J.
Rodríguez, O. Salgueri y A. Sánchez
El anarquismo, más allá de cualquier acepción
romántica, no puede entenderse como una ideología del pasado, pese a los continuos
intentos de los discursos dominantes por fechar su desaparición en mayo de 1937
tras los “sucesos de la semana trágica” de Barcelona. Mientras que en España sobrevivió
en la clandestinidad y en el exilio, en otros países iría cristalizando en
algunos de los denominados nuevos movimientos sociales que irían desde el
pacifismo y el antimilitarismo hasta los ecologismos y movimientos antidesarrollistas,
pasando por los postfeminismos. Negar su extinción, claro está, no implica
afirmar que el anarquismo hoy está en todas partes, como postula Nato Thompson,
comisario de arte en Creative Time, al observar que el anarquismo se ha
convertido en un estilo de vida y ha originado un tipo de personas que denomina
anarchists lifestyle, distintos de los punks y los okupas de hace 20 años, y
entre las que incluiría también los hipsters, en tanto que nueva generación urbana
distinguida estéticamente como grupo con identidadpropia, consumidora cultural fuera del mainstream,
que monta en bici y participa en jardines comunitarios (Thompson, 2013: 53).

















