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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Opinión: Las prácticas y subjetividades sociales venezolanas




 Humberto Decarli 

El estado del país es extremadamente grave. En cualquier aspecto a analizar encontraremos un nivel precario porque el modelo político, económico y social ha llevado a despilfarrar una ingente entrada de divisas como quizá ninguna nación lo haya hecho y además, haya pasado por esta ordalía. Lo vivido en Venezuela es una distopía porque se trata de una pesadilla confundida con la realidad.

La solución a esta enorme aberración pasa por refundar al país pero no con un proceso constituyente lampedusiano que maquille al poder ni por la obra y gracia de una élite iluminada capaz de ejercer actos de ingeniería social ni milenarismo alguno. Debe ser un mecanismo destituyente producto de un grado inmenso de madurez de la sociedad para alcanzar opciones distintas a las existentes.

Pudiese haber reformas en el plano económico, financiero, social y cultural que de alguna manera alcanzasen algún progreso en esos tópicos. Sin embargo, hay una apreciación a mi modo de ver fundamental para cualquier transformación aspirada. Me refiero a las prácticas sociales del venezolano generadoras de subjetividades y una simbología acumuladas a través de nuestra historia y modelada e interferida por la dominación a través de sus dispositivos disciplinarios y mejor aún, por los de control como el diseñado por los medios, el lenguaje y el pensamiento.


Los valores venezolanos rayan en la abyección. La mentalidad es propia de un devenir difícil y complicado. Si se estima lo expresado por Inés Quintero en un libro suyo, “Más allá de la guerra”, podemos percibir el desastre con el cual nació el país porque su relato va a desenmarañar el surgimiento de la nación desde el ángulo civil, vale decir, lo ocurrido en las universidades, las iglesias, los tribunales y todos los aspectos de la sociedad colonial recién secesionada de España. Si a ello le aunamos el ejercicio autoritario emergido de los militares dueños de Venezuela cobrando por sus servicios bélicos durante los años que van desde 1810 hasta 1830, la senda dibujada no es otra que la que estamos viviendo.

Lo acontecido a partir de la disolución de Colombia y durante los siglos diecinueve, veinte y los pocos años del veintiuno, inciden en ratificar ese estado iniciático e incluso lo incrementan exponencialmente. Se ha consolidado toda una subjetividad partiendo de principios congestionados por el tiempo cuya resultante es la dramática y lamentable visión dominante. Va muchísimo más allá que el determinismo congénito del cual hablaba Francisco Herrera Luque (La huella perenne), para explicar la postura del venezolano quien la ubicaba en rasgos sociopáticos dejados por los andaluces y extremeños, quienes legaron su impronta de belicismo y pillaje en la futura organización colonial hispana.

Paradigmas del venezolano
Pienso en describir a la mentalidad venezolana, más allá de los concursos de bellezas, la identidad culinaria alrededor del pabellón, la hallaca y la arepa, la alegría caribeña, la afición desmedida por el deporte convirtiendo a la gente en analistas teniendo conocimientos precisos del staff de picheo del Magallanes y el line up del Caracas pero nadie sabe nada de petróleo porque es para especialistas, el empleo del alcohol como instrumento de vinculación y de adicción pública, de reafirmarse como el “mejor país del mundo”, del Alma Llanera, del mito de la igualdad racial y del país rico. Prefiero hacer algunas precisiones que la definan transversal y longitudinalmente.

Realmente predomina el racismo, el mito del país rico, la misoginia, la homofobia, el mesianismo, el resentimiento, el individualismo, el caudillismo y mesianismo, el militarismo, la creencia en una democracia chucuta, la religiosidad típica, la simbología del juan bimba al malandro, el neolenguaje, el machismo, la misoginia, la homofobia y las falsedades de la historia.

El racismo
Una de las creencias más incisivas en el imaginario popular es sostener la inexistencia de discriminación fundada en el racismo. Es una idea bien internalizada pero que no resiste el más elemental análisis. Se piensa en que los conquistadores andaluces y extremeños al entrar en contacto sexual con las aborígenes pudieron procrear un mestizaje apto para hacer sentir la igualdad étnica, omitiendo la violencia empleada para someter a las autóctonas. Fue verdaderamente una violación en gran escala la cometida por estos europeos bien sincréticos en sus costumbres y creencias pero con una gran carga de violencia y autoritarismo.

La respuesta inicial para entender al racismo criollo se encuentra en nuestra génesis como sociedad. La etnia triunfadora del proceso de conquista, colonia y de secesión del imperio español fue la blanca europea y sus descendientes criollos, cuyos rasgos de racismo eran indubitables. A partir de esa victoria que llevó a los mantuanos a la dominación de la sociedad venezolana se introyectó un esquema racista en las élites y fue desbordadas hacia todos los estratos sociales. El texto de Ligia Montañez, “El racismo oculto de una sociedad no racista”, es esclarecedor al respecto y hay un enfoque certero sobre este tema. También allí se aborda la categoría del endorracismo como elemento diáfano del racismo nacional.

