Por Humberto Decarli
Venezuela depende hoy más que nunca de la renta petrolera. La política económica de esta gestión gubernamental se orienta hacia las importaciones haciendo uso del elevado precio del barril petrolero como soporte de esa postura en desmedro de la producción y la industria nacional.
Alberto Adriani, aquel brillante economista tempranamente fallecido, señaló la necesidad de invertir el producto del oro negro en un proceso de industrialización y años después Arturo Uslar Pietri habló de sembrar el petróleo en ese mismo sentido.
No obstante, tanto las dictaduras como el modelo democrático populista nacional, se han direccionado a usufructuar el numerario proveniente de la venta del excremento del diablo. Todos los líderes hablan de romper el rentismo pero una vez accedido al poder la realidad es diametralmente opuesta y llevan a cabo lo contrario.
Existen diversas razones para entender esa dinámica que estrangula el devenir histórico venezolano. En primer lugar, nuestra nación es considerada por los centros mundiales de poder como un proveedor de fuente energética fósil y nada más. En segundo término, el esquema democrático formal se fundamenta en el clientelismo el cual es satisfecho con un excedente financiero otorgado por el valor de los hidrocarburos. Tercero, es un vehículo para liderizar América Latina y el antiguamente llamado Tercer Mundo como lo demostró el primer gobierno de C.A. Pérez y lo ha ratificado el actual. Cuarto, el facilismo derivado de una concepción extractiva donde el trabajo está ausente da un espaldarazo más a este criterio.
Todos esos factores han incidido en la consolidación de un enfoque rentista de la economía donde el Estado, en especial en las épocas de bonanza, es el eje de la actividad. A cada bonanza, sin embargo, le sigue un descalabro a pesar de que en la actualidad hay una entrada descomunal de dinero acompañada de una contracción hasta el pasado año.
La dependencia del petróleo es tal que si se eleva su precio hay expansión y si decae se origina recesión. Es un estado de necesidad por el cual atraviesa y cumple el Estado venezolano su rol de gendarme económico y organizador local de la economía en el contexto de su articulación con los intereses internacionales.
Definitivamente el rumbo escogido por el andamiaje gobernante es el elemental, vale decir, el concepto de la renta petrolera. Y la actual administración ha profundizado esa conducta convirtiendo al país en un ente supeditado a las fluctuaciones del precio de los hidrocarburos. Siempre con la mentalidad de explotar al máximo las otras fuentes fósiles, como el gas y el carbón haciendo abstracción de los daños ambientales ya ocasionados.
Es una fórmula de adecuar nuestra economía a la globalización al concatenar la entrada de divisas al rol asignado por los ejes mundiales de poder, la de ser un proveedor barato y consecuente de los Estados Unidos y de la potencia capitalista salvaje emergente, la República Popular China. Son las coordenadas impuestas por los cenáculos que dirigen al planeta y prestas a cumplir por el militarismo nacional en pleno vigor detrás de un espectáculo de estridencias radicales.
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