martes, 16 de agosto de 2011

Venezuela: El mito del país rico


Por Humberto Decarli

Una de las creencias recurrentes de la gente en Venezuela es la de pensar en ser una nación rica. Ha sido uno de los múltiples mitos arraigados en nuestra mente así como el de la supuesta existencia de una democracia política y no social, ser un país no racista así como el del igualitarismo y la ilusión de ser un receptáculo de dinero por la renta petrolera.

El imaginario se ha formado consecuencia del valor del crudo, incrementado a partir del embargo petrolero árabe del año 1973 que ha sugerido una riqueza ingente ahora apuntalada por la coyuntura presente signada por la escasez de los hidrocarburos.

Sin embargo, detrás de esa imagen de bonanza subyace un universo diferente. Las cifras del P.I.B., por elevadas que sean, no representan per se unos dígitos impresionantes porque muchísimas trasnacionales generan bienes y servicios más altos que muchos Estados nacionales, entre ellos el nuestro. Asimismo el Estado venezolano ha percibido esos descomunales recursos y los ha dispuesto a discreción en consonancia con las directrices impuestas desde el exterior por los ejes del orbe. De la misma manera, la desigualdad social es imponente a pesar de haberse reducido, por efecto maquillador de la bondad fiscal, el coeficiente de Gini.


Para definir si un país es rico no basta con observar el conjunto de bienes y servicios producidos en un segmento temporal. Tampoco si las divisas recibidas son muchas o pocas ni del ingreso per cápita, otro elemento ilusorio. Los números macroeconómicos muestran cifras genéricas sin significación alguna a los efectos de expresar el nivel de vida de las personas. Quizá algo medianamente aproximado sería el Índice de Desarrollo Humano porque incorpora factores distintos a los económicos, vale decir, toma en consideración el acceso a la salud, la educación y los servicios.

 Dentro del flujo informativo contemporáneo nos llegan datos impresionantes como el de que en Chile un veinte por ciento de la población tiene el nivel de Bélgica pero el ochenta por ciento el de Angola. También está la noticia de ser Grecia el cuarto importador de armas en el mundo (para resguardarse de su enemigo histórico, Turquía), concomitante a su grave crisis cuya salida la resuelven los interventores colocando el peso del sacrificio en las grandes mayorías. Son ejemplos que manifiestan el desnudo de realidades encubiertas.

Realmente la riqueza de un país se encuentra en el nivel y la calidad de vida de sus hombres y mujeres. Si tienen posibilidad de solucionar las necesidades básicas y más allá, podríamos aseverar su riqueza. Si no se cubren esos requerimientos estaríamos en presencia de seres humanos en o bajo el umbral de la pobreza. El África subsahariana es el paradigma de la inopia y América Latina, Asia y sectores europeos y africanos son militantes de la pobreza.

En el caso venezolano es fácil la definición de nuestra situación. El salario mínimo, percibido por la mayoría de la población activa, es inferior a la canasta básica y la cesta alimentaria, la inflación es permanente, los impuestos son regresivos, la salud pública es harto deficiente, el déficit de vivienda es alarmante porque supera los dos millones y medio y la educación es realmente precaria. La resultante es que somos una nación ostensible y evidentemente pobre.

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