Como la conquista, por su violencia sexual, originó cruce con aborígenes y después con los esclavos africanos, se dio el caso de los prejuicios trasladados hacia otros estamentos no europeos ni mantuanos. Se orientaron, desde los mestizos y pardos, a reivindicar los valores europeos y no los africanos, muy común en nuestra época donde un mulato puede despreciar a una persona de tez más oscura o de rasgos fenotípicos más africanos en el ejercicio más común de endorracismo.

El pardaje pudo escalar durante la colonia y luego del 19 de abril de 1810 debido a tener acceso a ciertos aspectos del poder debido a la Real Cédula Gracias al Sacar donde este estamento podía alcanzar ciertos privilegios exclusivos de los blancos criollos o peninsulares. Resulta que la corona española, para frenar al desbordamiento de los mantuanos y percibir recursos financieros por esta vía, permitía incluso la adquisición monetaria de títulos nobiliarios. El texto de “Los pardos. Postrimerías de la sociedad colonial”, de Diana Sosa Cárdenas, es diáfano al respecto con una investigación seria de este segmento social.

Expresiones peyorativas hacia el aborigen y el africano, chistes de mal gustos y una sintaxis subrepticia destinados a despreciarlos por intermedio de un lenguaje elíptico. Es la manera de ser donde no se dicen las cosas frontalmente sino se deslizan pero el efecto es el mismo. El comunicador Humberto Jaimes Quero, en su obra “Mejorando la raza”, narra todas las exclusiones fundamentadas en el fenotipo como por ejemplo en la televisión, el modelaje y en los concursos de bellezas, en los restaurantes, los bares y en general, el rechazo hacia todo lo que tenga el olor a africanidad.

La premiada película “Pelo Malo” dirigida por Mariana Rondón, también trata directamente los efluvios del racismo en un sector popular caraqueño combinado con la homofobia y conductas tipo lumpen. Es una fotografía exacta de los prejuicios acendrados en el venezolano.

La publicidad está directamente al servicio del desprecio hacia la tez oscura o el predominio del fenotipo como diferenciador. La keratina ha uniformado el pelo, liso por supuesto, de las mujeres; el color del cabello es cada vez más claro; las operaciones de la fisonomía son muy utilizadas para hacer las facciones más agudas; los hombres y las mujeres promovidos en las imágenes son ostensiblemente europeos y occidentales; y así sucesivamente para dar un apuntalamiento de la mediación recibida por cada persona de los símbolos y las enseñanzas públicas y familiares excluyentes. El eurocentrismo es una expresión palpable de toda esta enseñanza prejuiciada.

En fin, es un racismo distinto al anglosajón el cual es brutal y directo pero igualmente terrible y que aún en el sur de los Estados Unidos se halla presente en términos pedestres. No obstante, el racismo es una realidad en Venezuela y no es accidental que mientras más melanina tenga una persona en su cuerpo y una fisonomía y pelo cercanos al afrovenezolano se encuentre presente en las zonas donde la exclusión social está vigente, en las cárceles y en los trabajos peor remunerados.

El mito del país rico
Uno de los principios cohesionantes del venezolano ha sido el de pensar que vive en un país rico. Una de las creencias recurrentes de la gente en Venezuela es la de idealizar ser una nación poderosa, promovida por el chavismo como potencia. Ha sido uno de los múltiples mitos arraigados en nuestra mente así como el de la supuesta existencia de una democracia política y no social, ser un país no racista así como el del igualitarismo y la ilusión de ser un receptáculo de dinero por la renta petrolera.

Partiendo de la premisa de la aseveración cursi del almirante Colón al servicio de la corona española, de entrar a una “tierra de gracia”, se regocija la gente con semejante expresión dando a entender haber surcado los mares para encontrar a un paraíso.

Terminando el siglo dieciocho Venezuela se convirtió en un formidable exportador de añil, tabaco y cacao hacia el Caribe y México, transformándonos en una Capitanía General próspera. Esta etapa de activación se vio truncada por la guerra de separación de la metrópoli colonial cuyo devenir fue extremadamente violento y destructivo.

Pero a todo evento, la primera bonanza económica nacional fue la del café y el cacao al finalizar la primera guerra mundial porque los precios de esos productos agrícolas se fueron a las nubes por la destrucción terrible de la confrontación de las trincheras. Así lo acota Carlos Irazábal en ese extraordinario libro “Hacia la democracia”. Sin embargo, el benemérito y sus acólitos se encargaron de esfumarla en pocos años.

Al final de los años veinte emerge el petróleo como valor de exportación y se produce una entrada considerable de divisas. También Gómez hizo lo mismo con ese excedente financiero y fue aprovechado por los círculos del dictador.

El imaginario se ha formado consecuencia del valor del crudo, incrementado a partir del embargo petrolero árabe del año 1973 que ha sugerido una riqueza ingente posteriormente apuntalada por la coyuntura del inicio del segundo milenio signada por la escasez de los hidrocarburos y la actual por la debacle de los precios debido a diferentes causas.

