Antonio Pérez C.
Si en algo coinciden la mayoría de analistas políticos (una de las pocas profesiones que no precisa titulación universitaria ni máster de postín) es en decretar la obsolescencia del sindicalismo clásico. Los más ultraliberales porque consideran que cualquier traba que se ponga a la libertad del mercado, del capital más exactamente, supone una merma de beneficios y, por ende, del crecimiento de la economía que, obvio es recordarlo, está en manos de ese 1% que cada vez es más rico.
Pero también desde posturas mucho más progresistas o de izquierdas (parece que ahora ambos términos son equivalentes) se opina que el sindicalismo llamado de clase es una antigualla de cuando esos mismos expertos mamaban intelectualmente de las ubres del marxismo-leninismo y militaban con la esperanza de una pronta dictadura del proletariado.
Si en algo coinciden la mayoría de analistas políticos (una de las pocas profesiones que no precisa titulación universitaria ni máster de postín) es en decretar la obsolescencia del sindicalismo clásico. Los más ultraliberales porque consideran que cualquier traba que se ponga a la libertad del mercado, del capital más exactamente, supone una merma de beneficios y, por ende, del crecimiento de la economía que, obvio es recordarlo, está en manos de ese 1% que cada vez es más rico.
Pero también desde posturas mucho más progresistas o de izquierdas (parece que ahora ambos términos son equivalentes) se opina que el sindicalismo llamado de clase es una antigualla de cuando esos mismos expertos mamaban intelectualmente de las ubres del marxismo-leninismo y militaban con la esperanza de una pronta dictadura del proletariado.















