Por Claudia Montero

Mi tarea de hoy era comenzar a escribir un artículo acerca de la exclusión de las mujeres de la esfera pública. Y entonces yo peleaba con el idioma de este país en el que vivo por la circunstancias de la vida, ¿que cómo se dirá participación política?, ¿significará lo mismo organización que organization?...  y entonces con lo maravilloso de internet, en un click me voy a las feministas clásicas en su idioma original, y me estremezco con su potencia y me siento más feminista que nunca y escribe que escribe mientras mi marido cocina que cocina, porque yo sólo tengo cabeza para pensar en la diferencia entre lo público y lo privado y no entiendo nada de cómo cocinar esos vegetales nativos que se parecen a los nuestros pero definitivamente necesitan un trato diferente.

Y el día continua y almorzamos en la tranquilidad de la vida marital, pensando en que no se nos moje la ropa con la lluvia que amenaza y que la máquina dejó tan blanquita, y que fantástica es la otra máquina que deja la loza tan limpiecita y que a mí me llena de orgullo que mi marido la arregló y ahora feliz guardo las copas brillantes en el mueble, y que me deja tanto tiempo para el resto de las cosas. Y sigo planificando mi día pensando en el planchado que gracias a los amigos que ya se fueron ahora tengo plancha y planchador, y mientras realizo este ejercicio tan doméstico me abandono primero en los pensamientos del problema del acceso de los derechos de las mujeres, que qué maldita idea del “ángel del hogar” y que a la mierda con el ideal de la domesticidad…  y qué cómo digo todo eso en inglés, que necesito un diccionario de ciencias sociales o algo por el estilo…

Y caigo en la cuenta que puedo pensar todo eso porque planchar me relaja, porque instantáneamente me conecta con mi genealogía, primero con mi nana, esa mujer que ayudó a mi madre en la crianza y con quién pasé largas horas acompañándola: en la misma mesa mientras ella planchaba, yo me abandonaba en las tareas escolares, pero igual aprendí  cómo hacer para que ahora las sábanas de algodón egipcio  de 400 hilos que llegan a Inglaterra a precio de huevo, me queden estiraditas: primero doblar en cuatro y estirar, dar vuelta sobre los dobleces y volver a estirar, punta con punta…  y no repasar cuando se termina para que no queden marcas…


Y me concentro en mi tarea doméstica y me remueve el recuerdo de una abuela que no conocí, pero que estoy segura que por algún intrincado mecanismo de memoria genética heredé este gusto por las servilletas de género, que primero remojé para desmanchar, pasaron por la máquina de lavar y blanquitas blanquitas yo estiro y dejo cuadraditas,  planchaditas. Una inversión de energía que no se entiende en este mundo que le falta tiempo para todo, que tiene servilletas desechables como todo, que además con derechos plenos, las mujeres no deberíamos esclavizarnos para presentarlas en la mesa cotidiana y de invitados por igual.

Y sin embargo ha tenido que pasar tanta lucha, tantas cárceles y tanta lágrima para que yo, inmigrante habitante del imperio me sienta reconfortada planchando servilletas y nada de sometida, sino más bien todo lo contrario: libre de elegir todo lo que he hecho y todo lo que hago, reproduciendo lo que me hace sentido y resignificando lo que no.

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