Sin embargo, detrás de esa imagen de bonanza subyace un universo distinto. Las cifras del P.I.B., por elevadas que sean, no representan per se unos dígitos impresionantes porque muchísimas trasnacionales generan bienes y servicios más altos que muchos Estados nacionales, entre ellos el nuestro. Asimismo el Estado venezolano ha percibido esos descomunales recursos y los ha dispuesto a discreción en consonancia con las directrices impuestas desde el exterior por los ejes del orbe. De la misma manera, la desigualdad social es imponente a pesar de haberse reducido durante la bondad fiscal chavista por su efecto maquillador y cayó el coeficiente de Gini, herramienta metodológica para medir la iniquidad. Empero, a partir de la caída del precio petrolero se vino abajo esa tendencia y estamos volviendo a los niveles de pobreza anteriores al año 2000 e incumpliendo las metas del milenio.

Para definir si un país es rico no basta con observar el conjunto de bienes y servicios producidos en un segmento temporal. Tampoco si las divisas recibidas son muchas o pocas ni del ingreso per cápita, otro elemento ilusorio. Los números macroeconómicos muestran cifras genéricas sin significación alguna a los efectos de expresar el nivel de vida de las personas. Quizá algo medianamente aproximado sería el Índice de Desarrollo Humano porque incorpora factores distintos a los económicos, vale decir, toma en consideración el acceso a la salud, la educación y los servicios.

Dentro del flujo informativo contemporáneo nos llegan datos impresionantes como el de que en Chile un veinte por ciento de la población tiene el nivel de Bélgica pero el ochenta por ciento el de Angola y acaba de ascender el cobre hasta el cincuenta por ciento de las exportaciones australes, significando un retroceso del esfuerzo diversificador de la economía. También está la noticia de ser Grecia el cuarto importador de armas en el mundo (para resguardarse presuntamente de su enemigo histórico, Turquía), concomitante a su grave crisis cuya salida la resuelven los interventores y los gobernantes de turno colocando el peso del sacrificio en las grandes mayorías. Son ejemplos que manifiestan el desnudo de realidades encubiertas.

Realmente la riqueza de un país se encuentra en el nivel y la calidad de vida de sus hombres y mujeres. Si tienen posibilidad de solucionar las necesidades básicas y más allá, podríamos aseverar su riqueza. Si no se cubren esos requerimientos estaríamos en presencia de seres humanos en o bajo el umbral de la pobreza. El África subsahariana es el paradigma de la inopia y América Latina, Asia y sectores europeos y africanos son militantes de la pobreza.

En el caso venezolano es fácil la definición de nuestra situación. El salario mínimo, percibido por la mayoría de la población activa, es inferior a la canasta básica y la cesta alimentaria, la inflación es elevada, los impuestos son regresivos, la salud pública es harto deficiente, el déficit de vivienda es alarmante porque supera los dos millones y medio y la educación es realmente precaria. La resultante es que somos una nación ostensible y evidentemente pobre a contrapelo de la falacia establecida.

Creencias
Hay la tendencia a sostener que debido a la Guerra Federal y a la manera de ser caribeña, el venezolano no es muy religioso. Ciertamente no es fundamentalista pero detrás de esa aparente displicencia frente a devociones existe un sustrato de mucha creencia.

La fallecida antropóloga Michelle Asencio analizó este punto en un libro intitulado “De que vuelan vuelan”, donde preconiza con pruebas la orientación venezolanista a creer mucho y a ejercer el culto privadamente. No hay rigidez en su postura porque hay bastante sincretismo religioso dado que los conquistadores hispánicos venían con creencias mezcladas del catolicismo con el islam debido a que Andalucía había sido ocupada por más de ocho siglos por los omeyas musulmanes.

De la misma manera esta autora expresa la existencia de dos catolicismos, uno oficial y el otro popular. El primero se corresponde con la jerarquía eclesiástica y el orden del Vaticano; el otro es la simbiosis de creencias paganas y africanas con los principios católicos. José Gregorio Hernández está seguido como referencia por el pueblo en el contexto de creencias mixtas y por tal motivo difícilmente pueda ser canonizado.

El culto de María Lionza es otra muestra de la religiosidad nacional y Pérez Jiménez en algún momento pensó en declararlo como oficial. Mas a la gente no le gusta mucho hacer pública su fe religiosa pero en privado la realizan de la manera más activa.
El militarismo

Simón Bolívar acertó cuando en la Carta de Jamaica manifestó que Venezuela era un cuartel. A pesar de haber transcurrido tanto tiempo de su publicación, la historia nacional ha confirmado y consolidado la tendencia a la militarización de la sociedad venezolana. Al uniformado se le aprecia como un salvador por la simbología de la fuerza inherente a su condición.

Tiene lógica y coherencia pensar en el agente de la violencia del Estado como referencia de ordenador y líder de la conducción del país. Es un lugar común del chavismo y sus continuadores, la afirmación apresurada de que el actual cuerpo armado nacional es el heredero del ejército de la independencia. Se trata de una consigna más para intentar establecer una línea coherente para identificar a una fuerza que alcanzó la secesión de España con la actual. Se corresponde con las tesis historiográficas tradicionales capaces de haber creado un imaginario popular con mitos recurrentes. Es la reescritura de la historia identificándonos con el pasado glorificado porque sencillamente no hay presente ni futuro.

La tesis de Laureano Vallenilla Lanz, el gendarme necesario concretada en su obra “El cesarismo democrático”, es una propuesta para entender y justificar el requerimiento de una mano fuerte y para ello indaga en las fuentes de la historia nacional. Es la manera de racionalizar y justificar el alma rígida para el devenir venezolano. No obstante ser una tesis creada a la luz del positivismo y ser muy reaccionaria, se estima haber aportado una investigación seria ante la fuerza abusiva como instrumento de gobernabilidad para pueblos inmaduros, a su juicio, como el venezolano.

Juan Vicente Gómez, según el profesor Ángel Ziems, en su obra “El Gomecismo y la formación del ejército nacional”, es el fundador de una fuerza militar de carácter nacional cuando trajo al chileno de formación prusiana Samuel McGill quien con su experiencia creó un aparato para darle condición organizativa al cuerpo armado del Estado. Es la tesis más seria y con base para explicar la génesis del ejército venezolano actual.

El caudillo de La Mulera se encargó de liquidar a todos los líderes regionales para centralizar el poder y para ello requería poseer unos administradores de la violencia del Estado respondiendo a esa concentración del hacerse obedecer.

El benemérito es realmente el creador del Estado venezolano contemporáneo, con una exagerada centralización, un sistema de impuestos nacionales concentrado y por supuesto, una entidad militar profesional. Fue un parto duro porque se plasmaron los rasgos autoritarios típicos de regímenes aplicables en naciones de escasa institucionalidad aún vigente en el país.

Con las administraciones postgomecistas, la de Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, el sector castrense tuvo secuencia de su espacio asignado dentro del poder en Venezuela. Con el derrocamiento de Medina se consolidó una suerte de logia militar donde coexistieron en el trienio 45-48 con los adecos y después de la efímera gestión de Rómulo Gallegos, volvieron por sus fueros y dominaron hasta el año de 1958 cuando se produjo la defenestración de Marcos Pérez Jiménez. La mal llamada revolución del 45 fue una praxis de la recurrente unión cívico militar porque políticos se aliaron con los uniformados en una experiencia golpista encabezada por Rómulo Betancourt.

Es importante hacer notar que la salida del dictador de Michelena no fue producto de una insurrección popular sino de una división de las fuerzas armadas por la ineficacia del gobierno en el tratamiento de una crisis económica que no permitía a los empresarios descontar a en el exterior los bonos de la república. Igualmente una sostenida represión llevada a cabo por el organismo represivo, la Seguridad Nacional, contribuyó a resquebrajar más aún al gobierno.

La Junta de gobierno después del mutis del dictador fue encabezada por un antiguo militar funcionario del anterior régimen (el de mayor antigüedad, Wolfgang Larrazábal, y entre sus miembros se encontraban dos oficiales perezjimenistas, Romero Villarte y el “Turco” Casanova, excluidos a posteriori y reemplazados por el empresario Eugenio Mendoza y un allegado suyo, Blas Lamberti. No había militantes de los partidos políticos de la resistencia, de la Junta Patriótica ni del movimiento popular.

El modelo populista surgido en 1959 tuvo como uno de los factores de poder a los administradores de la violencia del Estado. El puntofijismo cumplió dos etapas en su tratamiento con el sector castrense. Al inicio Rómulo Betancourt tomó conciencia de la fuerza golpista de las fuerzas armadas porque de alguna manera estaba intacta desde la anterior gestión. Hubo que lidiar con las insurrecciones de Castro León y el Barcelonazo, de derecha, y las aventuras militaristas de la izquierda en Carúpano y Puerto Cabello.

No obstante, al provocar al partido comunista y al MIR, y derrotarlos en la guerra y en la política, logró galvanizar a los uniformados tras de sí porque eran formados en el anticomunismo de las milicias latinoamericanas en el contexto de la Guerra Fría.

Empero, al finalizar la insurgencia guerrillera se apeló a la Comisión de Defensa del senado para manejar los ascensos de los altos cuadros y a la corrupción, en el entorno de la bonanza petrolera de 1973 y 1978, como mecanismos para mantenerlos tranquilos. Pero al caer el precio del crudo en 1984 se efectuó la primera falla del esquema clientelar, la devaluación del signo monetario nacional y comenzó el ruido de sables culminado con las dos tentativas del año 1992 amén de un extraño movimiento de tanques en el gobierno de Lusinchi.

Con el triunfo electoral de Hugo Chávez se instaló en Miraflores el esquema de mayor presencia militar en la conducción del Estado en nuestra historia. Los anteriores gobiernos dictatoriales requerían de liderazgo civil y profesional que los acompañara para edulcorar la imagen. Ahora no era necesario porque la fuerza armada es el principal factor de poder, es el sustento de un Estado policial y totalitario.

Es una neodictadura caracterizada por una dudosa legitimidad de origen pero sostenida por las innumerables elecciones donde el ventajismo y la exclusión son los rasgos predominantes. Mas el desempeño del régimen es terriblemente autoritario dirigido por los militares adicionado a un descomunal armamentismo.

A esa dirección atrabiliaria hay que aunarle la hegemonía comunicacional del gobierno donde se combina la censura, el chantaje y la compra de medios de difusión de masas; el neolenguaje como dispositivo para impedir la contradicción del relato del poder, el contradiscurso y la actitud crítica; de la deformación de la historia venezolana con una interpretación donde se combina la escuela romántica con la marxista donde la épica fue el signo determinante, se ha conformado la plataforma narrada y descrita por George Orwell en “1984”, con los Winston Smith y el Big Brother que nos observa desde el más allá.

El caudillismo-mesianismo
Uno de los rasgos bien definidos por las prácticas sociales venezolanas es el caudillismo y el mesianismo. Siempre se ha esperado, ante la ausencia de una cultura de participación, que un dirigente venga a resolver los problemas existentes. Y si es uniformado es mejor dada la mentalidad autoritaria formada. Incluso, sectores de la oposición hablan de falta de bolas en las fuerzas armadas y ausencia de coraje de quienes adversan al régimen.

El clientelismo político ha habituado a la población a sentirse inerme y a la necesidad de un tutelaje por parte del Estado. Y éste es representado por un líder capaz de decidir soluciones a los hombres y las mujeres quienes lo esperan y reciben como el mesías esperado por los judíos.

Venezuela en su devenir histórico siempre fue presa de caudillos: Simón Bolívar, José Tomás Boves, José Antonio Páez, Antonio Guzmán Blanco, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Hugo Chávez, conforman una lista enunciativa del personaje en el plano político con capacidades infinitas y con facultad para decidirlo todo.

Esa caracterización se extrapola a todos los tópicos y niveles del quehacer humano. Los museos, las federaciones deportivas y el comité olímpico, las alcaldías, las gobernaciones, los partidos políticos, los clubes privados, los sindicatos, las entidades empresariales, los gremios y en general, todas las fuentes de liderazgos, están coloreadas de la permanencia indefinida de un dirigente en la cúpula de la estructura organizativa con poder absoluto y la anuencia de sus representados.

La misoginia
La aversión hacia lo femenino es proverbial en el país, encubierto en una falsa galantería partiendo de la premisa del sexto débil significado por la mujer para hacerle algunas concesiones aparentes para esconder el rechazo de ese género. Hacerla sentir como privilegiadas objeto de una reverencia, pagarle las invitaciones a restaurante, tiendas, discotecas y bares y concretarlas como requeridas de un tutelaje masculina, son entre muchas, los efluvios del machismo en todo su apogeo.

La imagen de la mujer se reduce a ser una ama de casa aunque hay indubitablemente mayor participación en la vida activa y pública por razones de necesidad económica. Ser una buena y sumisa esposa y ordenar el hogar hacia lo interno, ayudar a los hijos menores y adolescentes en su transitar, gestionar los asuntos propios de la casa y ser receptáculo de los contenidos de la televisión.

Asimismo, la publicidad, al igual que su caracterización racista, nos presenta a las féminas como un ente complementario de lo masculino. Y para colmo los concursos de belleza minimizan a la mujer a unas medidas corporales y actividades de modelaje porque además constituyen un negocio cuya mercancía son las caras, los cuerpos, los ojos, el cabello y demás atributos visuales y físicos de las mujeres. Las declaraciones de las misses rayan en lo absurdo cuando una de ellas dijo ser seguidora de la música de Shakespeare, otra manifestó que Pinochet era un hombre de un gran corazón y la guinda de la torta fue quien señaló que el plato nacional era “ropa vieja”, amén del decir de todas en gustarle la música clásica y ser lectora de Doña Bárbara.
En fin, la mujer es circunscrita a ser un “culo”, término empleado coloquialmente para precisar a una de gran apariencia externa. Gisela Kosak en su obra “Ni tan chévere ni tan iguales” emplea un discurso explicativo para determinar el alcance nacional de la condición femenina. Es el desprecio hacia la mujer.

El patriarcado es la guía autóctona para hacer tangible el orden social. La irresponsabilidad paterna es ingente y la mujer debe cumplir todos los roles dentro del hogar. La relación de poder se cumple en todas las instancias, etnias y clases sociales donde el macho es quien domina. Y la mujer es conducida a reproducir, en el mejor de los casos, los vínculos de dominación a través de su presencia en cargos de relevancia en todos los planos, incluyendo a las conocidas malandras dentro del lumpen.

El resentimiento
La sempiterna desigualdad social generada por una estratificación pétrea desde el orden colonial continuado con el de la separación del imperio español y a través de toda la historia como nación, ha engendrado un pérfido resentimiento negador del principio democrático de luchas y movilizaciones para equilibrar la justa producción de bienes y servicios. Se trata del resentimiento, un móvil terrible fundado en la envidia hacia los demás para estimular sentimientos retaliativos muchas veces en contra de quienes no tienen responsabilidad de estas iniquidades.

El uso de la expresión típica de la Guerra Fderal, cuando se llegue a Caracas hay que matar a los ricos, los blancos y los que sepan leer y escribir, es la patética idea de la venganza indiscriminada de las hordas manejadas por reales oligarcas cuya finalidad era el desalojo de quienes detentan el poder para reemplazarlos por otros con una misma idea de opresión.

Los adecos asumieron la reacción justiciera de esas grandes masas preteridas para utilizarlas en designios similares, vale decir, en volver al ejercicio del poder pero en otras manos. El pueblo, esa invención del poder como lo llamaron desde la revolución francesa, era usado para extorsionar cualquier posición como el fascismo y el nazismo los realizó. Las bandas armadas adecas o los cabilleros de los sindicatos, fueron el instrumento para hacer tangible tal proceder. Desde el sabotaje al mitin de Caldera en el Nuevo Circo hasta la supresión de las elecciones de los sindicatos para imponer a la claque de la C.T.V. cuyo objeto era contener las luchas sociales en beneficio de la cúpula gobernante de turno.

Los chavistas perfeccionaron magistralmente el anterior modus operandi. Crearon, con formación en Cuba, paramilitares que llamaron colectivos con una teleología clara: disciplinar a la gente como en la mayor de las Antillas lo cumplen los Comités de Defensa de la Revolución (C.D.R.), para imponer el pensamiento único. Es una suerte de tonton macoutes en el país y se han hecho sentir asesinando, torturando y coaccionando a las personas al acatamiento de las políticas oficiales.

Este perverso sentimiento ha sido organizado y dirigido desde la cima opresiva para garantizar la legitimación de quienes están situados en el pináculo de la estructura dominante. Se expresaba, por ejemplo, cuando el presidente Chávez aseveraba que ser rico es malo pero estaba vestido como un creso, con trajes, corbatas y relojes de firma. Era la ambivalencia con la cual se expresa la moral nacional: la del doble rasero.

La jerga cuasidelincuencial
En los últimos años se ha desarrollado un lenguaje sui géneris en nuestra nación. Se trata de una jerga empleada por los pranes y malandros en general que aparenta estar a la moda pero refleja una limitación intelectiva ostensible. Usan palabras manoseadas y combinadas con una semántica específica para incentivar la comunicación.

Altos políticos como el presidente de la Asamblea Nacional usa el término “rayado” para denotar desprestigiado o descalificado y estar así a tono con un habla presuntamente popular. Se usa la expresión “care’tabla” por cínico; “palos” por millones, se concluye o finaliza una conversación con “dele”; y así sucesivamente. Estas limitaciones lexicológicas no son casuales sino responden a todo un plan cuya teleología es confinar al pensamiento en niveles básicos.

Una educación pública como la nuestra, la cual aparenta ser incluyente por el abordaje irresponsable del cupo hasta la saciedad en las universidades, con una calidad paupérrima es diáfana. Se mueven los niveles sin la debida evaluación para permitir graduaciones fáciles y sin importar la formación profesional de esos estudiantes.

La intención es clara: se busca cumplir con el acceso a los institutos educativos prescindiendo de la más mínima valoración. El venezolano sigue pensando, siguiendo la tradicional hidalguía hispánica, que la instrucción pública o privada va a permitir movilidad social, lo cual está en desplome al nivel mundial. Y para ello tratan de que sus descendientes puedan estudiar para ser desempleados o asalariados miserables, con la consiguiente fuga de cerebros por evitar la frustración de no tener oportunidades de ejercicio de su profesión.

Esa instrucción mediocre, al igual que el empleo de lenguaje en boga, es garantía de no poder elaborar una sintaxis capaz de elaborar un discurso crítico o contradiscurso que confronte el relato del poder. De esa manera se aplica el control del poder sobre los hombres y las mujeres de una manera eficaz sin necesidad de coerción. La distopía de Orwell, 1984, se refleja claramente en la realidad venezolana como acertadamente lo preconiza Giuseppe Graterol Stefanelli en el texto la “Neolengua del poder en Venezuela” en uno de los ensayos insertos en esa publicación.

La idea es construir unos seres humanos eunucos para ser domesticados por la ideología del pensamiento único. Para tal fin cuentan con una educación deficiente, un lenguaje vulgarizado y minimizado y una actitud conformista producto de la intimidación y aceptación acrítica de la realidad.

Del Juan Bimba al malandro
La trayectoria del hombre de a pie en Venezuela se ha desplazado. Así como el peronismo utilizó a los descamisados como materia prima de su vocinglería populista, en nuestro país se estimuló al pobre en situación de indefensión como un ente necesitado de tutelaje y protección.

Tiene absoluta razón el psicólogo social Axel Capriles cuando sostiene que el arquetipo del venezolano actual es un malandro como antes lo fue el juan bimba, suerte de campesino alpargatudo inerme cuyo destino era esperar la tutela y ayuda del Estado para subsistir. El lumpen en todas sus expresiones es la imagen dominante porque efectivamente el país está dirigido por los desclasados, categoría social bien explicada por Carlos Marx cuando los identificó con el cognomento teutón ‘lumpenproletariat’.

Obviamente que el símbolo del éxito es ser una persona utilitaria que saca provecho del cargo o de la posición en beneficio propio. Acompañado de un léxico limitado y prácticas sociales tradicionales, como la inclinación a reducir todo a una fiesta regada con el más fino escocés, un apartamento en la playa, el consumismo, el más lacerante esnobismo y un rastacuerismo sin límites.

El individualismo
Uno de los estigmas característicos del nacional es la conducta fundada en el interés individual. Las aspiraciones y anhelos se circunscriben a sus esferas personales sin mayor sensibilidad hacia lo que las desborde. Si acaso llega a algunos compromisos con sus familiares y el compadrazgo típico de un gran esfuerzo por trascender el círculo íntimo.

Juan Rial, en su trabajo “La variable independiente”, expresa con fundamento en estudios serios la alta motivación al poder del venezolano frente a un mediocre interés por la afiliación y un bajísimo telos hacia el logro. El poder estimula al nacional como método de manipulación; en cambio, su pobre escala hacia la participación y la ineficacia, lo colorean para enseñar lo que es: un adorador de la dominación y el individualismo.

El machismo
Esta postura se remonta a la invasión hispánica a la región suramericana y a la llegada de Colón a Macuro. Desde la venida de los andaluces se fue moldeando una visión fundada en el desprecio hacia la mujer y en el énfasis en el uso de la fuerza para resolver conflictos.

El machismo es inherente a la formación del venezolano por la misma razón de la exclusión propuesta por una etnia intolerante como lo fue la española llegada a estos lugares. Su óptica era patriarcal porque el mismo sincretismo religioso de cristianismo con el islam aunado a influencia judías y herejes, era ver a la mujer como una entidad reproductora y nada más.

La homofobia
Uno de los sentimientos más arraigado en la población es la aversión hacia las expresiones sexuales alternativas y en especial el odio a la homosexualidad. Hay una tendencia a excluir a quienes tengan una orientación sexual distinta a la heterosexualidad. Es una intolerancia hacia las personas con diferentes opciones sexuales.

El machismo incorporado por los hispánicos a Venezuela y desarrollados a través de nuestra historia se manifiesta específicamente en detestar a los homosexuales a quienes se tiene como unos enfermos o anormales. Algunos, haciendo una interpretación sesgada de la religión, apelan a la Biblia para descalificarlos sin entender que este honorable libro a todo evento, aparte de las bases de fe, contiene elementos históricos con apreciaciones propias de una determinada cultura en un momento concreto.

En forma pública se denuesta de los homosexuales como el caso de la gaita de Simón Díaz con Hugo Blanco y Joselo donde se les somete a chazas ordinarias y se les descalifica con burlas ostensibles. Incluso el canciller Maduro en su oportunidad denigró de los dirigentes del partido político Primero Justicia como “mariconsones” o “mariposones”, aunque posteriormente se disculpó ante el evidente error de sus opiniones. Igualmente el diputado Pedro Carreño declaró que Capriles Radonski era un homosexual. Es común en la gente decir que prefieren tener una “hija puta” que un “maricón”, en un alarde de desprecio tanto a las trabajadoras sexuales como a la diversidad sexual.

La comunidad GLBTI ha realizado luchas para hacer respetar su condición de sexo diversos aunque muchas de ellas han sido penetrada por el oficialismo en su afán de dar una imagen de amplitud en el siglo veintiuno. Han llegado a efectuar la marcha del orgullo gay y otras actividades de esfuerzo por ser aceptados dentro de la sociedad venezolana.

La misma constitución solo acepta el matrimonio entre personas de diferentes sexos. Incluso, a la profesora Tamara Adrián se le ha denegado justicia por parte del Tribunal Supremo de Justicia, el cual no responde a la solicitud de cambio de sexo y nombre. Son prejuicios muy introyectados en un área de poder disciplinario como es el derecho y los juzgados.

La democracia representativa y populista
El 23 de enero de 1958 significó la caída de la dictadura perezjimenista e inmediatamente un acuerdo entre tres partidos, A.D., U.R.D. y Copei, elaboró un plan de gobierno basado en la democracia representativa. El esquema se basaba en la pentarquía o colaboración de cinco factores de poder: el militar, el eclesiástico, el sindical, el político y el empresarial. Las fuerzas armadas, el alto clero, la C.T.V. y demás centrales sindicales, A.D., Copei, U.R.D., el M.E.P., el F.D.P., el M.A.S. y otros comodines representaron el área partidista.

El objetivo de ese pacto, llamado de Punto Fijo, era alcanzar la gobernabilidad entendida como la eficacia de la dominación ante el desgaste de los militares en la anterior administración fáctica. Para ello se legitimaron con elecciones cada cierto tiempo. Los avenimientos se prolongaron en el Congreso y en el Poder Judicial, donde hubo un reparto clientelar de los cargos.

Es una experiencia cuya esencia radica en el Estado, factótum en un país cuyo alfa y omega es el petróleo y adicionalmente el aparato de dominio es el dueño del subsuelo. Aprovecharon la coyuntura que Venezuela no apoyó, como fue el embargo petrolero árabe a occidente luego de la guerra de los seis días, para incrementar exponencialmente los ingresos en una bonanza ubicada en el año 1973, repetida en 1978 y al inicio del siglo actual.

Se democratizó profundamente la corrupción por la impunidad garantizada ante la ausencia de instituciones y se formó la idea de una democracia que realmente se apuntaló con la elevación del precio del crudo aunado al carisma de los caudillos. Sin embargo debemos apuntar que en el año 1968 el perezjimenismo obtuvo una votación desmedida gracias al fracaso del populismo porque la gente añoraba la dictadura. Pero Marcos Pérez Jiménez no vino al país como si lo hizo Rojas Pinilla en Colombia quien realmente ganó una elección pero se la escamotearon. A la postre inhabilitaron al tarugo y el azar petrolero corrió en auxilio del clientelismo.

Ha sido una democracia electoral porque se realizó siempre comicios pero con falta de transparencia. El chavismo estatuyó elecciones al infinito con una opacidad total por el ventajismo del Estado y la poca claridad del proceso electoral.

No obstante a estas vicisitudes las personas realmente creyeron en un modelo democrático aunque de utilería como el instaurado. Nunca se supo de un Estado de derecho, de respeto a los derechos humanos ni de la existencia de instituciones autónomas. Todo quedó en manos de los partidos políticos, los empresarios y los sindicalistas, con el apoyo de la jerarquía eclesiástica y las fuerzas armadas. Estos son los verdaderos dueños de la democracia pactada y al pueblo se le otorga solo un rango plebiscitario.

La historia falaz
La promoción de las ideas de la escuela romántica de la historia nacional ha sido una constante en la educación en todos sus niveles. Recuerdo haber recibido conocimientos en el bachillerato fundado en la historiografía nacional, donde las grandes batallas determinaron el proceso de independencia por intermedio de un ejército glorioso y patriota. Asimismo, se presentaba al ejército español como descubridor de un continente ignoto y se escondían los actos descomunales de violación cometido por presidiarios venidos a este hemisferio para apuntalar a la monarquía española, ávida de recursos. Las visiones de Eduardo Blanco y su “Venezuela heroica”, los textos de Guillermo Morón, Siso Martínez y demás historiadores tradicionales y conservadores conformaban la plataforma de la enseñanza de esta disciplina.

Era una historia acrítica, edulcorada y forjada para sostener intereses ideológicos a través de relatos emocionales. Los gobiernos militares, incluyendo al presente, siempre trataron de legitimarse con un ángulo histórico que los identificara a aquel paraíso significado por la gloriosa independencia.

La escuela marxista de la historia ha venido preconizando, como lo hizo Núñez Tenorio, en descubrir a un Simón Bolívar revolucionario social cuando todos conocemos haber sido un mantuano con todos los atributos de esta clase social, muy excluyente, racista y eurocéntrica.

Con la experiencia chavista se mezclaron la interpretación romántica y marxista para exponernos una arcadia maravillosa desde el nacimiento del país identificado con la actualidad porque no tienen un plan futuro, nada tienen para ofrecer de cara hacia los próximos años.

La venezolanidad es algo difícil de digerir porque fue compleja la génesis de la nación. Durante la denominada segunda república, se habló de dos países, Venezuela y el Oriente, y ante la dificultad de definición se compensó todo con el culto a Bolívar y a sus ideas. La biografía de Bolívar hecha por Gerhard Masur es bien interesante porque describe estas lagunas identitarias rellenadas con panegíricos sobre sus líderes. Además, es bien objetiva al no dejarse llevar por sentimientos patrioteros sino por una excelente investigación.

Igualmente se debe destacar un libro clásico de estos autores heterodoxos como es “La épica del desencanto” de Tomás Straka donde se analiza en una forma crítica el devenir venezolano sin hacer concesiones a los prejuicios historiográficos propios de los conservadores.

También las obras de Inés Quintero se inscriben en este perfil no complaciente. La “Biografía del Gran Mariscal”, “El hijo de la Panadera”, “La criolla principal” y “El Fabricante de peinetas”, apuntan en esta dirección porque no hay un análisis convencional sino se va a las fuentes para de allí realizar las interpretaciones.

Colofón
Como se puede apreciar de las anteriores reflexiones, la carga de prácticas sociales generadoras de subjetividades sociales y un orden simbólico rígido, resulta un pesado fardo en la sociedad venezolana. Cambiar esa estructura es asaz difícil máxime si tenemos en cuenta una historia unidimensional. Si no hay una transformación a fondo de todo este oscuro panorama de nada servirá cumplir cambios económicos o políticos.

Los planes y programas de los partidos políticos muy poco contienen de estos aspectos medulares de Venezuela porque su mentalidad es inmediatista y sobre todo, buscar votos de la manera más sórdida si hay necesidad mediante la demagogia, la vocinglería y las engañifas del populismo aparte de aplicar el leninismo en la praxis organizativa, el juego de los pactos y negociaciones por razones de oportunidad y conveniencia y el clientelismo como objeto operativo.

La educación, que definitivamente no es neutra, se corresponde con la adhesión al poder como su vector. No es suficiente la transmisión de conocimientos si son aderezados a la dominación. Una verdadera rebelión de los saberes es indispensable para dar un paso adelante en este sentido.

En síntesis, la pesada carga de todas estas prácticas sociales con su correspondiente simbología y subjetividad conforman una ingente dificultad para transitar hacia una sociedad democrática y es menester llevar a cabo una profunda reformulación del país a través de un proyecto con participación de la gente y no de las élites. Serán rizomas con plena autonomía en un sistema de redes capaces de dar el golpe de timón requerido. Continuar con el esquema populista o desarrollista no va a conducirnos a nada porque la historia nos ha enseñado suficiente para no repetir los vicios y perversiones existentes.

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Ser gobernado es...

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